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¡Niño, no corras!

Javier Puebla
Javier Pueblahttp://www.javierpuebla.com
Cineasta, escritor, columnista y viajero. Galardonado con diversos premios, tanto en prosa como en poesía. Es el primer escritor en la historia de la literatura en haber escrito un cuento al día durante un año, El año del cazador, 365 relatos que encierran una novela dentro.
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análisis

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(Para todos los socios y empleados 
del Club Canoe, y muy especialmente para 
Piluca, Carlos Jaramillo y Miguel Noguera)

Corre tan rápido como le dan las piernas, dando pequeños saltos, esquivando los bancos enormes y larguísimos, los gigantescos bancos de piel gris que convierten el amplio vestuario del Canoe Club en una yincana de obstáculos. Pero él es capaz de esquivarlos todos.

Corre con la cabeza gacha, totalmente concentrado. Divertidísimo. Se nota lo que disfruta en el brillo diamantino de sus ojos, en la sonrisa enorme que le estira los labios. Son casi las once de la noche.

¡Vamos niños, hay que darse prisa! Hay que acabar de cambiarse rapidito, que muy pronto Noguera, el gran y temido Miguel Noguera, echará la cadena y dejará dentro del club, castigado durante unos minutos, a quien no haya salido.

¡Hay que darse prisa! Hay que correr. ¡Correr!

Así que corre. Por los pasillos estrechos flanqueados por las taquillas, también grises, y los infinitos bancos. Corre como un soplo feliz de viento.

Y todas las miradas le siguen, pendientes de su aventura. Aunque nadie le dice nada:

-Ten cuidado, que es peligroso correr así.

-Ojo, que te puedes caer.

-¡Más despacio o te chocarás contra un banco!

-Cuidado que hay agua en el suelo, no vayas a resbalar.

No. Nadie le recrimina ni advierte. A nadie parece preocuparle tampoco que pueda tropezar con alguna persona mayor y hacerla daño. Le dejan correr. Total, le han visto hacerlo muchas veces.

Aún le falta un buen trecho. Hay un montón de metros, yo diría que más de treinta, desde donde tiene su taquilla hasta la zona de las duchas. Acelera en los últimos. Cada vez va un poco más deprisa y más saltarín, con la toalla en la mano como única protección.

-¡Hey Antonio!

-Hola Emilio.

-¿Qué pasa Juan?

Tiene una palabra rápida y amable, una ampliación de la sonrisa ya enorme e indisimuladamente divertida para todos.

Y todos con los que se cruza sonríen con él. Aunque también sonríen los que sólo le escuchan saludar desde lejos, sin verlo, ocultos tras la trinchera de las altas taquillas.

El vestuario entero sonríe. Todos los ojos se encienden y brillan. Porque ¿a quién en el mundo entero no le hace feliz ver a un niño divirtiéndose y jugando? Es siempre maravilla. Inmejorable espectáculo. Aunque al niño le hayan operado hace apenas unos meses del corazón, aunque el niño tengo más de setenta años.

-¡Vamos Javi! –me dice al pasar a mi lado. Y a mí la sonrisa ya no me cabe en la cara. Qué tipo increíble. Como me gusta verle correr a toda, esquivando bancos y saltando, ágil, nervioso y rápido. A mi amigo Jose. Que tantas noches, durante unos minutos o unos segundos, nos devuelve a todos a la niñez. Y aún luego, cuando salimos a la calle, la vida ha cambiado: es pura y pequeña felicidad. La noche nos abraza, y también sonríe. Sí, la noche también.

(He tardado un montón de años en escribir este relato. Lo intenté, y no quedó del todo mal, cuando estaba con LA SUITE DEL CAZADOR DE CUENTOS. Pero no reflejaba lo que yo sentía al ver a José Antonio Hernández Domínguez corriendo por el vestuario del club al filo de la medianoche, cuando sólo quedábamos los más noctámbulos.

Ayer volvió a hacerlo después de tanto, pues como cuento en el relato hace poco le operaron del corazón, y tampoco habría sido raro que nunca más se hubiera atrevido a atravesar el vestuario corriendo como un alegre relampo. Y en ese momento, inesperadamente, comprendí cuál era el ángulo desde donde escribir el cuentecito. Me prometí que lo haría, y esta misma mañana, la de hoy, cuando volvía de una misión en el Banco de España (pero esa es otra historia), lo he visto clarísimo. Así que he sacado el esmarfon con la velocidad de un pistolero de película y golpeado con la punta del índice el redondel digital que despierta al micrófono para que comience a grabar. Me ha salido fenomenal. Del tirón. Perfecto, lo juro. Todo inspiración y ningún esfuerzo. Como siempre debería ser en el arte. Pero al terminar he mirado la pantalla y ¡no podía creérmelo! Malditos robots, nadie puede confiar en ellos. No tienen corazón. El esmarfon no me había obedecido cuando golpeé, quizá con demasiada alegría, el redondel rojo que debía iniciar la grabación. Perdido para siempre el relato que tantas ganas tenía de escribir, de dedicarle a todas las personas a las que menciono más arriba.

 Lo que finalmente he hecho y muestro, pidiendo clemencia y perdón, es oficio y buena voluntad, pero la magia que había en la grabación se ha perdido. Y sé que había magia en esa narración porque yo también, parado en mitad de una calle, con viento y con frío pero sin sentir ni lo uno ni lo otro, era como mi amigo José Antonio Hernández Domínguez, un niño que jugaba; él a correr, yo solo a escribir.)

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