jueves, 13junio, 2024
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No lo digo yo, la desigualdad aumenta

Francisco Javier López Martín
Francisco Javier López Martín
Licenciado en Geografía e Historia. Maestro en la enseñanza pública. Ha sido Secretario General de CCOO de Madrid entre 2000 y 2013 y Secretario de Formación de la Confederación de CCOO. Como escritor ha ganado más de 15 premios literarios y ha publicado el libro El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de los Nadie y recientemente Cuentos en la Tierra de los Nadie. Articulista habitual en diversos medios de comunicación.
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análisis

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No lo digo yo, oiga, lo dice una prestigiosa organización que se llama Oxfam Intermon, que tiene ramificaciones en más de 90 países del mundo. Y vienen a decir lo que si dijera yo sería tachado de opinión sesgada de un rojo desaforado, recalcitrante, e intencionadamente desinformado y desinformador, un sectario, vaya.

Pero no, resulta que lo dice una organización de prestigio generalizado, universal y reconocida en el mundo entero. Y lo que dice es que el crecimiento desmesurado y descontrolado de los beneficios empresariales está produciendo que la inflación se dispare, de forma que cada vez son más las familias que lo tienen muy complicado para llegar a fin de mes.

Los salarios se contienen mientras que la inflación crece, con lo cual la capacidad de compra pierde terreno a marchas forzadas. El año pasado, las empresas del IBEX-35, las empresas de referencia para la Bolsa española, obtuvieron beneficios muy superiores a los de la pandemia. Podría considerarse normal. Lo que ya no es tan normal es que superen en un 55% los beneficios obtenidos antes de la pandemia.

Y, sin embargo, la patronal española organizada en CEOE y sus satélites asociados de la pequeña y mediana empresa y de los autónomos, se niegan en redondo a cualquier acuerdo que permita subidas salariales de carácter general. No quieren negociar pacto alguno de rentas.

Si los salarios se estancan la pobreza de las familias aumenta y si no queremos que el río se desborde, las ayudas sociales tienen que aumentar. Y eso es lo que ha estado ocurriendo. Durante la pandemia las ayudas públicas han duplicado su peso en el Producto Interior Bruto (PIB), en la riqueza nacional.

Es cierto que no es algo que esté pasando sólo en España. Ni tan siquiera en España es donde peor lo estamos pasando, si tenemos en cuenta que en este planeta existen más de 1700 millones de trabajadores cuyos salarios se ven recortados a causa de la subida desproporcionada de los precios. El fenómeno de los trabajadores pobres y el de sus familias que pasan hambre, ha crecido a lo largo de los últimos años.

No somos de lo peorcito, pero es cierto, como afirma OXFAM, que en nuestro país cada vez nos sobra más mes al final del sueldo. Por eso, aunque es cierto, como hemos dicho, que las ayudas públicas han crecido durante la pandemia, eso no ha evitado que la desigualdad vaya en aumento en nuestro país.

Pese a ello, tanto los ricos y sus representantes más fieles, las fuerzas de la extrema derecha, de la derecha extrema, de la derecha a secas, de las organizaciones empresariales, se niegan a aumentos de los impuestos, como niegan la existencia del cambio climático, o como cierran los ojos a la insostenible situación de la inmensa mayoría de habitantes de nuestro planeta.

Los datos son demoledores, hasta el punto de que hace década y media, cuando comenzó la crisis de las hipotecas basura, primero financiera y luego generalizada, el 1% de las personas más ricas de España concentraban en sus manos el 15´3% de la riqueza, mientras que ahora ese 1% más rico, concentra más del 23% de la riqueza.

La brecha entre ricos y pobres aumenta, aumenta en todos los países y los países pobres comprueban como se ensancha la brecha que les separa de los países ricos. En el caso del planeta el 1% más rico acumula la mitad de la riqueza del mundo, mientras que casi la mitad de la humanidad no puede plantearse tener una alimentación saludable.

En esta situación, cuando nuestra Constitución nos define como Estado Social, lo cual viene a significar que el Estado en el que vivimos tiene la obligación de trabajar activamente para conseguir la igualdad efectiva y real de sus ciudadanos, no es ninguna tontería apostar por un sistema de impuestos equilibrado en el que los más ricos paguen más.

No es ninguna tontería poner en marcha impuestos, en algunos casos temporales, en función de las rentas para  asegurar la solidaridad. No estaría de más reforzar la administración tributaria para poder obtener los recursos que permitan sostener el necesario fortalecimiento de los servicios públicos.

No parece insensato establecer medidas para controlar las subidas abusivas de los precios de bienes básicos y esenciales. Conviene recordar que ya en tiempos lejanos la usura era perseguida y castigada por la doctrina de la Iglesia, para cuyos doctores la usura es todo lo que se exige más allá del capital, o lo que es lo mismo, intentar conseguir más de los que se ha dado.

Que nadie se rasgue, así pues, las vestiduras por plantear que evitar el aumento de las desigualdades es una tarea imprescindible si no queremos ser devorados por nosotros mismos. Si queremos tener alguna posibilidad de supervivencia como especie en este planeta que consumimos a marchas forzadas, con consecuencias probablemente irreversibles.

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