Trumpistas cristianos: una ofrenda a Dios y otra al Diablo

24 de Marzo de 2025
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Trumpistas cristianos una ofrenda a Dios y otra al Diablo

Decía Fabrice Hadjadj que la diferencia entre los demonios y el resto es que ellos sí creen (La fe de los demonios, editorial Nuevo Inicio), el Diablo tiene más fe que los supuestos creyentes de ahí que tenga esa capacidad de convencer al ser humano de transitar por los caminos que le ofrece. Si el Encarnado supo resistir a las tres tentaciones, los que moran la Tierra no solo no resisten sino que se entregan a ellas con fruición. En especial aquellos que van dándose golpes de pecho creyentes. La entrega del alma al Diablo en una encrucijada de Robert Johnson es peccata minuta comparado con lo que hacen algunos.

Vladimir Putin supo rápidamente que debía congraciarse con el entorno religioso propio de Rusia, esto es, el cristianismo ortodoxo. No se sabe si por influencia de Alexandr Duguin —recuérdese los dicho por él: «Nosotros, los conservadores, queremos un Estado fuerte y sólido, queremos orden y una familia sana, valores positivos, el refuerzo de la importancia de la religión y de la Iglesia en la sociedad»— o por la experiencia en sus años en el KGB. Lo que no se sabe es si esta estrategia ha sido transmitida en sus conversaciones con Donald Trump en su retiro presidencial de cuatro. En su primera etapa en la Casa Blanca, el hombre naranja no dio demasiadas muestras de religiosidad, ni su entorno fue espiritualmente fuerte. El fariseísmo como norma de comportamiento ha sido un factor clásico en la política estadounidense.

En esta nueva etapa, Trump ha decidido que, ya que le imponían ciertos perfiles desde el partido republicano, optar por personas de religiosidad evidente. Ahí están los casos de J.D. Vance o Marcos Rubio. Ambos católicos —el catolicismo es la mayor minoría religiosa pues los protestantes están divididos en miríadas de iglesias, aunque el evangelismo como tal es mayoritario—, ambos muy dados a sacar el tema religioso en las conversaciones políticas, ambos claros exponentes del revival religioso del trumpismo, ambos haciendo ofrendas a Dios y al Diablo. Pero hoy no se trata de estos tipos sino de sus amigos al otro lado del Atlántico.

La llegada de Trump y su aliado Elon Musk ha provocado verdaderos orgasmos en la vieja Europa. De repente han aparecido trumpistas de todo pelaje y todos alaban que ha llegado el «final del wokismo»; el momento de la resurrección no de la carne sino del patriotismo (eufemismo de nacionalismo con tintes tan xenófobos como los otros); libertarios con Biblia en la mano; y numerosos aprovechados que pasan por ahí. Enfrente se revelan como infantiloides —ahí tienen al «padre» Zapatitos que ofrece sus sermones dominicales de forma gratuita para enseñarnos lo que es la historia y lo que no, lo que es bueno y lo que es malo, lo que… se le ocurre en ese momento con gran desempeño lleno de incultura— pues su máximo lema es parar el fascismo. ¿Qué fascismo? ¿El propio o el ajeno? Porque puestos a realizar prohibiciones y lavar cerebros ninguno de los bandos es manco —igual porque son hijos del mismo padre ideológico—.

El caso es que se han puesto el traje de cruzados contra la herejía albiguense como poco. La realidad es que la mayoría cae en el joaquinismo, otro movimiento herético, que ha sido recuperado por el postmodernismo conservador con eso de MEGA y otras cuestiones parecidas como la antigua patria que se proyecta en una nueva era hacia el futuro. Gran obra la del Diablo en ofrecerles los reinos terrenales disfrazados de movimiento de recuperación de lo tradicional. Realmente lo supuestamente tradicional porque, salvo en la cuestión del aborto y la eutanasia, que en eso todos hacen grande defensa, en el resto el Magisterio de la Iglesia católica ni está, ni se espera que aparezca. Basta con estar en la Era del Espíritu para ver que el futuro será espiritual, de libre interpretación del Evangelio —en esto los protestantes van con años de adelanto— y la confluencia de intereses de lo católico con la nueva geopolítica.

Ahí les tienen tomando versículos sueltos del Evangelio para dar ese tono espiritual a lo que no dejan de ser propuestas de poder y de parte, por no decir que se encubre con las Escrituras las propias posiciones ideológicas y económicas. Van ofreciendo a Dios una nueva era espiritual —¿no han notado el auge del tono misticista de libros y el aumento de retiros que se asemejan a aquello que hizo la generación beat o The Beatles en la India? Lo que no deja de ser una continuación en buena medida del new age—, pero al mismo tiempo piden al Diablo que les otorgue el favor. La Fortuna maquiavélica se transforma en el Cruce de Caminos diabólico. Venden religión pero detrás está la descarnada y eterna lucha por el poder.

En realidad se está ante una nueva plasmación del realismo político —ya se verá cuándo los filósofos comienzan a enterarse de cuestiones que la ciencia política descubrió hace décadas y ahora parecen nuevas porque estaban completamente ensimismados—, el cual nunca ha dudado en utilizar cualquier tipo de encubrimiento ideológico para llevar a cabo la lucha por el poder en todas sus manifestaciones. Si antes eran patriotas, ahora lo son con el signo religioso detrás, pero buscando lo que todos buscan, el poder de someter al otro. Y sacar rédito personal, obviamente. Ya no hay Savonarolas, ni De Gaulles —aunque el general tenía un ego bastante peculiar—, ahora hay profesionales que buscan ascender pisoteando a cualquiera. Lo religioso les sirve en esa supuesta «batalla cultural» que ahora creen estar ganando con la cruz a su lado. La resurrección de Europa o EEUU no es más que una falsedad para ocupar el poder que detentaba una fracción de la coalición dominante.

Fariseos todos. Místicos de Mamón. Aduladores de todas las fuerzas que el Diablo suele ofrecer al ser humano. Trentistas con piscina en el patio posterior. En cuanto el Diablo entra por la puerta, Dios sale por la ventana. Así son los trumpistas cristianos, especialmente los que se dicen católicos. Ahí tiene la perversión realizada con el ordo amoris que narró Vance y que contó con la aquiescencia de todos los trumpistas de este lado del charco. Primero yo y luego ya se verá qué hacer con el vecino, cuando Aquel murió por la salvación de todos y dejó un undécimo mandamiento «Amaros los unos a los otros como yo os he amado», es decir, hasta la muerte.

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