Morirse no tiene ciencia. Se muere todo el mundo: el presidente y el mendigo, la estrella de cine y la señora que vende lotería en la esquina. No hay escapatoria ni concurso de méritos. La muerte es la gran igualadora, la única justicia en este mundo de tramposos. Pero lo que sí tiene ciencia es el tránsito hasta ella. Porque si hay algo peor que morirse es ver morir. Ver cómo la carne se rinde, cómo la mente se disuelve, cómo un ser querido se convierte en un eco, un reflejo borroso de lo que fue.
La muerte, al fin y al cabo, es un destino. La enfermedad es un secuestro. Un secuestro cruel, despiadado, sin posibilidad de rescate. Ahí está el Alzheimer, que va borrando la memoria hasta dejar un cascarón vacío. Primero se olvida uno del número de DNI, de la casa, después del nombre de los hijos, después de sí mismo. Ahí está el Parkinson, que convierte el cuerpo en un temblor inútil, la boca en un nudo, la voz en un hilo quebrado. Ahí está la demencia, que trastoca la realidad hasta hacer del hijo un enemigo y del espejo un extraño. Enfermedades que no matan de un solo golpe, pero que van deshaciendo a la persona hasta que ya no queda nada que reconocer.
Y entonces, ¿a dónde van los recuerdos? ¿Qué pasa con la burra Golondrina, que era muy lista, la Serrana y la Corza cuando el cerebro se vuelve escombro? La memoria es un espejismo que nos hace creer que seguimos siendo los mismos, hasta que un día nos despertamos y no sabemos quién nos mira desde el espejo. Y los que cuidamos, los que nos quedamos, somos testigos de esa lenta evaporación. Adiós a las historias que nos contaron, adiós a los nombres y los lugares, adiós a todo lo que hizo que esa persona fuera quien era.
Pero ahí están los médicos, con su rosario de paliativos. Que si terapia ocupacional, que si estimulación cognitiva, que si ejercicios para la motricidad fina. Como si tuviera sentido mantener la mirada viva cuando la mente ya no está. Como si prolongar la agonía fuera un acto de compasión. Porque no nos engañemos: esto no es cuidar, es estirar la soga.
Y cuando la dignidad se vuelve insostenible, cuando el cuerpo es una prisión y la voluntad un eco, viene el último escándalo: la eutanasia. Ahí sí se rasgan las vestiduras los que nunca han sostenido la mirada de un enfermo que ya no está con nosotros. "La vida es sagrada", dicen, "nadie tiene derecho a decidir sobre ella". Pero ¿y la vida que ya no es vida? ¿El cuerpo que ya no es más que sufrimiento administrado en dosis diarias?
No hay acto más humano que elegir un final digno. Pero nadie habla del otro lado de esta historia: los que se quedan. Porque si hay algo peor que ver morir, es ver morir cuidando. Los enfermos se apagan, sí, pero los cuidadores se consumen. Se desvelan, se desgastan, se resignan a un duelo que empieza mucho antes de la muerte oficial. Y ahí no hay paliativos, ni terapias ocupacionales, ni ayuda suficiente.
Por eso, que no nos vengan con cuentos. La muerte es un alivio. El martirio es el camino hasta ella. Y si no me creen, que se lo pregunten a la Golondrina, que era muy lista.
El aguante, la resistencia, la paciencia surgen como un alivio en las peores circunstancias: amar, cuidar, buscar consuelo en medio de la desgracia. Tal vez sea lo único que nos mantiene a flote, esa necesidad absurda de trascender el dolor, de enfrentar el sufrimiento con una actitud que no nos da el alivio final, pero que, por lo menos, conserva algo que ni el mismo sufrimiento puede robarnos: la dignidad, el último resquicio de eso que aún queremos recordar, los que nos quedamos, como felicidad.