¿Es la política un reflejo de nuestra sociedad?

Iría Salgado
03 de Abril de 2025
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Es la política un reflejo de nuestra sociedad

Nos indigna ver a nuestros políticos como protagonistas de debates llenos de ataques personales, faltas de respeto, insultos y gestos de deprecio al adversario. Nos horrorizan los espectáculos que se viven en los parlamentos, convertidos en rings de combate dialéctico donde la escucha serena y el diálogo han dejado paso libre a homilías provocadoras, pero no en el plano ideológico. La política, a menudo, se percibe como un mundo paralelo a la realidad. Sin embargo, si nos detenemos a reflexionar, descubrimos que muchas de las actitudes y comportamientos que criticamos en los representantes políticos están presentes en nuestras interacciones diarias.  ¿Cuántas veces ofrecer una opinión diferente genera una discusión que termina en excesos verbales? ¿Cuántas veces pedimos ayuda a alguien de nuestro entorno y no solo no la obtenemos sino que se convierte en motivo de reproches y de distanciamiento?

Da la impresión de que convivimos en una sociedad donde la confrontación y la autoprotección desmedida se han convertido en la norma y que, poco a poco, nos estamos convirtiendo en una sociedad cada vez más inhumana. La tensión, la falta de empatía y la necesidad de imponer nuestra opinión tienden a estar demasiado presentes en las relaciones, tanto en el ámbito personal como en el profesional. A menudo, nos vemos atrapados en una constante lucha por defender nuestra opinión, nuestra posición y nuestro orgullo. Evitamos tener conversaciones incómodas y, si las tenemos, enseguida nos ponemos a la defensiva. Cuando alguien nos dice o hace algo con lo que no estamos de acuerdo tendemos a reaccionar con impulsividad y, a veces, hasta con agresividad. Nos cuesta asumir nuestros errores, pedir disculpas y ya no hablemos de reparar el daño causado. En definitiva, evitamos todo aquello que nos haga sentir vulnerables, inferiores, que hemos perdido.

Es fácil criticar la falta de formas y de humanidad en la política, pero la realidad, y aunque nos cueste reconocerlo, es que en muchas ocasiones y en muchos otros ámbitos actuamos de manera similar a como lo hacen los representantes políticos en los debates parlamentarios. Nos encontramos inmersos en un mundo de reacciones rápidas e impulsivas, donde nuestras propias heridas emocionales no resueltas se proyectan en las relaciones de cualquier tipo. La empatía y la comprensión no están de moda, han sido reemplazadas por una comunicación fragmentada, reactiva y sobreprotectora hacia uno mismo. Desde el silencio más incómodo y dañino –que también comunica- hasta las palabras más hirientes y, en los casos más extremos, incluso los golpes físicos… parece que todo vale para defendernos, simula que todo es válido para que parezca que tenemos el control y hemos triunfado. Todo vale menos dialogar y entablar relaciones sinceras y equilibradas. ¿Importa realmente el daño que hacemos a los demás con esa forma de actuar? ¿Importa realmente el daño que los políticos provocan a la sociedad con discursos protagonizados por reproches mutuos pero carentes de propuestas con verdadero impacto positivo en la ciudadanía? ¿Somos cada vez más inhumanos?

Si como individuos llegamos a ser capaces de dar la espalda a personas de nuestro entorno cuando tienen un mal momento, ¿cómo no lo va a hacer la clase política que ni tan siquiera conoce los rostros de quienes sufren? Y entiendo que desde la política no se puede resolver absolutamente todo, pero todos tenemos en mente decenas de ejemplos en los que la política podría mejorar las condiciones de vida de muchas personas y no lo hace.

Los representantes políticos en sus discursos y debates, al igual que muchos de nosotros en el día a día, buscan protegerse, mantener el control y, en su caso, el poder. Defienden sus posiciones con vehemencia, descalificando las propuestas de los adversarios en lugar de analizarlas con objetividad. No buscan construir, sino imponer porque piensan, y así lo intentan transmitir, que son los mejores y solo ellos lo gestionan todo correctamente. Y cuando se equivocan, rara vez lo reconocen y se disculpan, y mucho menos buscan reparar el error porque, probablemente, entiendan que hacerlo se percibiría como una muestra de debilidad por los votantes; aunque la realidad podría ser bien distinta.

Pero, insisto, ¿cuántas veces vemos esto en nuestro día a día? No es exclusivo del ámbito político. En nuestras propias vidas, evitamos enfrentar nuestras debilidades y preferimos mantener una imagen de control y éxito. La conexión genuina con los demás ha sido sustituida por interacciones superficiales. Las emociones quedan relegadas y las diferencias se convierten en conflictos en lugar de oportunidades. Si alguien nos dice algo que nos incomoda enseguida reaccionamos, si alguien nos ataca, tendemos a devolver el ataque en un tono mayor o a callarnos –generalmente por miedo a las repercusiones- pero mostrando algún tipo de desprecio. Y con ese otro que nos dice algo que no concuerda con lo que pensamos o sentimos ya no queremos ni hablar ni verlo durante una buena temporada. Entonces, ¿por qué nos escandalizamos cuando vemos a los políticos insultarse, gritarse, despreciarse en lo personal e ideológico…?

Tanto en política como en la vida, y siguiendo un reels de moda de la red social Instagram, urge que aprendamos a escuchar sin juzgar, a dialogar sin imponer, a reconocer nuestros errores y a trabajar en soluciones en lugar de buscar culpables.

Podemos seguir alimentando una sociedad basada en la confrontación y la autoprotección desmedida o podemos optar por construir una basada en el respeto, la empatía real y la cooperación. La pregunta es: ¿qué tipo de sociedad queremos ser? Resulta agotador ver como la clase política está siempre a la defensiva entre sí y con muchos ciudadanos que solo reclaman mejores condiciones de vida; al igual que lo es tener que estar defendiéndonos de los demás porque hacen o dicen algo que nos disgusta o simplemente por no ser capaces de asumir que no siempre podemos ganar o tener la razón.

Simula que la política no es algo separado o ajeno a la sociedad, sino que es una manifestación de nuestros valores, de nuestras decisiones y dinámicas individuales y colectivas y que los representantes políticos son un espejo más en el que podemos y debemos mirarnos para reflexionar y comenzar a cambiar.

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