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Gobernar no es más que volver a enjuiciar a Sócrates

28 de Marzo de 2023
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Socrates

Recordemos el mito socrático. Enjuiciado por corromper, con sus ideas o en verdad con sus preguntas o cuestiones a los jóvenes de la sociedad establecida, es condenado a beber cicuta, para tal cómo explicaría el dicho popular luego, muerto el individuo (perro) se termine lo universal (rabia). En nombre de tal humanidad, como remedio para la misma, se envenena a uno de los suyos. El pharmakon como concepto pleno de lo humano y como elemento determinante y ordenador de lo político. En una suerte de eterno retorno, en donde cada tanto, fallamos, como cura o como veneno, a un individuo determinado, para aleccionar o referenciar a lo general o colectivo. 

Las guerras o disputas como continuidad de la política por otros medios, sigue la luz de esta conceptualización, unos deben morir para que otros vivan mejor.
 
Hace tiempo que nuestro cuerpo enfermo, necesitaba de medicación. Todos y cada uno de los índices, reflejados en mucho de nuestros comportamientos, desnudaban la excepción cada vez más común de masas ingentes de pobres, marginales e indeseables, para que los menos que ya vivían bien, lo siguieran haciendo mejor. 
 
A la luz de los acontecimientos, tenemos en verdad por delante, un nuevo momento bisagra en donde decidiremos (habrá que ver como se termina de conformar esta mayoría que decidirá y cómo será la reacción de las minorías) para quiénes el pharmakon será cura y para quiénes veneno.
 
Como alguna vez la humanidad, ya decidió que era mejor, que algunos de sus exponentes siguieran respirando más allá de pensar, de la palabra respetar y hacerla circular, seguiremos escribiendo, no sólo hasta que el cuerpo diga basta (ya sabemos que la palabra escrita, la excede, esta es su magia) sino hasta la posibilidad de que por fuerza mayor de la imposición, se determine que sea nociva, peligrosa y enfermiza y que la expresión y con ella la libertad, en vez de ser considerada una cura, sea tratada y entendida como veneno. 
 
Pero esa expresión de lo humano, esa salida, esa faceta, ese camino, ese pliegue, lo hemos visto varias veces, pensadores, creadores, artistas y filósofos, censurados, encarcelados, asesinados y callados. Detalles más o menos, sabemos cómo continúa la serie en caso de transitar tal sendero.
 
Lo heterodoxo y por ende, sorpresivo, que nos dote de lo novedoso en cuánto a indagar más allá de lo conocido, sería que alguna vez, desde la plaza, los foros y los balcones, los intelectuales, pensadores, filósofos y creativos, se ganen los aplausos de las multitudes (la palabra escrita, atributo de aquellos, se validaría con las habladas y los gestos patrimonio de las masas, cerrándose la cinta de moebius)  y tener en tal reconocimiento alegórico, un respeto de esa faceta de lo humano, que sea tanto cura como veneno, y que tal mayoría construida entienda de la convivencia de lo justo e injusto y de la dosificación apropiada para que la cura de algunos no signifique siempre como relación necesaria, suficiente y excluyente, el envenenamiento de tantos otros.

Recordamos que para J. Derrida: “La palabra pharmakon no solo significa remedio. También es un color, un tono artificial, un maquillaje, un veneno, o incluso un chivo expiatorio, todas estas cosas que se supone que vienen del exterior para engañar, mentir. Estas cosas que han estado allí desde el origen, a Platón le gustaría sacrificarlas, destruirlas, como la tradición greco-occidental querrá después de él. La función de las estructuras, sociedad, institución, lenguaje, sistemas de oposición es decir la verdad, suprimir las imitaciones, revertir el pharmakon". (Derrida, J. “Farmacia de Platón en la Diseminación”. Editorial Fundamentos. 1997. pág. 108)
 
El autor de la República, como tantos otros diálogos, en al menos dos pasajes de este texto afirma “Parece que los gobernantes deben hacer uso de la mentira y del engaño en buena cantidad para beneficio de los gobernados; en algún momento dijimos que todas las cosas de esa índole son útiles en concepto de remedios”. (Platón. “La república. Editorial Gredos. Libro V. 459d.) 
 
Todas las reglas de juego que rigen nuestras vinculaciones colectivas, se fundan o fundamentan, en el último eslabón o resquicio, en la voluntad o fuerza, de alguien o conjunto de los mismos, que lo impone porque sí y sin más razón. Cada uno de los impuestos o condicionados, podrá tomarlo como cura (es decir aceptándolo) o como veneno (tendrá que irse o padecer las consecuencias) y el resto, argumentos, formas y explicaciones, vendrán siempre despúes. Finalmente, el campo armado, la escenografía conformada, se replica por medios de comunicación, los que brindan la idea, siempre supuesta, de que tal realidad, puede ser democráticamente cambiada, para mejor. Derrida, en el análisis político e inicial del concepto pharmakon, plantea incluso el valor como tal, en relación a la escritura, como noción argumental y performativa por sobre la palabra. Se toma como remedio y se constituye como normativo a los efectos de ordenar el poder, de los que antes solamente manejaban por intermedio de la palabra (por lo general dioses o reyes con vínculos con tales).
 
El autor, mediante el pharmakon, reitera la epopeya de Prometeo de robarle el fuego a las deidades y entregarnósla a los humanos. Dejando en claro, que esto mismo es tanto cura o remedio como veneno.
 
La alegoría de la caverna, pasa a tener vinculación no con el presente o con el futuro, sino con el pasado. No es una invitación para que se busque una luz de verdad, sino para que sostengamos la verdad que creamos más conveniente a la salida de lo incierto, de lo indeterminado, que por tanto nos resulte creíble y confortable, tal como la que nos sostuvo dentro del útero materno, ante de que nos alumbraran al mundo o que salgamos de la misma.
 
Es una cuestión de índole individual no colectiva. Así lo escribe, Derrida en la cita párrafos arriba, la célebre posición de “lo personal es político” que propone el estructuralismo de Foucault es básicamente la relectura en estos términos de la cuestión platónica.  
 
Nos tocaría en algún momento, desafiarnos, en tratar de encontrar sentido, o un sentido más en comunión y encumbrado, que construyamos o reconstruyamos esa noción de lo colectivo, esa decisión que en calidad de humanos, nos debemos repetir una y otra vez ante lo público y lo político. 

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