En marzo de 2020, el mundo se sumió en una crisis sanitaria sin precedentes. La irrupción del COVID-19 desbordó los sistemas de salud y puso en evidencia la vulnerabilidad de uno de los sectores más frágiles de la sociedad: las residencias de ancianos.
Aunque la lucha contra el virus fue colectiva, la primera línea de batalla estuvo mayoritariamente ocupada por mujeres. Cerca del 70% del personal sanitario que enfrentó la pandemia eran enfermeras, médicas y auxiliares de clínica que asumieron, sin titubeos, el rol de guerreras invisibles, arriesgando su salud y bienestar para proteger a los más vulnerables.
Las residencias de ancianos fueron, sin duda, uno de los escenarios más golpeados. En estos centros, el virus se propagó con una rapidez devastadora, y el personal —en su inmensa mayoría femenino— tuvo que hacer frente a la pandemia en condiciones extremas. La exposición continua al virus, la escasez de equipos de protección y la presión psicológica abrumadora se convirtieron en su día a día.
No solo enfrentaron la sobrecarga física y emocional, sino también la falta de recursos, la reducción de personal y las estrictas normativas impuestas para contener el contagio. Adaptarse o sucumbir. De un día para otro, se vieron obligadas a modificar sus rutinas, a soportar largas jornadas bajo estrictas medidas de higiene y a convivir con la fatiga extrema. Sangre, sudor y rostros marcados formaron parte de su uniforme.
Estas mujeres desempeñaron un papel crucial en la defensa de una atención digna y humana. Colaboraron de una forma decisiva para que los recursos llegaran también a las residencias y su labor trascendió lo asistencial: muchas de ellas fueron el único consuelo y la última compañía de una interminable lista de ancianos que murieron en la soledad impuesta por la pandemia.
La lucha contra el COVID-19 fue, en gran medida, una lucha femenina. Es imperativo que su esfuerzo no quede en el olvido y en lugar de invisibilizar su sacrificio, debemos asegurarnos de que reciban el reconocimiento y las condiciones laborales que merecen y esto se haga Si o Si. La batalla por la salud y los cuidados es también una lucha por la equidad, la justicia y el reconocimiento de los roles femeninos en la sociedad.
Este año, además de haberse celebrado , el Día Internacional de la Mujer, se cumplen cinco años del confinamiento, aquel momento en que el mundo entero se paralizó.
No podemos permitir que el tiempo borre la memoria de quienes sostuvieron el sistema con su esfuerzo y su trabajo
Es hora de que aprendamos a valorar el trabajo incansable de las mujeres en el sector sanitario y de que ellas mismas sean conscientes de su importancia. Que su voz se escuche, que sus logros sean visibles.
Estas guerreras invisibles merecen reconocimiento no solo cada 8 de marzo, sino todos los días del año. También que sus condiciones laborales se dignifiquen y que nuestras ancianos disfruten en su último transito por esta vida de una atenciones dignas y elementales. Es de obligado cumplimiento por parte de las administraciones públicas.
María González Amayuelas
Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria. Master en gestión y planificación de centros de atención a la dependencia por la Universidad de Cantabria