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La Covid y la pelota independentista

03 de Octubre de 2020
Actualizado el 02 de julio de 2024
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España, estelada, independencia

“El independentismo catalán está dividido”. Se habrán hartado de oír lo anterior. Se repite tanto que, incluso, muchos independentistas se lo creen. Un servidor opina que hay una confusión entre los intereses puntuales de unos partidos políticos y lo que es la reivindicación social. Una confusión, evidentemente, interesada, y que se aprovecha de las restricciones causadas por la pandemia.

Dentro del independentismo catalán, por mucho que haya tantas fracciones o capillitas como en La Vida de Brian (el gag del Frente Revolucionario de Judea, etcétera...), en Cataluña, en el fondo, hay dos pilares básicos: los que ven la independencia como una cuestión meramente nacionalista y los que pretenden vivirla como una revolución social. Los primeros, suelen ser los que se afianzan en las cuestiones de identidad; los segundos, sin rechazar lo anterior, lo ensanchan a pretender crear un statu quo nuevo muy alejado de lo que significa el español (léase Régimen del 78). Ambas facciones, a día de hoy, habitan en un espejismo creado por la ausencia de presión social debida a la Covid19.

Cabe decir, e insisto en ello en muchos artículos, que, aunque un servidor no se considere patriota de ninguna patria, no demoniza el nacionalismo catalán: éste es igual que muchos otros, con la diferencia que no tiene un Estado que lo respalde y le dé legitimidad (judicial, legislativa, etcétera). Y añado, por duro que suene, pero es la realidad: el nacionalismo catalán no se asienta sobre el fascismo ni sobre el absolutismo, como sí hace el nacionalismo español (donde incluso apoya aspectos sospechosos de su sistema democrático, como la monarquía y el poder judicial). Entiendo que moleste tal afirmación, pero hay que entender que esto no significa que no haya o haya habido fascistas catalanes (Sentís, Samaranch... y otros muchos, más o menos “reciclados”) ni que no haya demócratas republicanos españoles, que los ha habido y los hay (de hecho, una transición de verdad debería haber reinstaurado la República, último gobierno democrático antes del golpe de estado franquista).

Bien, regresando a la aspiración independentista de corte nacionalista y la de corte revolucionario social, lo curioso del hecho catalán es que la separación ni es diáfana ni es fija. Es decir, no todos los seguidores de Puigdemont son meros nacionalistas o gente de centroderecha, ni los de ERC son todos revolucionarios o todos de izquierdas. La complejidad de la situación de la reivindicación catalana ha llegado a unos extremos difíciles de comprender desde el exterior de ésta. Por ejemplo, el rapero sito en Bélgica Valtonyc, llegó a decir algo parecido a que Puigdemont era un anarquista (¡!)... y, por el otro lado, bastantes ven la actual ERC como una continuación del establishment autonomista. Ello no es un despropósito, aunque es probable que desde fuera pueda parecerlo.

En primer lugar, respecto a Puigdemont, hijo político del establishment más puro (CiU), las palabras del rapero Valtonyc no son una simple boutade. Puigdemont (y, obviamente, es una mera opinión) “sabe” que el objetivo de una República Catalana debe pasar por el trámite revolucionario, aunque él provenga de una tradición política anclada en lo contrario. Y toda revolución debe pasar por la condición, institucionalmente anárquica, en que es el pueblo quien señala el camino a los dirigentes. Lo que devenga la república a posteriori, será asunto de lo que decidan los catalanes una vez que la república esté constituida. La república, tal vez suponga un cambio radical o tal vez suponga una continuación con el simple cambio de residencia de las élites (de Madrid a Barcelona), pero eso es un menester a decidir una vez constituidos en estado, y no una condición para constituirlo.

Por el otro lado, por lo que respecta a ERC o Junqueras, hijos de una ideología republicana y sinceramente de izquierdas (es decir, con un componente o alto grado de universalidad, algo que los impele a entrar en contradicciones, pues su reivindicación es local), lo necesario es un cambio de paradigma social, una ruptura que, sobre todo, ha de intentar abarcar la sociedad entera (“ensanchar la base” no desde un punto de vista meramente pragmático del 50% + 1, sino social). Lo relevante es romper el régimen, y si puede ser desde dentro y solidariamente con los republicanos españoles, mucho mejor. Por ello busca complicidades de una ideología social similar (UP, BNG, Bildu), nada que ver con las relaciones de los nacionalistas catalanes con, por ejemplo, el PNV (basada en intereses muy concretos, y con una ventaja extraña para los “peneuvistas”, pues lo que los españoles aceptan para los vascos, jamás lo aceptarían para los catalanes). Por ello, ERC no sería reacia a una “Confederación Ibérica”. Y, por ello también, ERC tiene menos a desandar y se siente más cómoda que JuntsxCat en mantener el autonomismo con proclamas pragmáticas (“no somos suficientes”, “hay que esperar”, etcétera).

Me atrevo a decir que, la posición del gobierno español (no la del Estado, que incluye la bala perdida del fascismo en la judicatura y otros estamentos), corrobora lo anterior. Es decir, el “amigo” hoy es ERC, y el “demonio”, Puigdemont. Y esto no tiene nada que ver con el eje izquierda derecha, pues ni el PSOE es realmente izquierda, ni tuvo reparos en pactar con la antigua CiU, ni le hace muchos ascos a Ciudadanos, y podría pactar con el PDeCat una vez separado del JuntsxCat de Puigdemont. A ojos de un servidor, hay una razón histórica: los gobiernos españoles, fraguados en la visión imperialista del Estado, siempre miran el presente de una manera extractiva, pero son miopes mirando al futuro. Así se hizo ante Filipinas, Cuba y otros países latinoamericanos, incapaces de asimilar que todo futuro es consecuencia de las decisiones (imperialistas) del presente y del pasado. Recuerden que, mientras se enviaban chavales vestidos de soldados a Cuba, la élite capitalina iba de una corrida de toros a otra, al teatro, totalmente ignorante de la realidad de una guerra imposible de ganar. Esta misma miopía es la que los lleva a creer que la inhabilitación de Torra es algún tipo de victoria, la que llevó a Soraya Sáenz de Santamaría (¿se acuerdan de ella?) a decir, ufana, “hemos descabezado el independentismo”, como si fuera cuestión de cuatro cabezas y no del 50% aproximado de un territorio que se desea independizar (cosa no baladí, por mucho que, en el fondo, se ignore la base del problema concretando ese desencanto solamente en la reivindicación).

Al parecer de uno, el gran error del gobierno ha sido y es ningunear a Puigdemont. Todavía, para muchos catalanes, este es moralmente una especie de “presidente legítimo”, si bien es cierto que, en las próximas elecciones, si no es candidato y además gana, perderá tal condición (como anhelan ERC, PSOE y UP). El sueño húmedo del gobierno central es que a las autonómicas catalanas se llegue con Junqueras en la calle, ya sea mediante indulto o por reforma del delito de sedición, como un pequeño empuje para desactivar al máximo, más que el poder real, la potencia social de la persona Puigdemont. Y que todo ello sucediese antes del fin de las restricciones que impiden la presión social: la Covid no solamente es un aliado contra la reivindicación por anteponerse en importancia (como si no se pudiera tratar más de un problema a la vez) sino que, insisto, desactiva su motor al prohibir la masa social.

Todo lo anterior explica bastante la ruptura entre Puigdemont y el PDeCat (el antiguo establishment de CiU amante de la estabilidad), y también algunos movimientos recientes de gente de izquierdas apoyando al primero (esto último desconozco si ha sido tratado en la prensa española). Y son aspectos difíciles de entender desde fuera de Cataluña. La división, más que en el eje izquierda o derecha, o en el eje nacionalista o republicano, estaría entre aquellos que confían en una posibilidad (aunque sea mínima) de entendimiento y negociación de un referéndum y los que opinan que la confrontación es inevitable.

Pero no lo lean como una defensa de la posición de Puigdemont ante ERC, ni tampoco lo contrario. A ojos de uno, ambos se equivocaron y se continúan equivocando. Pero esto es irrelevante. Lo relevante, al parecer del que firma, es una mala interpretación desde la política y medios españoles, y algunos catalanes: que el independentismo está dividido. Que hay una lucha fratricida o cainita. Uno opina que esto no es así, y que las escaramuzas en la superficie política y las ansias del Estado y medios afines a que esto sea cierto (o propiciarlo), están muy alejadas de la sociedad y de la reivindicación. Lo que hay es una gran divergencia donde el idealismo ha quedado supeditado al pragmatismo, pero un pragmatismo diferente para cada partido, aunque no son visiones del todo antagónicas, sino complementarias (siempre en el caso de que la famosa “mesa de negociación” no sirva de nada). Y, aquí, en mantener esta “división en la superficie”, tiene mucho que ver la pandemia.

Permítanme un símil futbolístico: si no fuera por la pandemia que evita la presión social en el campo, la directiva del FC Barcelona se hubiera visto forzada a dimitir. No hay más, así de sencillo. Sin pandemia ni restricciones en los movimientos (de masas) sociales, tal directiva sería ya pasto de la historia. Y, aunque les interese poco el futbol (que poco tiene ya de deporte), espero que no me negarán lo útil que son las restricciones ligadas a la pandemia para evitar algunos temas que hubiera sido irrefrenable tratar en condiciones “normales”. La directiva del Barça empieza la temporada con la esperanza que grandes resultados volatilicen todo lo sucedido, así como desde ERC se espera que una comunión de indultos, reforma del delito de sedición y algún avance tangible gracias a esa mesa de diálogo o negociación, haga lo mismo.

Pero no hay que olvidar que la pandemia, respecto a la reivindicación independentista, ha anulado la presión social, y que algún día la dejaremos atrás. Un aspecto que les puede parecer anecdótico o, como mucho, complementario, pero esta presión es el motor que propició el entendimiento de partidos de cara al 1 de octubre: JuntsxCat y ERC se entendieron, sobre todo, porque se vieron obligados a ello por esta presión de la masa soberanista. La ANC y Òmnium están, como es lógico, en hibernación, pero también mucha gente no adscrita que salía a la calle.

Y, ya que me preguntan (perdón), uno opina que la reacción tras ese 1 de octubre fue del todo errónea e insensata tanto por Puigdemont como por ERC (del Estado, ya ni les digo, pues está más bien en manos de una sola parte de este Estado: la judicatura nacionalista afín a la derecha reaccionaria, y a esos cuerpos policiales del “a por ellos”, todo con el beneplácito del PSOE). Tal reacción de los líderes independentistas, decía, fue debida a la metáfora de a ver quién es el último que salta del tren o, si la han visto, el final de Thelma and Louise. Pero eso no impedirá que, tras las restricciones de la pandemia, la sociedad independentista fuerce a los partidos a subirse a un nuevo tren. Lo que ocurre ahora es que, a sabiendas que será inevitable, se lucha por quién será el maquinista: si Puigdemont o Junqueras. ERC tiene más posibilidades de desactivar a Puigdemont, pues la suerte de este último está demasiado ligada al candidato de las próximas elecciones catalanas. Tal vez, el intento de agotar la legislatura, es un canto a que aparezca una vacuna (sea médica o del Tribunal Europeo)... pero, como comentaba antes, también le da tiempo al PSOE para poner a Junqueras en un lugar preferente. Puigdemont, cada vez lo tiene más difícil sin correr el riesgo de regresar a Cataluña, pues no se vislumbra un candidato en JuntsxCat con la capacidad de aguantar su testigo. La baza de “presidente consorte” que se jugó con Torra (y que salió un poco agria), difícilmente podrá volver a utilizarse. Una pregunta tonta: ¿Puigdemont no puede interpelar, explícitamente, al Parlamento o Tribunal europeo, si puede circular libremente por España gracias a su inmunidad?

Añadir un aspecto, tal vez irrelevante puesto que no se comenta mucho en los círculos independentistas. Dado que es un hecho que toda reivindicación necesita de unos líderes que canalicen a la sociedad disconforme, ¿no es un lastre la posición y planteamiento de los líderes independentistas actuales? Parece que solamente se dirijan a una parte de la sociedad (ese aproximado 50% que ya tienen convencido) y se despreocupen de la parte restante o la consideren solo desde el enfrentamiento. Pero la sociedad catalana es sumamente compleja y diversa y, en el fondo, bastante más abierta que el mensaje que estos líderes transmiten. Uno opina que, para una parte de la población, no es que estén contra el independentismo per se, sino que les parece un poco anacrónico en la manera de justificarse o reclamar su adhesión. (En el siguiente artículo haré referencia a la falacia de la “identidad colectiva”, ahora sería demasiado extenso).

Mientras tanto, el panorama actual es que hay gente conservadora y amante de la estabilidad que ahora optaría por la vía Junqueras y ERC, y gente revolucionaria y progresista que optaría por Puigdemont. Les puede parecer de locos, pero uno piensa que esto tiene fecha de caducidad: la hora de la verdad será cuando, en Cataluña, la gente pueda volver a salir a la calle y presionar. Les puede parecer lejano, pero en 1896 también 1898 parecía muy lejos. Y, entonces, se verá uno de los grandes errores del gobierno español actual: no haberse atrevido a recoger la pelota que, sin lugar a dudas, ahora está en su tejado. Recalcando que, tal pelota, nada tiene que ver con los presos e indultos, sino con la posibilidad de un referéndum. Y, cuando pretenda hacerse con ella, le pasará lo mismo que al gobierno de Rajoy: que esta pelota ya estará en los pies de la sociedad catalana. Entonces, irán a remolque, todo serán reacciones (de reaccionario), y es muy probable que la senda por la que opten sea la misma que la del gobierno precedente. La historia, aquí, tiene mucho que decir. Y, aunque el historiador sea Junqueras, el convencido de que la historia en la capital de España se va a repetir, es Puigdemont, sus votantes y, también, muchos votantes de ERC que están a la espera de ver para qué demonios va a servir la tan manida “mesa de negociación” (o de “diálogo”, nunca me acuerdo). Uno desconoce si es miopía del gobierno central o se trata de un miedo terrible a la derecha española, tan ultra ella. Sea como fuere, ellos mismos vendieron eso del “gobierno más progresista de la democracia”, y si tal gobierno, a nivel de avances con hechos respecto a la reivindicación, no hace nada, lo del 2017 puede acabar siendo anecdótico.

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