La aplastante victoria de Donald Trump en Estados Unidos marca el nuevo rumbo de la política internacional y evidencia la caída en picado de la izquierda post moderna en todo el planeta.
El movimiento woke está de luto. Los pijo progres lloran desconsolados. El colectivo LGTBI no da crédito y todo el universo perroflauta en general se encuentra en estado de shock por unos acontecimientos que no consiguen encajar a nivel cognitivo.
La ideología de género, el discurso inclusivo, la locura feminista, el sinsentido racial y toda la fantasía solidaria y resiliente creada en los laboratorios de ingeniería social de este sistema mafioso comienza a resquebrajarse en el ideario colectivo.
Todo ese relato se cae porque no aporta soluciones reales en el día a día de las personas y porque está sustentado sobre teorías ridículas e hipótesis esperpénticas que poco, o nada, tienen que ver con la realidad.
Pese a todo ello Donald Trump no es un salvador, ni mucho menos. Ningún líder del stablishment lo es, pues la política es un instrumento de la Matrix creado para mantener al rebaño controlado.
El sistema tiene sus propios mecanismos de autoreciclaje y cuando una fórmula de control se agota o empieza a hacer aguas hay que girar la tuerca hacia el lado opuesto para que la otra parte tenga la sensación de manejar el tablero de juego, al menos por un tiempo.
Dicho esto, he de reconocer que asistir a la caída del perro flautismo es un espectáculo impagable que promete ser épico. Y desde el punto de vista más pragmático, sin duda, el nuevo rumbo político favorece al equilibrio social y al sentido común, aunque sepamos que no deja de ser un juego y que la única libertad real está en la toma de conciencia individual y en la auto soberanía.
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