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Nosotros, funcionarios de la nada (primera parte)

04 de Diciembre de 2020
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El mundo del arte nos puede servir como un punto de apoyo. No se puede precisar en qué día o momento exacto aparece, por ejemplo, el Renacimiento. Hay un cúmulo de razones, mucho más allá de las razones artísticas, que van produciendo una serie de cambios que, en el arte, acabarán teniendo un denominador común al que llamaremos Renacimiento. Del mismo modo, por ejemplo, la desintegración del espacio soviético no se produce en el momento exacto en que cae el Muro de Berlín en 1989, sino que hay un cúmulo de razones, mucho más allá de las razones políticas, que van produciendo una serie de cambios que, al final, acabarán teniendo la consecuencia de la desintegración de la Unión Soviética. Nos encanta aislar hechos para enmarcar titulares y mirarlos significativamente, pero no dejan de ser crestas propiciadas por un oleaje que viene de lejos.

Podemos, no obstante, y retomando el mundo del arte, tomar ejemplos que nos hagan creer lo contrario: es más fácil precisar quién, cómo y dónde crea el cubismo, pero si lo ceñimos a una individualidad, esta es su debilidad: ¿cuántos años dura el cubismo? ¿cuál es su extensión en ámbitos ajenos al arte? Encontrar paralelismos pasando al nivel histórico, es difícil, y seguramente serían esos hechos aislados que sucumben en el tiempo debido a su irrelevancia colectiva.

Si la Historia es una biografía de la humanidad, hay que recordar que toda biografía es un intento de dar un significado al pasado (generalmente desde el presente). Tal vez el pasado sí sea inmutable, pero nuestra percepción de este es tan flexible como la distancia entre diferentes puntos que propician diferentes perspectivas. Cada perspectiva que mira el pasado, suele ser su propia manera de justificar el presente, su presente. No se trata solamente de legitimar el “ahora”, sino de intentar construirlo. Para que tal construcción coincida con “lo que queremos” que sea el presente, todas aquellas piezas que no encajan son desestimadas. Usualmente, mediante el desprecio o el olvido, siendo este último lo definitivo, pues lo despreciado siempre puede rescatarse. No es extraño, pues, que, con el tiempo, esa construcción que nos hemos hecho se tambalee o, incluso, pueda quedar invalidada. Más que un psicoanalista que nos reafirme el ego, deberíamos contratar un sociólogo que nos recuerde todas esas interrelaciones descartadas, pues ¿toda biografía es producto del pasado o es este pasado acaba siendo producto de la biografía deseada?

Buscar el significado último de las cosas mirando hacia atrás, suele acarrear un problema: no tenemos en cuenta que sustentamos ese significado en aquello que vemos, pero, obviamente, no en lo que hemos olvidado o descartado. Esta mirada justificativa hacia atrás, no deja de ser un acto de conversión: ¿no es, toda fe, al fin y al cabo, la negación de todo aquello que contradice su propósito? Pero se trata de una “negación blanda”, pues no se niega el hecho en sí, sino el significado último de este. Como el creyente que, reconociendo la Teoría de la Evolución de Darwin, eso no le impide continuar creyendo que somos hijos de Dios hechos a su imagen y semejanza. Como el que, absorto en su bandera y nación como hecho significativo y constituyente, puede convivir con la evidencia que, banderas y naciones, en el fondo son un producto del azar (uno no elige dónde nace) y con un significado relativo. A esa fe, religiosa o política, le permitimos que nos determine un rol.

La acción también determina el rol, y viceversa. Hay el famoso experimento llamado de “la cárcel de Stanford” (la universidad) Link Stanford donde el psicólogo Zimbardo demostró que nos acabamos convirtiendo en el papel que se nos asigna (en el experimento, el rol de carcelero o de prisionero). Podríamos preguntarnos si la sociedad entera asumimos con la misma facilidad y diligencia el rol que se nos asigna. Si fuera así, ¿quién es el Zimbardo que se encarga de repartir los papeles?

Otro experimento psicológico demostró el poder de influencia de las palabras en el comportamiento. Se separaron personas en tres grupos. A un grupo se le proporcionó palabras de un vocabulario “negativo” (cansancio, artritis, vejez, improviso porque no las recuerdo), a otro grupo, palabras de un vocabulario “positivo” (juventud, baile, cabalgar, etc) y, al tercer grupo, palabras “neutras” (y sería el grupo de control). Naturalmente, como ven, referidas al movimiento. Tenían que construir frases con esas palabras. Luego, se les pedía que fuesen a otra sala, un poco lejana, y se midió la velocidad a la que iban, que era el objetivo del experimento. Los resultados, confirmados por otros experimentos parecidos, fueron claros: el vocabulario incidía directamente en la velocidad de los participantes. Las palabras, no solamente modelan nuestra forma de pensar, sino que actúan sobre aquellas acciones que realizamos inconscientemente. Con esto, vayamos hacia el Congreso y los medios.

Al aprobarse la Ley Celaá, <<libertad, libertad>> gritaba la derecha que no condena una dictadura fascista. Lo gritaban porque, básicamente, les recortaban una pizca de tantos privilegios. Es la que grita <<golpistas>> equiparando la desobediencia del referéndum catalán a un 23-F con metralletas y tanques. La que grita <<nazis>> igualando los que defienden su débil lengua minoritaria a los que quemaban seres humanos. Y les recuerdo que, los dos últimos ejemplos, con la connivencia del PSOE y la blanda equidistancia de Podemos. Cuando se acepta que el lenguaje determine los hechos, ni que sea en un ámbito concreto (por ejemplo, el uso de la palabra “violencia” en el juicio a los políticos y activistas independentistas catalanes), se abre la puerta a condicionar la sociedad en todos sus ámbitos. No me alargaré añadiendo ejemplos de los titulares de prensa, radios y teles madrileñas (por extensión, estatales, que Madrid es España y viceversa) referentes al independentismo y la (insípida) Ley Celaá.

El modo en que nos hablan los políticos y las instituciones, el vocabulario no elegido al azar de muchos medios, nos trata y nos conforma, empujan a la sociedad a ser de una manera u otra. Y sería bastante ingenuo pretender cambiar esto desde la política misma, cuyo único acceso de influencia del individuo suele ser el voto, puntual y limitado, cada cuatro años.

Les traduzco de la versión catalana unas palabras del sociólogo Berger: <<Poco lo adivinan los que dicen que cada sociedad tiene el tipo de personas que se merece; sería mucho más acertado darse cuenta que cada sociedad produce el tipo de personas que necesita>>. Y, del mismo sociólogo: <<Después de los profetas, vienen los Papas; y después de los revolucionarios, los funcionarios>>. Esos funcionarios de la nada, pues no deciden y se limitan a hacer que todo funcione, somos nosotros.

Acabamos, pues, siendo todos funcionarios del proceder ante el cual nos dejamos sucumbir, y que acaba condicionando nuestro modo de actuación, incluso de ser. Nos cedemos a ser una mera herramienta para que la misma herramienta “funcione” sin más, dejando la decisión de su uso en manos ajenas. Tal dejación de responsabilidad nos hace menos libres,

más débiles, más manejables y más manipulables. Tal vez nos gustaría soñar cálidamente, bajo la candidez del edredón, que decidimos con nuestras manos, que controlamos algunas cosas, como en esas fantasías adonde nos permite huir el sueño. Pero los sueños no son ni las calles ni la cocina ni las aulas, y ahí, aunque nos hagan creer lo contrario, aunque no suela parecer así, es donde reside la posibilidad de hacernos responsables.

<<Libertad, libertad>> gritaba la derecha, para mantener sus privilegios, privilegios que son “hechos” instaurados por el fascismo y perpetuados por una transición hecha a medida. La presidenta de Madrid, Ayuso, decía hace unos días que <<hay catalanes que vienen a Madrid buscando libertad>>, y es bien cierto: buscan la libertad de sus privilegios. Cataluña no es un mundo aparte, también muchos abrazaron el fascismo, y esos que buscan esa rara interpretación de la libertad capitalina (me niego a englobar todo Madrid), son aquellos que velozmente aplaudieron o sacaron las empresas cuando, tal vez, podía ser que su establishment cayese bajo una hipotética república que confundió un matasuegras con la filarmónica de vayan ustedes a saber de dónde.

Repito: <<Libertad, libertad>> gritaban para mantener sus privilegios, privilegios que son “hechos” instaurados por el fascismo y perpetuados por una transición hecha a medida. La filósofa Michèle Le Doeuff, nos dice: <<un hecho no se constituye jamás en derecho (y todo el mundo, supuestamente, debería saberlo)>>. Una filósofa feminista, porque el feminismo es una posibilidad para intentar cambiar todo esto. Pero solamente una posibilidad. Para la opinión al respecto, les invito a la segunda parte del artículo.

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