Algo tan importante para la evolución del ser humano se ha convertido en el dueño absoluto de las personas.
Hacia cualquier campo o escenario al que dirija mi atención, me topo sí o sí con un ramo de la industria. Y no es que esto sea algo estrictamente malo y a desbaratar. La industria ha hecho mucho por la evolución del ser humano... pero es necesario reconocer que también lo ha esclavizado.
Desde el trato injusto a la mano de obra barata (sobre todo a la mano de obra infantil), propio de la revolución industrial del siglo XIX, al uso actual del poder omnipresente que ha obtenido la industria, ya parece que no podemos prescindir de los «adelantos» que nos ofrece.
En este texto, de forma muy consciente, no voy a referirme a la industria que me toca más de cerca por mi profesión: la industria farmacéutica. Pero es que las consecuencias de la actuación del resto de industrias tienen una repercusión directa sobre nuestra salud. Voy a poner unos ejemplos notorios.
Si echamos un vistazo a la industria alimentaria, se puede observar que cada vez más está llevando a la humanidad a un descalabro de la salud: los alimentos ultraprocesados, con aditivos que los inundan por doquier y les confieren diferentes características: conservantes, estabilizantes, aglutinantes, edulcorantes, resaltadores del sabor, olor, apariencia física.
Los tomates ya no son tomates, los melocotones ya no son melocotones (aunque su olor pueda extasiarnos momentáneamente). Ya cada vez es más difícil identificar en los alimentos procesados el alimento base que contienen, y los componentes naturales brillan por su ausencia, volviéndose un conjunto o mezcolanza de sustancias producidas de modo industrial.
Y no traigo a colación estos mal llamados «alimentos» (que verdaderamente cada vez son menos alimentos) por su apariencia, por su sabor, por su perdurabilidad, etc., sino porque se van a transformar en el interior de nuestros cuerpos en las bases moleculares que van a hacer funcionar nuestra fisiología en perfecto orden... o generar consecuencias desagradables sobre nuestro estado de salud.
La industria química, que también colabora con la alimentaria, la trasciende completamente. En la actualidad, y por el cada vez mayor uso de los plásticos, ya se pueden identificar éstos en nuestra sangre, en nuestros cerebros y en cualquier órgano en forma de micro y nanopartículas.
No me lo invento, está ampliamente publicado. Es un verdadero desastre, sin que se pueda saber por ahora el alcance final como provocador de enfermedades a corto, medio y largo plazo.
Si nos vamos a la industria de las telecomunicaciones, no hace falta ser muy espabilado para darnos cuenta de que el avance de la técnica es sobrecogedor por su velocidad. La industria va por delante en una o dos fases respecto al control que se tiene de ella por los organismos que se encargan de preservar la salud del ser humano.
Estamos metidos en una vorágine en la que nos han invadido campos electromagnéticos y demás radiaciones de radiofrecuencia. Es muy difícil escapar de su presencia. Que se lo digan si no a las personas, cada vez más numerosas, que sufren de una hipersensibilidad electromagnética y cuyas vidas pueden llegar a ser un verdadero calvario de malestares y enfermedades incapacitantes de forma continuada en presencia de tales fenómenos.
Un ejemplo de ese decalaje existente entre el desarrollo de productos industriales y el control de los mismos en cuanto a su salubridad respecto al ser humano y también respecto al medio entorno es una noticia que leí hace pocos días.
Resulta que un científico, el Doctor John Bucher, actualmente retirado, que trabajó como director asociado en el Programa Nacional de Toxicología (PNT), dependiente a su vez del Departamento de Salud de EEUU, recientemente se ha referido a unos hechos que revelan (con información de primera mano) lo que estoy queriendo expresar en este escrito.
En 1999, la FDA norteamericana, que es la agencia del gobierno encargada de preservar la salubridad de alimentos, fármacos y demás, encomendó al PNT el estudio de la salubridad de las radiaciones por radiofrecuencia. Este trabajo, de una duración de diez años, le costó al contribuyente norteamericano la friolera de 30 millones de dólares.
El planteamiento del estudio se concentró en las radiaciones de los sistemas 2G y 3G, los que en aquel momento estaban funcionando en la sociedad norteamericana. Se dedicaron a estudiar las consecuencias de dichas radiaciones sobre ratas, con un seguimiento de dos años.
Para aclarar los conceptos que se utilizaron en el estudio, se tuvieron en cuenta cuatro estados de evidencia, de mayor a menor intensidad o fuerza:
- «Evidencia clara».
- «Alguna evidencia».
- «Evidencia equívoca».
- «Ninguna evidencia».
¿Qué encontraron como resultados? Lo expongo aquí de forma resumida:
- «Evidencia clara» de tumores cardíacos malignos en ratas macho,
- «Alguna evidencia» de tumores cerebrales malignos en ratas macho, y
- «Alguna evidencia» de tumores benignos, malignos y complejos combinados de glándulas suprarrenales en ratas macho.
Como se puede comprobar, las conclusiones del estudio relacionaron de forma intensa las radiofrecuencias estudiadas con consecuencias muy importantes sobre la salud de las ratas.
Podéis comprender las repetidas y continuas dificultades que tuvieron para sacar este estudio al exterior. Estos resultados los transmitieron a las agencias involucradas en el tema: la FDA y la Comisión Federal de Comunicaciones (CFC)... pero éstas no mostraron interés sobre los hallazgos. Un poco raro, ¿no?, si su finalidad es proteger la salud de la población.
Por fin, tras muchas demoras, los resultados se pudieron mostrar en noviembre de 2018 en un informe técnico del PNT.
Como seguimiento del anterior estudio, el PNT publicó un artículoen octubre de 2019en el que se afirmaba que la exposición a radiaciones de radiofrecuencia se asociaba con un aumento en el daño del ADN en:
- la corteza frontal del cerebro en ratones machos,
- las células sanguíneas de ratones hembra, y
- el hipocampo de ratas macho.
Como eran conscientes de que son muchos los factores que influyen sobre la deriva de este daño en el ADN hacia la formación de tumores, el PNT decidió continuar estudiando cómo las radiaciones por radiofrecuencia producían el daño observado al ADN.
Cuál es la sorpresa cuando, después del terremoto de la pandemia, en enero de 2024, el PNT anuncia que no va a continuar estudiando sobre el tema. Las motivaciones esgrimidas fueron que era «técnicamente desafiante y más intensivo en recursos de lo esperado».
¡¡Ja!!... ¡¡Ja!!... ¡¡Ja!!
Me imagino la frustración de los científicos que dirigieron y colaboraron en ese estudio. Una frustración doble, porque no solamente se toparon con una barrera jerárquica muy difícil de franquear sino porque la industria de la telecomunicación ya está funcionando con el sistema 5G, que amplía la potencia y penetrabilidad de las radiaciones... y ya se está estudiando y preparando el siguiente sistema, el 6G.
Por propio sentido común, deberían ser las mismas empresas innovadoras las que probaran los efectos a corto-medio-largo plazo de sus productos antes de sacarlos en el mercado, ¿no? Y, por supuesto, en las agencias reguladoras de cada ramo debería haber profesionales insobornables que velaran por la salud pública.
¿Qué podemos hacer, entonces, tú y yo ante este tipo de realidades cotidianas en las que la industria, en cualquiera de sus ramos, teje una especie de telaraña pegajosa con la que intenta atraparnos?
- Abre tu mente y vive desde un sentido crítico frente a cualquier cosa que te vendan como «avance de la humanidad» y que, desde el aparato propagandístico, únicamente te digan que va a servir para facilitarte la vida, sin hablar para nada de efectos adversos.
- Elige bien tus alimentos. Conecta con grupos de consumo locales que se nutran de productos naturales (si pueden ser orgánicos, mejor) y de proximidad. Establece lazos de confianza con productores del sector primario.
- Evita el uso de plásticos, de objetos desechables, de un único uso. Todo genera productos de desecho, aunque no los veamos a simple vista.
- Elige conexiones de telecomunicación con cable (fibra óptica) en lugar de emisiones inalámbricas (wifi, teléfonos inalámbricos domésticos). Haz un uso racional de los teléfonos móviles, no te cuelgues de ellos. Úsalos sólo cuando corresponda.
Comparte este tipo de informaciones con las personas de tu entorno. Es necesario que cada vez seamos más los seres humanos conscientes y que no permitamos el avance de la industria sin verdaderas garantías de control.
Salud para ti y los tuyos.