La historia de los seres humanos es también la de sus tratados de paz que ponían fin a sus interminables conflictos. No siempre. En ocasiones la guerra terminaba con el aplastamiento militar de uno de los bandos, como sucedió con nazis y japoneses en 1945. En esos casos no había nada que discutir. Pero otras veces las cosas no estaban claras y era necesario llegar a algún tipo de acuerdo que impidiese, en el mejor de los casos, que se repitiese en conflicto solventando sus causas originales.
El primer tratado de paz del que se tiene noticia es el que firmó el faraón Ramsés II con los hititas en el 1259 antes de Cristo. La previa batalla de Qadesh quedó indecisa y era preciso, para ambos bandos, mantener unas relaciones pacíficas y de buena vecindad. Ramsés II, un gran propagandista de sí mismo nos legó imágenes de una victoria inexistente en las grandes construcciones de Karnak, Luxor y Abu Simbel. Ya se sabe, es preciso controlar el relato como dicen ahora los asesores gubernamentales. Han transcurrido más de 3000 años y continuamos imitando a los faraones. Todo menos la verdad.
Se han firmado tratados de paz buenos, malos y muy malos. Algunos han cambiado la historia. Literalmente. El de Westfalia (1648) que puso fin a la guerra de los Treinta Años, y no demasiado favorable para España por cierto, nos trajo la soberanía estatal y un sistema continental basado en el equilibrio de poder entre las grandes potencias. Siglo y medio después, Napoleón trató de alzarse como gran "hegemón" europeo y fracasó, tras lo cual se intentó retornar al viejo sistema en el Congreso de Viena (1815) restableciendo fronteras y volviendo a los postulados del Antiguo Régimen. En lo segundo fracasó. Los cambios sociales y políticos impulsados por la Revolución francesa hacían imposible semejante objetivo. Pese a todo se consiguió una relativa paz en Europa durante un siglo basada en el equilibrio de poder entre los distintos estados. Tras su unificación Alemania se sintió perjudicada, lo cual constituyó una de las causas de las dos guerras mundiales. Entre ambas, el Tratado de Versalles ( 1919), uno de los peores de la historia, ya que no resolvió ninguno de los problemas preexistentes y creó muchos otros. Un desastre total.
La Conferencia de Yalta (1945) no fue un tratado de paz, sino un mero reparto del mundo. Eso sí, dicho reparto y un nuevo equilibrio de poder basado en la bomba atómica nos aseguró que la guerra fría no se convirtiese en caliente. Algo es algo.
Ignoro cómo se nombrará en el futuro este tira y afloja entre Rusia y los EEUU sobre Ucrania y otras cuestiones. Son negociaciones difíciles puesto que una de las partes, Putin, controla todos los resortes de poder en su país y Trump no tanto, ya que los gobiernos occidentales en general, han perdido el control de sus élites y se han convertido en meros títeres de ellas. Se trata de que la población no se percate de la realidad y de todas las mentiras que nos han estado contando desde 2022. Y la realidad es que el gran vencedor aparente es EEUU. Ni un solo muerto y un montón de pasta a base del próximo expolio a los estados europeos que van a pagar todo el estropicio. Eso sí, parece que EEUU deberá renunciar a ser la potencia dominante en exclusiva. El segundo vencedor es Rusia que sobrevive y gana territorios y prestigio mundial aunque a costa de miles de muertos. Los grandes derrotados son los europeos, que van a la ruina y por supuesto Ucrania, que va a ser descuartizada y ha puesto la mayoría de la sangre y los muertos. Pueden intentar imitar a Ramsés a ver si logran ocultar la magnitud del desastre. Por ahora no lo están consiguiendo.
Para ocultar los errores, las mentiras y la falta de ética, los líderes europeos deberían, al menos, no hacer el ridículo. La llegada de Zelenski y sus amigos, todos juntitos, para entrevistarse con Trump, me recordó a una vieja serie animada, los "autos locos". Uno de los coches, la "antigualla blindada", iba pilotada por siete mafiosos, que iban como todos en bloque y hacían muchas tonterías para hilaridad del público infantil de finales de los 60. Luego consideré más detenidamente el "casting" y pensé que Macron podía ser un excelente Pierre Nodoyuna, el saboteador oficial de las carreras de los autos locos y Zelenski bien podría representar a su malvada mascota, el perro Patán, mientras podríamos dejar a Meloni el papel de Penélope Glamour. Me sobran personajes. No se que pintaba allí el finlandés a quien no encontraba ni el propio Trump al que, dicho sea de paso, imagino conduciendo el "super chatarra special" magnífico símbolo animado del complejo militar industrial norteamericano. En fin, el ridículo que hicieron no pudo ser más espantoso. Fue de bochorno ajeno. Unos auténticos "autos locos". Yo que Trump les hubiese obligado a posar a todos con una de sus gorras de béisbol. Que gran foto para la historia de los tratados de paz. Hay quien, a nivel patrio, se ha lamentado de la ausencia de nuestro presidente Sánchez. Pues menos mal. Se ha ahorrado el ridículo. Aunque otro de los personajes de los "autos locos", que no sabía a quien adjudicar de la vergonzosa reunión con Trump, le venía al pelo. Me refiero, claro, a Pedro Bello. Solo imaginarme a Pedro, nuestro Pedro, todo guapo, interrumpiendo a Trump con una filípica sobre el cambio climático hace que entre en éxtasis. No sucederá. Pero las ilusiones nos divierten igual.