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Youtubers andorranos y el edén individualista

27 de Enero de 2021
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Parece que, con el Rubius, se irán otros youtubers a Andorra. Hartos, dicen, del saqueo sistemático a sus bolsillos. Pagan el tipo marginal del IRPF. ¡Albricias! Casi la mitad de lo que producen, "se lo roba" el Estado. Ese ente chupóptero y ladrón, nido de corrupción e ineficacia, según nos cuentan estos individuos y sus altavoces. Algunos de los que sienten tamaño agravio ponen el grito en el cielo y se preguntan por qué tienen ellos que contribuir en nada a la sociedad, si lo que ganan es por su talento. ¡Qué autoestima tienen! Cultivan una suerte de devoción por un individualismo chusco y exacerbado, que casa a la perfección con la hegemonía cultural de nuestro tiempo: nada más alejado de ese mitológico marxismo cultural con el que fantasean algunos; más bien, un liberalismo cultural puro y duro, que le va como anillo al dedo al modo de producción capitalista, en la versión financiarizada y especulativa de nuestros días.

Los youtubers que se solidarizan con el tal Rubius se consideran más listos que nadie, productos de un talento innato y de un gran trabajo, y creen que hay algo similar a un cerco impositivo, mezcla de envidia mal digerida y agresión injustificada de esa caterva de políticos vagos y ladrones, que les desfalcan sin legitimidad alguna. ¡Les quitan lo que es suyo! Ahora que cotizan tan moralmente bajas algunas palabras, por el infame uso que se les da desde instancias dizque progresistas, podían también reclamar la condición de exiliados. ¡De ese infierno fiscal que es, al parecer, España!

En las redes, por su parte, abundan los adolescentes, los biográficos y los mentales, sin duda peores estos últimos, con una serpiente como emoticono de perfil. Es el símbolo libertario, emblema de rebeldía frente a este sistema, dicen ellos, colectivista, que expropia su trabajo. Al verles hablar de robo, y ligarlo con un gobierno que motejan de socialcomunista, uno se pregunta qué dirían de la España donde aterrizó legislativamente el Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, la que gobernaba aquel subversivo y revolucionario partido político llamado Unión de Centro Democrático. Resulta que aquel gobierno configuró el IRPF más progresivo jamás habido nunca en España - cuya progresividad ha ido poco a poco rebajándose mediante las diversas reformas neoliberales del PSOE y el PP - con un tipo marginal del 65,5%. ¡La que habrían liado con el rojazo de Adolfo Suárez estos heroicos resistentes si hubieran vivido aquel atropello liberticida!

A decir verdad, nada sorprende. Ni el paulatino deterioro de la progresividad fiscal, ni el retroceso de décadas en el Estado Social, ni que sea una batalla perdida tratar de explicar semejantes cosas. ¡Pues paga tú, gilipollas! Eso te dicen, a la primera de cambio. Ya dan igual los argumentos. El asunto trasciende lo político, lo económico: es efectivamente cultural. De poco sirve tratarles de explicar a estos tíos y tías que, empezando por el territorio donde ejercitan su actividad, siguiendo por el idioma que utilizan, y continuando por casi todo lo demás, nada de lo que ocurre, ni siquiera a ellos, se explica sin la sociedad. Tal vez ellos tiraron de Estado cuando sus familiares se pusieron malos y fueron a la sanidad pública. Tal vez sus madres dieron a luz en uno de esos hospitales públicos. Quizás usaron las instituciones educativas del Estado (por lo visto, en esto fueron austeros, justo es reconocerlo). Hasta es posible que disfrutaran de la red ferroviaria pública, o de esas maravillosas autopistas de peaje quebradas que tuvo que rescatar el Estado, con los impuestos de todos. Algunos tal vez cojan alguna de ellas para pirarse a Andorra y jugar con las trampas de la elusión fiscal, con el objetivo de detraer importantes sumas a las arcas públicas españolas, precisamente ahora, cuando el barco de hunde.

¡Nos roban la mitad! Quién le explicara a estos sujetos que el derecho de propiedad es inentendible fuera de los marcos del propio Estado: no es por ósmosis que aparece ese derecho de propiedad, no es privado su reconocimiento ni su existencia, ni son precisamente privadas sus garantías, ni los tribunales de justicia a los que estos señores acuden cuando quieren hacer valer sus derechos o defenderse de los demás. ¿Y si mañana a alguien se le ocurriera atentar contra su patrimonio? Tal vez les sea más efectivo para protegerse la existencia de instituciones públicas a las que acudir y en las que ampararse, sufragadas de nuevo con impuestos. Es posible que en esa jungla que propugnan, en la que cada uno mire por sí mismo y punto, a ellos les iría peor que a nadie.

Cuando estamos en plena pandemia, con miles de compatriotas muriéndose, y múltiples pruebas a cada segundo de que el sálvese quien pueda es una receta descerebrada cuando vienen mal dadas, las ratas abandonan el barco. Claro que, bien pensado, lo triste de esa historia es que existan mil grietas para que este tipo de fraudes legalizados estén a la orden del día. En la civilizada Europa proliferan paraísos fiscales de facto, y no son precisamente pocos. El Principado de Andorra, esa síntesis entre los rescoldos feudales y el matrix anarcocapitalista, hace lo que le da la gana ante el silencio cómplice de demasiados. Y dentro de la UE, otro tanto de lo mismo. La maravilla de Maastricht permitió que la unión monetaria y de capitales no fuera acompañada por una unión fiscal, ni atisbo de la misma. Desde entonces a esta parte ha llovido, y no poco, casi treinta años, y no hemos avanzado nada. El rompecabezas fiscal sigue, entre inanes reflexiones sobre la necesidad de una armonización que no llega porque no existe la menor voluntad para que llegue. Una demencial carrera fiscalmente competitiva a la baja, entre Luxemburgos y Holandas, que termina estrangulando cualquier atisbo de solidaridad.

Algunos siguen justificando el toma el dinero y corre con los manidos comodines de la corrupción y la ineficacia política, y con el del emprendimiento individual. No cuela, chavales. Que hagáis pasta a espuertas, por cierto, no es mérito exclusivo vuestro. Es el termómetro, nada halagüeño, del tiempo que nos ha tocado vivir. Ya saben, la famosa meritocracia. Investigadores precarios con sus contratos de mierda ganando dos duros en la universidad, millones de trabajadores precarios y explotados, montones de personas talentosas que no tienen casi nada. Pero las prioridades de mercado, con frecuencia, son otras. Siendo sombrío, no es lo peor. Lo peor es la conciencia hegemónica de que las cosas no pueden ser de otra manera, la asunción de infalibilidad, de estar por encima del bien y del mal, y que todo te dé igual. Y si alguna relación se desarrolla con el conjunto es, toma descaro, la del agravio. Son referencia para muchos, tristemente la única para demasiados, en este mundo enloquecido. La hegemonía de una sociedad líquida e inmediatista, en la que los derechos van sin obligaciones, y en la que lo que le pase al prójimo no va conmigo. Una sociedad sin sociedad, donde triunfa la anomia y un ensimismamiento ególatra e infantil, nido de atroces perspectivas individualistas, de eternos peterpanes sin ningún límite a los que no les vale un no por respuesta. Transmisores de contravalores, burdos idólatras de sus ombligos, rebuznos orgullosos que predican con triste éxito su ejemplo de producto subprime.

La culpa no es de ellos, sino de que, en este sistema político y económico, las Andorras de turno sigan ahí, intocables. O la tan admirada City londinense, por no hablar de tantos paraísos fiscales, de facto y de iure, dependientes de la Corona británica. Algunas multinacionales ya tienen más recursos y poder que determinados Estados. Mientras tanto, escasean respiradores, camas y hospitales, y está jodida la difusión de la vacuna. La mano invisible no apareció en la pandemia, excepto aquellas muy visibles para la rapiña de material sanitario, en el ejercicio más cruento de soberanías enfrentadas. En la nevada, tampoco, excepto para el dantesco espectáculo de pedirle a los ciudadanos que cogieran una pala y se buscaran la vida.

En la República Democrática del Congo, mientras tanto, la presión fiscal sigue bajísima y la corrupción enorme. De lo del Rubius y acólitos youtubers no sé si se habrán enterado, porque allí la conexión a internet es todo un privilegio, y el emprendimiento individual, simplemente una utopía. El Estado es perfectamente corrupto e ineficiente, pero muy pequeña la presión fiscal sobre el PIB. Y así casi todo el África subsahariana, sin duda más cerca del edén minarquista con el que sueñan estos adolescentes profesionales que nuestra España. Si no fuera porque sus habitantes no nos han hecho nada malo y no se merecen semejante cruz, yo mandaba allí sin billete de vuelta a todos estos ceporros, con nacionalidad española, serpientes en el cerebro, y ninguna vergüenza.

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