Jesús Ausín

Pusilanimidad

13 de Marzo de 2023
Guardar
SIGPAC·VALDORROS

Anoche, después de meterse entre las remendadas sábanas de hilo, había apagado la luz desde la perilla que colgaba de los barrotes de nogal del cabecero de la cama. Antes, se había fijado, como todas las noches, en las manchas de la madera de uno de  los machones que parecían un pastor, el perro y su rebaño. Ahora, al despertar, no sabe dónde está. La habitación se le parece pero, en el techo no hay machones. Todo es liso y pintado de blanco. Las sábanas no son de hilo sino de una tela mucho más fina y no tienen remiendos, y aunque el cabecero sigue siendo el mismo, ahora está como más brillante y no hay perilla sino un interruptor de plástico azulado incrustado en la pared que anoche era blanca y hoy es de un suave color pastel. No sabe si está soñando. Debe ser eso, un sueño. Se ha levantado de la cama, despacio, como con miedo, se ha puesto la ropa que estaba encima de uno de los reclinatorios que usan las mujeres en misa que, al parecer, ahora sirve de galán de noche, y ha bajado hasta la cocina. No entiende nada. Las habitaciones están en su sitio pero, son distintas. La cocina ya no tiene la campana negruzca que hace de chimenea, ni hogar, ni bancos alrededor. Ahora dónde estaba el fuego hay una cocina como las que usan carbón, pero blanca, las paredes son todas de azulejos y hay unos arcones blancos, uno vertical, otro cuadrado y más bajo con una especie de ventana redonda en el centro y otro, mucho más pequeño y también con ventana, sobre un mueble. Ha desparecido la rinconera y la radio y no hay nadie.

Ha salido al portal. La puerta de la calle ya no es de madera, ni tiene portillo superior. Es toda de una pieza de aluminio. La llave, ya no es un enorme trozo de hierro con empuñadura redonda que acaba en una paleta. Ahora es un trozo minúsculo de hierro brillante lleno de muescas. Ya no cuelga de un clavo, sino que está puesta en la puerta. Abre, gira el picaporte y sale a la calle. No hay barro, ni tierra. El suelo de toda la calle es de cemento. Enfrente, está el corral, que ahora tiene unas puertas de hierro verde y la fragua no existe. Ni tampoco el cachivache aledaño al corral que ahora es una casa, estrecha y alta. Sube calle arriba. El monte sigue siendo monte, aunque algo ha cambiado. Dónde estaba la cueva desde la que se tiraban los cohetes contra el granizo, ahora hay una edificación. No sabe que es el depósito de aguas. Coge el camino de San Julian. No entiende nada. Donde estaban las bodegas ahora hay casas y edificios. La Cascajera ha desaparecido y en su lugar hay una especie de tierra sembrada de hierba con una especie de puertas que no tienen cierre en cada uno de los extremos y unas rayas blancas sobre la hierba. El monte que había al fondo ha desaparecido. Ahora solo hay sembrados. Se acerca a lo que él conocía como un inmenso bosque de encinas y robles y que ahora está más seco que la mojama. Suelo pobre, de cascajo. No recuerda que fuera así. Da media vuelta y baja hasta el río. Se encuentra que no lleva casi agua. Dónde había una poza, ya no hay más que hierba. No hay ni enclaraguas, ni peces y por lo que se ve, tampoco cangrejos, ni ratas de agua. El cauce, apenas si es un reguero. Mira arriba, hacia la tejera y ve enormes construcciones en lo que antes eran las eras dónde se trillaban las mieses. La tejera también ha desparecido aunque no la casa del tejero que ahora en lugar de tejas tiene unas enormes placas negras brillantes en el tejado.

Recorre el pueblo por la calle de abajo, toda asfaltada. Llega a la entrada. Hay una fuente, pero no da agua, aunque el pilón está lleno por lo que deduce que tiene que haber alguna canilla por la que salga el agua aunque las que tiene, metálicas, no parecen tener cierre. Baja al río. Es desolador. Ni un sólo pez. El agua apenas cubre dos dedos el cemento del que está recubierto el cauce y unos treinta centímetros de ancho. Sube a la iglesia. El moral es una caricatura. Le falta el inmenso tronco y la gran rama que cruzaba por encima de la calzada que ahora, como no, es de cemento. El campanario está raro. Parece como que hubieran movido los huecos de los esquilines. Se pone debajo del castaño. Se queda mudo. Ya no hay huerta del cura, ni los demás huertos. Ahora todo son casas. La era de abajo, dónde también se trillaba, ha desaparecido. Ahora hay casas y más casas. Echa un vistazo más a la derecha. Han desparecido los majuelos. Todo son rastrojos secos. No hay arroyos. Las tierras son enormes.

Una lágrima comienza a resbalar por la mejilla. Hay un silencio sepulcral. No sabe el qué, pero hay algo raro en el ambiente. Mira el suelo y ve unas plumas. Y de pronto se da cuenta de que no ha visto ni un sólo pájaro. Dónde antes, cercano al arroyo de San Julian solía haber codornices, perdices y abubillas, ya no hay absolutamente nada. No ha visto ni un sólo gorrión en su paseo por la ribera y eso que antes estaban todos los chopos del rio llenos. Y como, al parecer, tampoco hay arroyos, duda si quedarán caracoles. Sube hasta los huertos de Pradoredondo. Han desparecido también casi todos. La cañada, que antes tenía más de cuarenta metros de ancho dónde cogían aquellas maravillosas setas de cardo ha desaparecido. Ahora sólo hay un camino estrecho. Vuelve a casa deprimido. En la Linde, donde antes también se trillaba ahora hay naves enormes. Ha desaparecido el chortal. Ni rastro de los juncos. Los huertos de abajo son sembrados y más sembrados. No hay agua. Por eso la fuente ya no es una fuente.

Vuelve a casa y se echa de nuevo a dormir. Este sueño no le gusta. Aunque no sabe que no es un sueño sino el futuro dentro de noventa años.

****

Pusilanimidad

En 1962, Miguel Delibes publicaba su novela Las Ratas. Una sórdida, dura y trágica visión del mundo rural castellano en la que describe con delicada pluma la profesión del ratero, un tipo que se dedica a cazar ratas de agua que sirven de sustento. Hoy, me atrevo a asegurar, que si lo que llamamos progreso no hubiera acabado con esta costumbre, sería imposible su continuidad por la falta del principal recurso del negocio: las ratas de agua. Recuerdo que siendo niño, mi vecino cazaba estos bichos en el rio del pueblo, y según decía eran un manjar. Para entonces, la mayoría de las gentes del pueblo nos habíamos vuelto remilgados y no comíamos esas exquisiteces, por asco y por falta de hambre.

Lo que si nos comíamos eran los gorriones, muy numerosos, cazados con linterna y carabina al anochecer, los cangrejos autóctonos que eran una delicatessen y que han existido, sin que las autoridades los supieran (o más bien gracias a ello) hasta que el río empezó a secarse en verano. De igual manera, la primavera nos traía a la mesa caracoles y setas. Por aquel entonces, en los alrededores del casco urbano había centenares de huertas y para conseguir agua, sólo había que cavar unos centímetros en la tierra. La masificación de la agricultura, los abonos químicos, los herbicidas y el ansia humana, han hecho desaparecer el 90 % de los arroyos del pueblo. Los pocos lugares dónde hay setas se guardan en secreto como un tesoro, los caracoles son escasos y en el río, además de poca agua durante el invierno, hay barro seco y cuarteado en verano. Hace años que no hay abubillas, ni colibrís, ni jilgueros. Moscas si, esas no faltan pero apenas si se ven abejas. De los peces cabezones que pescábamos cuando yo tenía diez años, no hay ni recuerdos, las salamandras y las ranas algo para contar en viejas fechorías de antaño,  los cangrejos murieron con las sequías y el suelo es tan pobre que, según mi vecino, si no fuera por las subvenciones de la PAC, no sería ni rentable sembrar. A ello, como no, ha contribuido la tala masiva de casi cuatrocientas hectáreas de monte bajo, encinas y robles, en su mayoría, para dedicarlas al cultivo de cereal. Una aberración y un gasto inútil porque resultó que el suelo en su mayor parte es arena y canto rodado y los nutrientes del bosque se quemaron en los veinte años que estuvieron usando el suelo quién puso las excavadoras como pago por los servicios prestados.

Leo en internet, que en Argentina, debido a las 8 olas de calor que han sufrido este verano en el que se han batido todos los récords de calor, el ganado está muriendo de sed y las cosechas han sido arrasadas. Quiero recordar aquí que el verano pasado en mi pueblo, que está en la tierra dónde se inventó el frío, hubo muchas noches seguidas en las que el termómetro marcaba 32 grados a los 11 de la noche en la calle. Aquí, mientras escribo esto en manga corta, hemos pasado de los 5 grados de máxima la semana pasada a los 22 que se han marcado hoy. No hay término medio. De Madrid para abajo, el agua es un bien escaso y sin embargo cada día hay más hectáreas de regadío. De Madrid para arriba, cada vez llueve menos y el verde está desapareciendo a marchas forzadas.

Escribe Alberto Corral en este extraordinario artículo, “Entre las trabas más evidentes a las que se enfrenta un sistema económico que funciona bajo la premisa del crecimiento perpetuo, se encuentran aquellas que se relacionan con el agotamiento, el desgaste y la pérdida de múltiples bienes comunes y recursos naturales, tales como las energías fósiles y los minerales estratégicos[1], la mayor parte de los suelos aptos para el cultivo, las reservas vitales de agua potable, bosques y selvas, así como numerosas especies de los océanos y las masas continentales que son, naturalmente, irrecuperables” . Y para muestra un botón. En las 700 hectáreas cultivables que poseía mi pueblo hace noventa años, malvivían 30 familias. Hoy, sólo tres agricultores labran las 700 más las 400 que le quitaron al monte. Y gastan miles de euros en abonos químicos, herbicidas y semillas tratadas porque no pueden sembrar lo que quieran. Han desaparecido la mayor parte de los insectos, las aves y anfibios y sin embargo hay una superpoblación de conejos y sobre todo de corzos, que antes ni existían y que en verano tienen que acercarse al casco urbano porque no tienen sitios dónde beber agua.

Y mientras agotamos cada vez más suelos, malgastamos agua que no tenemos en regar desiertos, y en lugar de sembrar alimentos, se dedican cada vez más terrenos a la siembra de herbáceas para fabricación de biodiésel, se destruyen olivares para poner placas solares, y como en USA y el Reino Unido, comienza a haber escasez de huevos en España.

Vivimos en una absoluta distopía ni siquiera imaginada en las mentes enfermas de guionistas puestos de coca. USA arruinando a Europa e intentando hacer lo mismo con Rusia y China para que sus oligarquías no acaben como su pueblo, en la miseria total y en una vida únicamente soportable a base de Fentanilo. Políticos a los que el pueblo se la sopla y que siguen erre que erre fomentando un estilo de vida a todas luces inviable, porque es imposible seguir creciendo eternamente y la falta de recursos es el primer aviso y otros, los que se supone que son del pueblo, se dedican a llamar violadores a todos los hombres y a darle más importancia al “Satisfacer”, a las pollas, las vulvas y a quién se acuesta con quién, que a la ecología, la vivienda, los tipos de interés, o las condiciones humanas y laborales de los ciudadanos.

Al final, va a resultar que aquella consigna del asesino legionario, “Muera la inteligencia” se ha hecho realidad. Salud, ecología, decrecimiento, feminismo, república y más escuelas

Lo + leído