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Putin, un archivillano total

El líder del Kremlin goza de impunidad absoluta y ya no se esconde para cometer sus crímenes

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análisis

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Martínez Almeida mata patos en el Manzanares a mascletazo limpio; Putin liquida disidentes políticos como Navalni a cucharadas de polonio en el café. Ahí está la gran diferencia entre España, una democracia consolidada, y Rusia, una siniestra dictadura. Buena parte de la opinión pública española sigue creyendo que el régimen putinesco es un Estado de derecho porque hay elecciones como en cualquier otro país occidental. Por lo visto, no se han enterado de que en el año 2021 el sátrapa del Kremlin promulgó una serie de polémicas enmiendas constitucionales, entre ellas una que le permite ser reelegido hasta el año 2036 (y lo que te rondaré morena).

No, señoras y señores nostálgicos de aquel comunismo que ya no existe, por mucho que les duela, Rusia no es una democracia al uso. Y no lo decimos nosotros, lo dicen los más relevantes analistas políticos del mundo, que han apreciado graves retrocesos democráticos e inquietantes giros hacia el totalitarismo en aquel país. Rusia suele aparecer en los puestos más bajos en todos los informes de Transparencia Internacional, en el índice de democracia de The Economist y en el ranking de libertades de Freedom House. Sin duda, lo más preocupante de todo es la facilidad e impunidad con la que Putin pone a la sombra a los opositores a su régimen. Allí, colocas una rosa en el monolito de un represaliado, como inofensiva ofrenda floral, y te comes la perpetua en el gulag o en una de las muchas prisiones de la fría Siberia, que no son un mito y haberlas haylas, como las meigas que este fin de semana han rescatado a Feijóo del fracaso electoral del PP que parecía cantado.

Putin ya no se esconde a la hora de encarcelar y ejecutar a la disidencia. De hecho, desde el pasado viernes, cuando se conoció la noticia de la muerte de Navalni (casi con toda probabilidad, un asesinato político) más de cuatrocientas personas han sido arrestadas solo por rendir homenaje a su líder. Muchos de ellos probablemente no regresen a sus casas de aquí a una buena temporada, tal como ya ha ocurrido con otros activistas que han dado la vida por la libertad en la tierra del doctor Zhivago. En la última década, la lista de posibles eliminados es tan larga como macabra: Anna Politkóvskaya, periodista, una de las primeras en denunciar crímenes contra la humanidad en las guerras de Chechenia (hace tiempo que ser periodista en Rusia es una profesión de alto riesgo); Alexander Litvinenko, exagente de inteligencia ruso envenenado con polonio (un clásico, el presidente es un gran fan de este plato infalible a la hora de liquidar enemigos); Borís Berezovski, oligarca, apareció ahorcado en su casa de Berkshire (nadie está a salvo en la Rusia de Putin, ni siquiera los magnates más potentados); Nikolai Glushkov, refugiado político en el Reino Unido, murió estrangulado con una correa de perro en su casa de Londres (podría parecer el argumento de una mala película de espías, pero esto ocurrió realmente); la familia Skripal, el exagente de la inteligencia militar y su hija Yulia, ambos intoxicados con el agente nervioso novichok en Salisbury; Kirill Zhalo, diplomático, 35 años, hallado muerto frente a la embajada rusa en Berlín; Alexander Perepilichnyy, otro exiliado aficando en Inglaterra (fue despachado mientras hacía footing cerca de su casa en Weybridge); Yegor Prosvirnin, un bloguero cuyo cuerpo desnudo fue encontrado en las calles de Moscú (por lo visto también lo suicidaron); Dan Rapoport, seguidor de Navalni, apareció muerto a las puertas de un apartamento en Washington; y Boris Nemtsov, viceprimer ministro con Yeltsin, limpiado en las inmediaciones de la Plaza Roja (a este lo dejaron fuera de combate por el método de toda la vida del KGB, o sea cuatro tiros en la espalda, matarile y a otra cosa).

Putin se quedó anclado en los tiempos de la Unión Soviética, pero solo en una cosa: en las mil y una formas atroces de eliminar opositores, disidentes y supuestos espías occidentales. En lo demás, tiene poco de comunista y lo tiene todo de ultraliberal globalista a calzón quitado. De hecho, se cree que Vladímir Putin es el hombre más rico del planeta. Se habla de un patrimonio inmenso de más de 100.000 millones dólares, de cuentas en paraísos fiscales, de yates, de aviones privados, de una fastuosa villa en Mónaco y de un misterioso palacio imperial junto al Mar Negro con casino, pista de hockey sobre hielo, sala de cine y viñedos. Fue precisamente Navalni quien dio a conocer al mundo esa humilde choza del dirigente del Kremlin. Desde entonces, el opositor era hombre muerto. Ni el zar de todas las Rusias más manirroto y cruel vivió tan rodeado de lujos, excesos y derroches obscenos a expensas de la miseria del pueblo.

“El presidente de Rusia hace gala de una mezcla de poder, soberbia y crueldad, pero lo que más asusta es que se comporta con completa impunidad ante los ojos de todo el mundo”, dijo ayer El Gran Wyoming en una de sus antológicas introducciones en El Intermedio. Y quizá sea esa, la impunidad con la que lo hace todo, la faceta del gran dictador que más pavor nos infunde. Putin sabe que es una especie de Dios supremo e intocable que puede hacer y deshacer a su antojo, tal como le venga en gana, sin que nadie, ni siquiera la Corte Penal Internacional, pueda hacer justicia con él. Está por encima del bien y del mal. Si se propusiese asaltar el Banco de Moscú, podría hacerlo mañana mismo, ya que nadie le pondría pega o traba alguna; si se le ocurriera invadir Suecia o Polonia, o desestabilizar cualquier otro país europeo, apoyando una revuelta, golpe de Estado o insurrección de grupos de extrema derecha, sin problema, al ataque; y si un disidente o crítico le molesta, lo hace desaparecer y que parezca un accidente. Para él, Ucrania es su entretenimiento favorito. Se levanta por la mañana, congrega a su Estado Mayor, bombardea un par de colegios en Kiev y con las mismas se mete en su jacuzzi de hielo a darse unas aguas.

La última ocurrencia que se le ha pasado por la mente (tiene tiempo libre y su cabecita no descansa nunca) consiste en disparar cohetes nucleares contra satélites de telecomunicaciones de la OTAN, como si se tratara de un videojuego de marcianitos. Putin es un archivillano total que ni al creador del cómic más delirante se le hubiese ocurrido imaginar. Excede a todo lo que ha visto el ser humano en los últimos dos siglos, los más convulsos y sangrientos de la historia. En las últimas horas, el New York Times ha lanzado una advertencia a toda Europa: protéjanse, gasten más en defensa, estén alerta, Putin va en serio. Y tanto. Por momentos da la sensación de que, si quisiese, el líder ruso atravesaría con sus tanques el viejo continente hasta meterlos en la Castellana. Nadie está a salvo, y no solo en Moscú. Sus espías llegan a todas partes, tienen ojos y oídos en todas partes, matan en todas partes. Solzhenitsyn, el nobel que puso al descubierto las atrocidades soviéticas en Archipiélago Gulag, dedicó su novela a “todos aquellos a los que no les alcanzó la vida para contar esto”. “Perdonadme porque no lo vi todo, no lo recordé todo, no lo intuí todo”, aseguró. Algo nos dice que con Vladímir Putin tampoco lo hemos visto todo.     

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