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Putingrado

José Antonio Vergara Parra
José Antonio Vergara Parra
Licenciado en Derecho por la Facultad de Murcia. He recibido específica y variada formación relacionada con los trabajos que he desarrollado a lo largo de los años.
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análisis

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Miro mi mano derecha y me sobran dedos si cuento las guerras justas que ha conocido la Historia. Sí. Guerras justas, digo. Las que, sin comerlo ni beberlo, han librado algunos pueblos para preservar el pellejo y su forma de vida. El resto, es decir, casi todas, lo fueron por dos razones: por Dios y por la pasta aunque, en realidad, sendas coartadas sirven a un sólo señor: SATÁN.

Visto lo visto, sorprende que todavía neguemos la existencia de Lucifer que, con estrategias dispares, se apodera de cuerpos con forma humana. Dicen que el mal es la quietud del bien y puede que sea cierto pero, ¿hasta dónde podemos llegar sin contravenir el verbo de Jesús? Los guardianes de la ortodoxia niegan fundamentación teológica a la guerra justa. Bien. Tal vez porque tengan prisas por partir a la otra vida que, por descontado, no debiera ser peor que ésta. El resto, los que nos aferramos a una Fe jalonada de dudas, nos resulta muy difícil exponer la otra mejilla. Eso mismo debió ocurrirles al Padre Ellacuría y compañía cuando, con honda tristeza y desbordante rabia, vieron cómo la palabra del Mesías, en algunos infiernos, no daba de comer a los hambrientos ni administrativa justicia a los desheredados. Por si caso, como al Crucificado, sellaron sus bocas. Como más o menos dijo no sé quién, tener razón donde escasea la justicia es una temeridad.

La democracia, esbozada por los atenienses y permanentemente asediada por renegados y falsos paladines, supuso el triunfo de la fuerza de la razón. Las tiranías, por el contrario, esgrimen la razón de la fuerza. Dos formas irreconciliables de dirimir conflictos y contraponer ideas. Las democracias occidentales, pese a carencias y vergüenzas puntuales, son de largo la mejor manera que el hombre ha conocido para organizarse en libertad. Las dictaduras comunistas, que nunca han creído en la libertad ni en la dignidad consustanciales al individuo, han escrito y siguen barruntando las páginas más negras y espurias de la reciente Historia de la Humanidad. Bajo el yugo de los sistemas comunistas, el hombre ha sufrido penuria, esclavitud y exterminio en proporciones tan descomunales como nauseabundas. Como nauseabundas son las declaraciones de quienes, desde una ignorancia voluntariosa o inducida, siguen justificando o dulcificando semejante horror. Censurar las democracias occidentales desde la libertad y el calor que aquellas procuran al censor es tan cínico como no empadronarse en el presunto oasis comunista. Es como las pancartas que hemos visto estos días: No a la guerra; no a la OTAN. Quienes enarbolan este disparate, debieran saber que la OTAN nació como una fuerza militar occidental y disuasoria frente a la extinta URSS y sus satélites. Cuando la razón y el diálogo fracasan, cuando asoman neardentales con ínfulas imperiales, sólo la fortaleza del adversario puede enervar las fantasías de un demente.

Vientos esperanzados del este derribaron el Muro de Berlín, la U.R.S.S. se descompuso y todos nos las prometíamos muy felices. Las mentiras y cintas de video del estercolero comunista quedaron a la intemperie, a la vista de incrédulos y cándidos, lo cual no es óbice para que  algunos tontos sin fronteras sigan luciendo sudaderas de la extinta R.D.A.  

La vieja Europa y la nueva Estados Unidos se relajaron en exceso y cometieron el peor pecado que se puede cometer: olvidar sus orígenes y, por ende, la grandeza de ambos sueños colectivos.

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos, cuya redacción principal se atribuye a Thomas Jefferson, entre otras maravillas, dice así:

Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados”.

Por su parte, Konrad Adenuaer, tal vez el más brillante padre constituyente del proyecto europeo, dejó dicho: “es ridículo ocuparse de la civilización europea sin reconocer la centralidad del Cristianismo”.

Schuman, otro padre de Europa, escribe en el capítulo III de su libro Pour L’Europe:   “La democracia debe su existencia al Cristianismo. Nació el día en que el hombre fue llamado a realizar en su vida temporal la dignidad de la persona humana, dentro de la libertad individual, dentro de un respeto de los derechos de cada persona y mediante la puesta en práctica del amor fraterno a los demás. Nunca se habían formulado semejantes ideas antes de Cristo […] La realización de este amplio programa de una democracia generalizada en el sentido cristiano de la palabra, encuentra su desarrollo en la construcción de Europa”.

Para quede claro. No hablamos de misa y rosario diarios pues eso queda para la intimidad del individuo. No hablamos de estados religiosos o mojigatos que enaltezcan sus dogmas frente a la democracia y la libertad. No; definitivamente no. Hablamos de recuperar la centralidad y esencia del mensaje de Jesús pues más allá sólo hallaremos tinieblas. Hablamos de tolerancia, de respeto y de libertad. Quienes no entiendan ni acepten estas reglas no pueden vivir entre nosotros pues la candidez, disfrazada de un aparente buenismo, sólo conduce al suicidio colectivo.

Estados Unidos y Europa olvidaron sus respectivos fines fundacionales. Olvidaron una parte importante del continente americano donde la industria de la droga, la corrupción, la demagogia y el comunismo llevan décadas esquilmando las increíbles potencialidades de esa tierra hermana. Por ahorrarse unas malditas monedas, abrazaron la llamada globalización; un vergonzoso eufemismo donde, bajo el yugo de regímenes totalitarios, se guarecen la esclavitud, el desprecio al medio ambiente, la mano de obra infantil y la inexistencia de derechos laborales. Una Europa burocratizada y anestesiada que ha confiado su soberanía energética y electrónica a países poco recomendables, poniendo en riesgo la propia soberanía política. Una Europa y unos Estados Unidos que se inhibieron en la Guerra de los Balcanes;  un genocidio y una limpieza étnica en pleno corazón de Europa.

Estados Unidos y Europa se olvidaron, también, de una Rusia donde la tiranía comunista se recauchutó en una dictadura de oligarcas capitaneada por un ex agente de la KGB. Craso error.

Como digo, Europa y Estados Unidos olvidaron los bellos ideales que inspiraron sus respectivos nacimientos. Han hecho bandera del armisticio moral y se han convertido en burócratas al servicio de señores que no se presentan a las elecciones y, por ende, no han sido elegidos en las urnas por el Pueblo. Han olvidado la centralidad del individuo y se han plegado a las causas de un distinguido grupo de orates que, cansados de contar sus fortunas, sueñan con ser dioses.

El ex agente de los servicios secretos soviéticos es perverso pero no tonto. Ha olfateado la debilidad de la presa y ha pasado a la acción. Ojalá que  el pueblo de Rusia sane su absceso y emprenda el camino de la democracia. Ojalá que Ucrania quede franca de invasores y de tan flagrantes conculcaciones del Derecho Internacional. Ojalá Sudamérica, nuestro pueblo hermano, inicie el camino de la prosperidad, la justicia y la libertad. Ojalá Estados Unidos recupere su grandeza inspirada por los nobles ideales de hombres buenos y sabios. Ojalá Europa rescate la semilla de su génesis. Ojalá el quejido del Pueblo regrese al ágora donde las escribanías den fe del verbo limpio  y no de recados opacos.

Que Dios nos ayude e ilumine a nuestros gobernantes. Que Dios perdone nuestra incredulidad pues habremos de prepararnos para evitar lo que Lucifer parece haberse propuesto: que veamos el infierno en la Tierra. El maligno es un psicópata huérfano de empatía y entrañas. La muerte de semejantes, algunos de ellos niños, el sufrimiento de los más débiles o el éxodo de millones de almas aterrorizadas parecen traer sin cuidado a quienes, como este imbécil, alcanzan el clímax palpando las muescas de su revólver. En Putingrado hay un pueblo maravilloso que transitó del absolutismo zarista al terror comunista. Escasa fortuna la de la sociedad rusa pues, como si del juego de la oca se tratare, ha recaído en la casilla 58 (la calavera). Sólo que ahora el Zar Nicolás II se ha reencarnado en un ser de mirada inexpresiva, faz petrificada y líneas angulosas. El bótox ha remachado lo que ya intuíamos.

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