Roma no paga a traidores, Sánchez sí

08 de Marzo de 2024
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La mansión de Puigdemont en Waterloo.

La ley de amnistía fue una buena idea cuando, en un principio, nació con una finalidad social: rebajar la crispación en Cataluña, recuperar la normalidad institucional y tratar de cerrar viejas heridas. Es decir, la herramienta tenía su sentido político, lógico y moral para rescatar de los tribunales y de la multa injusta a cientos de catalanes de a pie que fueron engañados hasta subirse al carro del procés, una gran patraña o performance orquestada por una clase política corrupta, por unas élites totalitarias y por la alta burguesía de Canaletas, supremacista y xenófoba, para transformar Cataluña en un nuevo paraíso fiscal.

Sin embargo, lo que en un principio tuvo su sentido social se ha ido desvirtuando con el paso del tiempo, con los avatares del destino y las urgencias del Gobierno, de modo que la ley que estos días se está terminando de cocinar en el Parlamento va a servir para que un puñado de iluminados imputados en graves delitos como la sedición, la malversación y la traición se vayan de rositas. Nunca una iniciativa tan noble servirá para dar satisfacción a tanta ignominia.

Puigdemont no es un terrorista, tal como pretende el juez García-Castellón, a quien la Comisión de Venecia, con sus dictámenes sobre derechos humanos, ha venido a abrirle los ojos en su delirio patriótico/jurídico. Pero sí es un sedicioso que se saltó impunemente el imperio de la ley, un malversador de fondos públicos y un traidor que conspiró para destruir el Estado y Europa misma. Solo por eso debería ser extraditado y enchironado, ya que lo que hizo no fue ninguna broma. Que su círculo más estrecho de colaboradores y asesores promoviera reuniones clandestinas con emisarios y agentes secretos de Putin, con la mafia rusa en definitiva, tal como consta en el sumario del caso Voloh (publicado hoy en la revista mensual de Diario16), es un asunto de extrema gravedad que no debería ser objeto de amnistía alguna.

El perdón, la medida de gracia, está pensada para beneficiar a ese universitario radicalizado en el odio a España (y necesitado de urgentes programas de reeducación o desintoxicación del falso revisionismo histórico); a ese activista o CDR manipulado por sus políticos; a ese parado rabioso contra el sistema que quemó contenedores y lanzó piedras contra cajeros y comisarías; y a ese jubilado/mártir que puso su cabeza bajo la porra del piolín de turno, a pie de urna, convencido de que Cataluña iba a ser invadida por las tropas franquistas como en el 36 (eso fue al menos lo que le dijeron aquellos días convulsos del 1-O). Para todos ellos, sin duda, la amnistía es una buena medida capaz de demostrar que el Estado sabe ser generoso llegado el momento. Pero no para Puigdemont y sus secuaces. Esa gente nihilista, suicida y destroyer debería pagar por lo que hizo de la misma manera que Oriol Junqueras y otros redimieron sus delitos con penas de cárcel hasta que finalmente les tocó el indulto. Tras el pecado llega la penitencia, después el perdón y la redención. Esa es la secuencia lógica que debería imponerse siempre. Sin embargo, con esta ley de amnistía se invierte el orden, de tal manera que antes del verano Puigdemont estará paseándose por su pueblo como si nada hubiese pasado. No hace falta ser experto en derecho para entender que el principio de igualdad de todos ante la ley, consagrado en la Constitución, se ha quebrado gravemente.

El hombre de Waterloo le ha ganado la partida a Sánchez, ya que le ha obligado a legislar a la carta, es decir, a redactar una ley ad hoc para que él y sus amigos corruptos se beneficien de la nueva legislación. Por pedir, y en el colmo del cinismo, pidió hasta indultar a terroristas, un trágala que el presidente del Gobierno, por fortuna, no aceptó. La amnistía está pensada para reinsertar al pueblo arrastrado por el delirio de sus políticos, no para que quienes idearon la trama criminal, como cerebros en la sombra, salgan limpios de polvo y paja. Amnistía para el ciudadano, toda. Amnistía para el gobernante que diseñó el desastroso sindiós del procés, ninguna. Puigdemont debería ser extraditado y juzgado en España como todo hijo de vecino que se salta el Código Penal y se cisca en la Carta Magna. Después, ya le llegará el indulto como le llegaron a Junqueras y los suyos, gente que ha demostrado mucha más coherencia y honestidad que el líder de Junts, aunque al final hayan quedado como tontos útiles, ya que, mientras ellos se comieron años de prisión, don Carlas el prófugo ha vivido a cuerpo de rey, entre lujos, delicias y bombones belgas, hasta que su chantaje ha dado resultado finalmente, permitiéndole un injusto retorno a casa en libertad.

El exhonorable president debería haber elegido el mismo camino de la congruencia y la decencia política que siguieron sus encarcelados compañeros de aventura. Es decir, firmo la amnistía para mis paisanos, me sacrifico, me entrego y pago por lo que hice. Eso es lo que hubiese hecho un auténtico héroe revolucionario. Esa hubiese sido una amnistía decorosa. Lamentablemente para muchos catalanes, él no es un héroe, sino un personaje de escayola como un ninot de Fallas, un muñeco en manos de otros, una marioneta puesta ahí por el gran capital nacionalista, por el pujolismo corrupto convergente, por la banca catalana y la patronal del Foment del Treball. Por el trumpismo regionalista, en fin, que estalla en toda Europa alimentado por Putin, el gran mecenas del independentismo y de todo aquello que sirva a sus fines de volar por los aires la democracia, el Estado de derecho, la UE. Si Sánchez ha tragado con todo esto es solo porque necesita esos siete votos de Junts para que el Gobierno no caiga y vayamos a nuevas elecciones con la amenaza de la extrema derecha en el horizonte. Y desde ese punto de vista, no lo vemos mal. Cualquier cosa menos entregar el país a un partido como Vox que saca a sus toreros machistas a la calle, el 8M, para mofarse de las mujeres.

Roma no paga traidores, Sánchez sí. Por mucho que Bolaños haga palmas con la orejas y alharacas congratulándose de un día de gloria para el socialismo español, no estamos ni mucho menos ante un momento para recordar en la posteridad, sino más bien al contrario, para olvidar. Y mucho menos teniendo en cuenta que Puigdemont se pavonea con que lo volverán a hacer. “Vía unilateral y referéndum de autodeterminación”, ha insistido, chuleándose de todos, hace solo un minuto. Se fue al exilio metido en un maletero, como un vulgar delincuente, y vuelve en limusina y en olor de multitudes. No es justo. Y lo que no es, no es, señor presidente.

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