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Sánchez y Feijóo, obligados a dejar de trabajar con Windows 95

El escenario actual de crispación y polarización política actual sólo podrá ser frenado por una solución que no gusta a ninguno de los dos principales partidos, pero que es el único modo en que será posible generar la estabilidad que necesita España y sus ciudadanos

José Antonio Gómez
José Antonio Gómez
Director de Diario16. Escritor y analista político. Autor de los ensayos políticos "Gobernar es repartir dolor", "Regeneración", "El líder que marchitó a la Rosa", "IRPH: Operación de Estado" y de las novelas "Josaphat" y "El futuro nos espera".
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análisis

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Cada semana en el Congreso de los Diputados o en el Senado se palpa que la tensión va en aumento y que llegará el momento en que sea insostenible. Aunque la clase política no lo crea, la ciudadanía es muy permeable a esa crispación, sobre todo en un momento en el que hay mucha frustración por la gravísima situación social que viven las familias de clase media y trabajadora.

La frustración lleva a la crispación y ésta, finalmente, se transforma en odio y violencia. Esto no es algo nuevo, se ha dado en los momentos más críticos de la historia, desde la Revolución Francesa hasta la Guerra Fría.

El escenario de atomización, polarización y crispación que se vive en España no es un fenómeno aislado, sino que es el reflejo de una realidad global, y todo ello viene derivado por la frustración y la desafección generada tras demostrarse la incapacidad de la clase política para enfrentarse a los poderes económicos, financieros y bancarios y gobernar para los gobernados, no sólo para que los intereses del 1% no salgan perjudicados por las políticas sociales.

A lo largo de la historia ha habido grandes crisis económicas que han afectado a todo el mundo. La más famosa fue la de 1929 que, finalmente, en Europa tuvo como consecuencia el crecimiento de formaciones populistas de extrema derecha que derivaron en la llegada al poder de personajes como Hitler o Mussolini. Ahora está sucediendo lo mismo y la clase política de los partidos tradicionales no se está dando cuenta de que el proceso y la evolución de los años 30 del siglo XX se está repitiendo.

Mucho se está hablando actualmente de la polarización y la crispación. Se plantean dichos procesos en cuestiones meramente políticas o de estrategia de partido cuando, en realidad, es un fenómeno mucho más profundo que sólo pueden solucionar los que provocaron el problema: el Partido Socialista y el Partido Popular.

El escenario ya está sobrepasando la línea roja de poner en peligro el propio sistema democrático. Desde un punto de vista social, la situación es tan precaria que alimenta el crecimiento de una crispación que sólo beneficia a Vox. Tal y como se demuestran en los últimos sondeos, el crecimiento de la extrema derecha es un hecho. Para las elecciones europeas la formación liderada por Santiago Abascal puede triplicar o cuadruplicar sus resultados de 2019.

Lo más peligroso es que el nicho de votantes se circunscribe fundamentalmente en la franja entre los 18 y los 25 años, hombres y mujeres que no han vivido ni la dictadura ni la transición, pero que han vivido una infancia en prosperidad y una juventud en época de crisis que está condicionando su futuro.

El único muro que se puede poner al populismo de extrema derecha es el que esté construido en una gestión eficiente que cuente con el respaldo de una mayoría fuerte en el Parlamento y que esté dirigida a la eficacia para todos, no sólo para unos pocos.

En el momento actual, con una crisis global como la de 2008 de la que aún quedan millones de víctimas, con las consecuencias de la pandemia aún latentes y con un escenario inflacionario que no se sofoca con aumentos salariales adecuados ni con la seguridad de tener un empleo digno y seguro, lo que necesita la ciudadanía es serenidad en el ámbito político.

Eso sólo se puede conseguir atacando a la atomización desde la unión de los dos principales partidos en un acuerdo de gobierno o de legislatura. Es una decisión difícil y complicada de explicar a las bases tanto del PP como del PSOE, pero ahí es donde se verifica el verdadero patriotismo: hacer lo que haya que hacer, renunciar a lo que haya que renunciar, para gobernar en favor del pueblo, de toda la ciudadanía.

Evidentemente, es una decisión difícil que requerirá sacrificios muy importantes, incluso el que podríamos denominar como «suicidio político» de los dos principales líderes… o no. La situación actual es tan complicada desde todos los puntos de vista que se quiera analizar que, en contra de lo que dijo San Ignacio de Loyola, ha llegado el tiempo de la mudanza.

Tanto Pedro Sánchez como Alberto Núñez Feijóo no están en sus cargos para defender los intereses de sus partidos sino que están al servicio de la ciudadanía. Es la hora de que, con el consenso necesario, se acceda al territorio de la efectividad.

Es evidente que los programas máximos del Partido Popular y del Partido Socialista son opuestos en prácticamente todos los ámbitos, pero el análisis de los mismos determina que hay importantes zonas en las que el punto de acuerdo es posible.

La extrema derecha amenaza a todos, no sólo a la izquierda, también a los conservadores y liberales porque su programa se basa en la destrucción de todos los avances conseguidos desde la muerte de Franco. Hay que tener en cuenta que la Transición estuvo absolutamente condicionada por esa misma extrema derecha y que los partidos de entonces no tuvieron el valor de implementar las profundas reformas que aún hoy están pendientes. Los partidos demócratas y sus líderes no pueden volver a caer en el error.

Cuando se trata la cuestión de un pacto entre PSOE y PP con militantes de uno y otro partido la respuesta inmediata es «ni de coña» o «por ahí no se pasa». Sin embargo, desde las elecciones generales del 23 de julio del año pasado, los socialistas, para justificar los acuerdos de Sánchez con los partidos independentistas catalanes, llevan dando la matraca con que eso es la democracia, el poder llegar a pactos con quien piensa diferente. Bueno, pues el momento del consenso real y verdadero ha llegado ya. ¿Qué diferencia hay entre pactar con el PP a hacerlo con un partido que tiene discursos de marcado carácter xenófobo como es Junts?

En el lado de los populares hay que decir que también tienen su matraca cuando hacen constantes apelaciones al espíritu de la Transición, al consenso y el acuerdo. Es lo mismo que con los socialistas, ese momento ha llegado ahora y, por España y los españoles, se hace necesario el pacto entre Sánchez y Feijóo.

España necesita estabilidad. Es muy bonito desde el punto de vista de la teoría política el hablar de pureza ideológica, pero el momento actual implica pasar del sectarismo a un pragmatismo consensuado en el que no se deje a nadie fuera, como sí ocurrió durante la Transición.

El país precisa de reformas muy profundas en todos los ámbitos. En algunos aspectos, España se ha quedado anclada en la realidad de la segunda parte de la década de los 70 y la sociedad actual es totalmente distinta, sobre todo porque el mundo está inmerso en una revolución tecnológica que provoca cambios cada día. Es como si en España se continuara trabajando con Windows 95, cuando ya existe Windows 11.

La debilidad del actual gobierno de coalición progresista es evidente y la ciudadanía no se puede permitir en el momento actual un Ejecutivo débil. La fragilidad parlamentaria provoca que leyes muy importantes sean retiradas de su tramitación porque el PSOE no cuenta con los apoyos suficientes entre sus aliados.

Por esa razón se hace fundamental una mirada transversal que vaya más allá de las ideologías y se centre en el consenso efectivo. Sánchez y Feijóo se necesitan el uno al otro si lo que realmente pretenden es beneficiar al pueblo español. Los intereses particulares quedan a un lado cuando el bienestar ciudadano está en juego y, por más que los datos macroeconómicos digan una cosa, eso no llega a las clases medias y trabajadoras. La mejora de la economía se queda en la minoría del 1% y eso no es posible.

A la extrema derecha sólo se la puede derrotar con eficacia social y firmeza democrática. Sánchez y Feijóo tienen la llave si están dispuestos a girarla. Si sólo miran por cálculos electoralistas o por las bases del manual de resistencia, entonces el pueblo español tendrá a los ultras en el gobierno más pronto que tarde.

Quedan tres años de legislatura, tiempo suficiente para que tanto Sánchez como Feijóo se sienten, pongan a sus equipos negociadores a trabajar «a full» para cerrar un acuerdo robusto de gobierno que beneficie a todos y que esté conformado por medidas que sean eficaces. Hay grandes pactos de Estado que alcanzar y aprobar. Hay reformas profundísimas que acometer, algunas de carácter constitucional.

Con la situación actual eso es imposible y el pueblo seguirá siendo víctima de las intrigas y los intereses de los políticos. Esa sí que es la máquina del fango, y en ese escenario la extrema derecha se fortalece a cada día que pasa. Eso es algo que no se puede permitir. Sánchez y Feijóo tienen la llave. Gírenla.

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