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Sillones vacíos

David Márquez
David Márquez
Escritor de artículos y ficción. Colabora con diversas publicaciones periódicas y ha publicado: ¿Y? (microrrelato) y DAME FUEGO (el libro) (microrrelato, poesía y otros textos), ambos trabajos inconfundiblemente en línea con el pensamiento y estilo que manda en sus artículos, donde muestra su apego a la libertad total de ideas, a lo humano y analógico, siempre combativo frente a cualquier forma de idiotez. amazon.com/author/damefuego
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análisis

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Cuenta Dickens (ya lo dije antes) en sus «Apuntes sobre América», que allí el electorado se interesaba por sinvergüenzas y corruptos, acogiéndose al argumento: «ese tío sabe», opinión que pude escuchar en vivo aquí en España hace más de dos décadas, por boca de votantes de toda laya, aquejados de fantasía crónica, desde el camarero facha al jubilado nostálgico de sus grises, mozos años. Un líder, un hombre, un «tío listo» los sacaría del pozo del abuso y la precariedad laboral y bajaría sus impuestos, los suyos, nada más acceder a la Presidencia. El caso es que, hasta hace pocos años, el principal atributo del líder seguía relacionado con su condición de tío listo: el camarero facha y el jubilado nostálgico permanecían fieles a la decimonónica intuición del estadounidense contemporáneo de Dickens. «Hay escasez de líderes fuertes», recuerdo haber leído unos quince años atrás, en numerosas cabeceras y columnas.

¿Qué ocurre ahora? ¿Dónde ha quedado la figura de ese caballero-pícaro de altura, salvador de la Patria? Desengañémonos: aquel prenda nunca fue un líder. La incondicionalidad de sus fieles, requisito imprescindible para constituirse como tal, jamás se dio. Aquel «tío listo» conquistó una Presidencia del Gobierno, como mucho, pero nada más. El agraciado mundo que le tocó en suerte no lo necesitaba. Es en momentos complicados cuando la figura del líder vuelve a dotarse de autenticidad, cuando se busca a toda costa, una vez agotadas la razón, la esperanza y la leche. Entonces la masa se identifica con el líder como persona, cosa que le aporta gran número de aplausos, aunque estos suelen remitir tras el inesperado volantazo emocional de dicha masa, previamente a la quema. Y es que a todo líder le llega su San Martín. Por eso nadie con un mínimo de frente opositará jamás a tan peligrosísimo puesto en época de matanza o hambruna.

El aspirante a líder de hoy, ya bien comercializado el concepto, debería entrar en escena irradiando «magnetismo», equipado, a poder ser, de un atractivo instrumento hipnotizador. Algo así como la flauta del encantador de serpientes. ¿Y qué elemento contemporáneo es el que más adeptos capta de un pantallazo? La pantalla. Así, un Bill Gates primero, un Steve Jobs detrás y, por ajustarlo a nuestros días, un Elon Musk, deberían convertirse, por lógica, en líderes en cuanto sacan a relucir sus nuevos juguetitos y aplicacioncillas, al tiempo que facilitan promesas de satisfacción (como hace miles de años) ajustadas a los anhelos más inmediatos del votante o, en este caso, el consumidor: gigas, velocidad y efectos.

Antropológica y tradicionalmente hablando, la manada siempre ha demostrado simpatía por flautistas de Hamelin, Kings África y demás aspirantes a la Presidencia, gurús de discoteca o púlpito que los conduzcan al precipicio del paroxismo con manos arriba, a la cintura y a la urna: «Follow the leader, leader, leader», que decía la canción. Esto se compaginaba, hasta hace poco y a un nivel mucho más elevado, con la admiración por el indiscutible maestro, al que suponía un desafío imitar, persiguiendo igualar su mérito. Mas ahora ni siquiera un Freddie Mercury, una Caballé, un Freud o una Colette o un Suárez inspiran respeto como maestros, como líderes. Ni siquiera un Bill Gates. La app de marras analiza sus jugadas, sus «truquitos» e imperdonables carencias, y demuestra que en el fondo tú puedes hacerlo igual o mejor y, sobre todo, «sin esfuerzo». Eres científico, técnica, psiquiatra, informático, artista, comunicadora y, por encima de cualquier verificación y experiencia, eres experto. ¿Para qué necesitas un/a líder, cuando puedes estrellarte y estrellar a los demás en solitario (y grupo), como integrante de la experta masa?

En este clima, las oposiciones a líder quedan cerradas indefinidamente. Nadie quiere para sí tamaña responsabilidad, la cual quema en las manos: «No estoy. Hable con mi asesor. Pregunte a los expertos».

Veamos lo que decía Mr. William S. Burroughs en su «Lee´s Journals», a mitad de los cincuenta del pasado XX:

«No habrá otro Stalin, otro Hitler. Los líderes de este más inseguro de todos los mundos son líderes por accidente, incompetentes y asustados pilotos a los mandosde una gigantesca máquina que no pueden entender, solicitando la ayuda de expertos que les digan qué botones pulsar».

Profecía materializada, nunca mejor dicho.

¿Líderes? No, gracias; libros, y una adecuada reasignación de especialidades, apagón tecnológico mediante, que ponga a cada experto en su lugar, o lo deje fuera.

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