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Sobre La Lección del Ahorcado

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análisis

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«Míralo. Tieso como un palo delante de la ventana». Así empieza “La lección del ahorcado”. Y esa descripción inicial no se refiere a la del ahorcado que encontraremos en la novela del vallisoletano afincado en Madrid, Jesús Velasco. Lo conocí hace apenas un año en Bellvei, en el certamen literario Bellvei Negre. Nos enfrentamos en la final con dos novelas de ahorcados. La suya ganó. Y nos hicimos amigos junto con otros dos finalistas y nuestras parejas respectivas. La literatura hizo magia. El grupo de los ocho compartimos un fin de semana sensacional.

Finalmente su novela fue publicada y la he podido leer y disfrutar. Su ahorcado no tiene nada que ver con el mío. Del suyo he aprendido varias enseñanzas. La historia que se desgrana a lo largo de la narración nos enfrenta a un apasionante juego de espejos donde se superponen las miradas de los distintos y variados protagonistas, tan esenciales los principales como los secundarios (alumnos, profesores, administrativos, drogadictos, enfermos, enamorados). La riqueza de esa variedad es posible por el buen ensamblaje de todos y cada uno de ellos que aparecen en escena de manera metódica y cautelosa. Un gran puzle donde las piezas deben colocarse despacio, con orden y lógica. Exigen paciencia al lector, el aprendizaje emana de esa lentitud, en absoluto superflua. Los monólogos y diálogos entran en acción muy bien ensamblados, cada personaje con una voz propia muy característica que ayuda a crear una atmosfera hipnótica del escenario del supuesto crimen que no es tal. Enseguida se nos informa de que se trata de un suicido. El devenir de la acción, pausada y tensa, permitirá confeccionar un croquis muy detallado de lo que es el Nocturno. Como si de una disección se tratara, el grupo del turno vespertino ira tomando cuerpo, entre tragos de vino o cerveza, entre confidencias y ocultaciones, entre indiscreciones y momentos de encuentros fulgurantes. Yo desconocía por completo el universo de los institutos de secundaria, pero el autor hace gala de saber nadar en esas aguas revueltas y ello le permite tejer una rica pieza, una amalgama de colores y sabores tan atractiva como peligrosa que exige tiento y pericia al enfrentarla.

Y a medida que analizamos y nos enfrentamos a ese obstáculo, a fuerza de ir aprendiendo y reteniendo los pasajes previos e imprescindibles de la lección, como resultado de un pósito sin prisas en nuestro cerebro, el dibujo adquiere forma y volumen. El tejido muestra su textura. La concatenación de acontecimientos nos conducirá al retrato final. Y con él, la lección de anatomía llegará a su fin. Los cables sueltos se habrán enlazado, como el tensor de la soga en el cuello del moribundo. Cada personaje habrá cumplido estoicamente su cometido, para bien o para mal. Los reflejos de los múltiples espejos, que por impacientes hubiéramos querido descifrar antes de su momento, ahora encuentran su punto de coincidencia y con nitidez podemos comprender e incluso justificar los motivos del suicida: acoso laboral, envidias, censura, vergüenzas, desprecio. Y no hemos corrido lo suficiente, no hemos llegado a tiempo para evitarlo: míralo, tieso como un palo. El ahorcado. Tal vez la próxima lo consigamos.

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