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Sobre violadores y violados

José Miguel Ruiz Valls
José Miguel Ruiz Valls
Licenciado en derecho por la UNED. Cambió el oficio de abogado por el de escritor tras más de 20 años de práctica forense. Autor de los libros de ensayo "Todo Tiene Una Razón" y "Todo Al Revés”.
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análisis

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Cuando uno deja de creer en lo que hace, tiene dos posibilidades: Dejar de hacer aquello en lo que ya no cree o seguir haciéndolo, apechugando con ese moderno trastorno mental que los psicólogos llaman “Síndrome del trabajador quemado” (Burn-out). Yo dejé de creer en la justicia hace muchos años y mucho tuvo que ver la absurda Ley de Violencia de Género, que otorga más credibilidad a un sexo que a otro, violando con ello el principio penal de presunción de inocencia y el principio constitucional de igualdad ante la ley. ¿Cómo podía ser yo parte de semejante violación al pueblo soberano siendo yo parte del pueblo soberano? ¿Cómo podía serlo mi Colegio?

Decidí acabar los pleitos que tenía empezados y no empezar ninguno más; y dejé de pagar las cuotas, por supuesto. Al cabo de un tiempo me enviaron una carta, diciéndome que me expulsaban por incumplimiento de mis obligaciones colegiales (Es decir, por falta de pago), prohibiéndome ejercer la abogacía salvo en asuntos propios (Es decir, en mi propia defensa).

Pero recientemente, el colegio se metió, también, en mis propios asuntos. Al parecer, en el año 2021, suprimieron la posibilidad de autodefenderse (La “titulitis” ya no es suficiente, tampoco la experiencia). El mensaje anónimo con el que me lo dijeron me ofreció la opción de reincorporarme, como no ejerciente (Es decir, pagando menos), en cuyo caso sí podían concederme la autorización. – No puedo hacer eso les contesté  -Mi consciencia me impide afiliarme a una organización que promueve la agenda globalista, porque viola nuestra soberanía-. Fuera quién fuera aquel mensajero anónimo, no volvió a hablarme.

Hay compañeros que aún creen “algo” en la justicia y están en su derecho pero, con todo lo que he visto ¿No tengo yo derecho a no-creer? ¿Cuál es el delito más grande que puede cometer un gobernante? Sin duda, violar la Constitución, la ley de leyes, la ley que hace el pueblo soberano para fijar, precisamente, las obligaciones y los límites de los gobernantes. ¡Con una pistola se puede eliminar a un humano pero violando la Constitución se puede eliminar la humanidad! ¿Qué pena han impuesto los jueces a todos esos políticos que, con la excusa de una pandemia, violaron los derechos fundamentales del pueblo soberano, reconocidos en la Constitución? ¿Sabe alguien si, al menos, han conseguido que los Pujol devuelvan algo?

La justicia debería estar ahora abriendo diligencias, de oficio, contra todos esos violadores de la Constitución pero, que yo sepa, no lo están haciendo. ¿Puede que sea debido a que está muy ocupada, juzgando a violados denunciados por sus violadores? ¿Cómo se le puede pedir hoy a alguien que “crea” en la justicia? ¿Hay jueces dispuestos a darnos la razón a los violados? Sin duda, y podemos tener la suerte de que nos toque comparecer ante uno de ellos pero ¿Qué arregla eso? ¿Qué arregló que alguno de ellos declarase que la máscara era dañina, al cabo de muchos meses de haberla impuesto los gobernantes, cuando imponer una costumbre nueva es cosa de 21 días, según la psicología conductista?

Perder o ganar cuando ya está todo perdido, cuando ya da lo mismo, cuando vemos, en el metro, a muchas personas llevando bozal aunque ya ningún violador las obligue ¿Acaso no han admitido siempre, los propios juristas, que una justicia lenta es otra forma de injusticia? ¿Qué poder tiene el pueblo soberano para agilizarla? ¿Debemos pues seguir soportando injusticias, siempre?

El próximo 20 de abril tengo que asistir a un juicio (Si, a mí también me suena a Celtas Cortos) en calidad de acusado y sin derecho a autodefenderme, acusado por unos policías que violaron flagrantemente la Constitución, pretendiendo arrebatarme mi derecho a deambular libremente, pretendiendo que me pusiera una máscara dañina, para lo cual no dudaron en usar la violencia. Me va a juzgar un juez que, presumiblemente, usó máscara  durante muchos meses, poniendo de manifiesto con ello que se dejó engañar por los violadores. La Constitución dice que todos tenemos derecho a un juez imparcial pero ¿En serio se puede confiar en la imparcialidad, en el buen juicio, de esos jueces engañados?

En fin, puede que tenga “suerte” y me toque un juez conscienciado aunque también he de decir que no la tuve con la jueza de instrucción, que se pasó tres años sin instruir nada: La jueza no interesó la grabación de las cámaras de seguridad, el fiscal tampoco, y a los policías acusadores tampoco les interesó (aunque eso sí puedo entenderlo). Solo yo, el delincuente grabado delinquiendo, pedí que se aportaran los vídeos a la causa pero no lo conseguí. ¡Desaparecieron!.. ¡Los destruyeron!.. ¡Y a la instructora no le pareció mal!.. Es tal la chapuza jurídica que puede que me libre pero ¿Qué se arregla con eso? ¿Qué harán los jueces cuando los violados volvamos a comparecer ante ellos, en calidad de acusados, acusados de matar a una rata? ¿Seguirán dispuestos a seguir sufriendo esa moderna enfermedad mental que los psicólogos llaman “Síndrome del trabajador quemado”?

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