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Socialdemócratas, liberales y conservadores, los padres de la extrema derecha

El auge de la extrema derecha en el mundo no es un fenómeno aislado, sino que es la consecuencia directa de la inacción, la incapacidad y la sumisión a los poderes económicos de los partidos que tradicionalmente han gobernado en las democracias avanzadas

José Antonio Gómez
José Antonio Gómez
Director de Diario16. Escritor y analista político. Autor de los ensayos políticos "Gobernar es repartir dolor", "Regeneración", "El líder que marchitó a la Rosa", "IRPH: Operación de Estado" y de las novelas "Josaphat" y "El futuro nos espera".
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análisis

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Mucha gente se pregunta la razón por la que los partidos populistas de extrema derecha están creciendo en las principales democracias del mundo. No había tanto fascista oculto en los países que cuentan con las economías más importantes del planeta. La cuestión es compleja y sencilla al mismo tiempo.

El mundo ha sufrido un cambio de paradigma desde el año 2008. La caída de Lehman Brothers fue uno de esos momentos sísmicos que convulsionan a la humanidad.

Además de las consecuencias económicas, en ese año se inició la revolución de los teléfonos inteligentes, o smartphones, que trajo consigo el crecimiento de las redes sociales y las aplicaciones de mensajería instantánea.

El primer iPhone comenzó a comercializarse en Estados Unidos en septiembre de 2007 y se expandió su venta al resto del mundo en julio de 2008. Fue tal el impacto del nuevo producto de la multinacional Apple que el resto de marcas comenzaron a comercializar sus smartphones, unos con más suerte que otros, bajo el sistema operativo Android de Google.

Por su parte, tanto Twitter (ahora X) y Facebook comenzaron su gran crecimiento a partir de 2008, cuando las personas, a través de su teléfono inteligente, podían manejar sus redes sociales en cualquier lugar en el que tuviesen una conexión a internet.

Todo ello, además, con un funcionamiento basado en algoritmos basados, precisamente, en lo que las multinacionales tecnológicas llaman la «experiencia de usuario» que no es otra cosa que el control externo de lo que se muestra, lo que limita la posibilidad de acceder a otras opciones.

Esos algoritmos no están sometidos a ningún tipo de vigilancia ni escrutinio externo que permita una verificación moral, ética y humana de su funcionamiento. Esos algoritmos están diseñados para manipular a las personas y las hace mucho más previsibles.

Si alguien es de extrema derecha supremacista blanca, el algoritmo sólo le enviará informaciones de ese tipo de ideología. Hay que recordar cómo Frances Haugen, extrabajadora de Facebook, afirmó en el Congreso de los Estados Unidos que desde las redes sociales se estaba dañando a los niños, provocando divisiones y socavando a la democracia.

La revolución tecnológica, en sí misma, no debería ser negativa. Sin embargo, lo está siendo porque está teniendo una influencia en la política y, sobre todo, en la expansión de la extrema derecha mundial.

No obstante, no se puede culpar sólo a la revolución tecnológica del crecimiento de la ultraderecha o de que estén logrando el apoyo de las diferentes ciudadanías.

La crisis de 2008 también sirvió para demostrar que las principales corrientes ideológicas del siglo XX, socialdemócratas, liberales y conservadores, confundieron los asuntos de Estado con los intereses de los poderes que se comenzaron a apoderar de la riqueza mundial.

Mientras la riqueza del 1% se ha disparado y la brecha de ingresos ha alcanzado cotas nunca vistas desde antes de la Revolución Industrial. Eso sólo ha sido posible por la incapacidad de las clases políticas tradicionales. Evidentemente, si la riqueza va al contenedor de la minoría, la mayoría tiene acceso a un menor número de recursos y, en consecuencia, genera crispación porque los niveles de bienestar se reducen.

Tanto socialdemócratas como liberales y conservadores han permitido que la codicia corporativa y de las grandes familias acaparen los recursos que haciendo un reparto justo de la riqueza garantizaría ese bienestar que ahora está en peligro.

Las clases dominantes del 1% se están haciendo con el control del mundo. Las clases medias y trabajadoras ya sólo pueden aspirar a las migajas. La falta de respuesta por parte de los gobiernos de las ideologías tradicionales ante este ataque al bienestar genera resignación, desafección y, sobre todo, crispación, elementos que los movimientos de extrema derecha están sabiendo aprovechar para imponer su discurso.

Tratar este fenómeno sólo desde un punto de vista ideológico es otra baza para que los diferentes movimientos ultras sigan creciendo. Además, pensarlo sólo desde un punto de vista de la teoría política es la demostración de que tanto socialdemócratas como liberales y conservadores siguen sin entender los verdaderos retos y las necesidades de la ciudadanía. Por eso fracasan y están siendo superados por unos movimientos que no representan sólo el fascismo 2.0 sino que consiguen aglutinar en torno a su discurso la rebelión contra el propio sistema.

Los partidos que representan a las ideologías tradicionales se parapetan detrás del argumento de que estas nuevas formaciones ponen en peligro a la democracia. Es cierto pero siguen creciendo porque la propia ciudadanía está siendo consciente de que los sistemas democráticos son ya incapaces de garantizar el bienestar mínimo y, en muchos casos, la propia supervivencia. Conservadores, liberales y socialdemócratas parecen no entender que el crecimiento de la extrema derecha no es sólo un problema político sino sistémico. Mientras no entiendan esto, los ultras seguirán creciendo porque las tres tendencias ideológicas tradicionales están tan sometidas a los poderes reales que han perdido el valor a gobernar de cara a la búsqueda del bienestar de la ciudadanía.

La falta de respuestas efectivas a los nuevos retos y la incapacidad para mantener el bienestar que las clases medias y trabajadoras gozaban antes de 2008 han provocado un cuestionamiento total del propio del sistema. Cada vez aumenta el número de personas que duda de la propia democracia porque el sistema ha sido incapaz de devolver lo que se perdió. Han pasado 16 años y nada ha sido igual. Los ricos son cada vez más ricos y la mayoría de las familias ven cómo se empobrecen cada vez más.

El fracaso de liberales, conservadores y socialdemócratas es de tal calibre que el populismo de extrema derecha ha logrado penetrar donde antes era impensable. Es obvio que estas formaciones ultras son un peligro para la democracia, pero no por sí mismos.

Mientras los partidos tradicionales siempre dicen a la ciudadanía que todo es muy complicado, que la situación global hace muy difícil la vuelta al antiguo bienestar, estas formaciones de extrema derecha dan soluciones sencillas y parecidas a la que se puede dar en la barra de un bar o a la del «cuñao» en la cena de Nochebuena.

Además, saben jugar muy bien con el paradigma del «miedo». Las personas con miedo son mucho más manipulables. Las transformaciones provocadas por las élites tras la crisis de 2008 han generado inseguridad en la gente, inseguridad que, finalmente, ha derivado en un miedo absoluto a perder lo poco que les va quedando. Ya no hay nada seguro, ni siquiera la vivienda, el último refugio. Todo está a merced de los poderes económicos y empresariales, mientras que la ciudadanía sobrevive sin ningún tipo de escudo porque las políticas de protección social están cada vez más acotadas por la falta de recursos del Estado.

Esta sociedad del miedo se ha acrecentado tras la pandemia y la escalada bélica en Europa y Oriente Medio. Todos los mensajes que la gente lee en los medios de comunicación derivan en generar miedo. En este escenario, la extrema derecha, con sus mensajes manipuladores y su manejo magistral de los distintos canales multimedia, triunfa, sobre todo porque la ciudadanía sufre la incapacidad de las formaciones socialdemócratas, conservadoras y liberales.

Estas ideologías tradicionales de la democracia no han mostrado oposición alguna a la depauperación de las condiciones de trabajo, a la injusticia que se genera en los tribunales, a la rebaja radical de los salarios, a los despidos masivos, a la pérdida de derechos reconocidos por las distintas constituciones, a la especulación salvaje que ha derivado en una crisis mundial de acceso a la vivienda, a la impunidad de los poderosos, y un largo etcétera, mientras contemplan impasibles e insensibles cómo en todas las economías desarrolladas decenas de millones de personas no tienen recursos para sobrevivir. Una familia de clase media que ahora se ve en la tesitura de tener que acudir a las colas del hambre o a los servicios sociales para poder sobrevivir tiene miedo y rabia. Ese es el abono de esta nueva extrema derecha.

Cuando los dirigentes de los partidos socialdemócratas, conservadores y liberales afirman que hay que construir un muro contra la extrema derecha, lo primero que deben hacer es mirarse a ellos mismos y actuar en consecuencia. A los ultras sólo se les podrá derrotar con hechos, con medidas que se salgan de la propaganda del titular fácil y que tengan una efectividad real para devolver el bienestar que las élites destruyeron en 2008. Hasta que los partidos democráticos no se den cuenta de que a la extrema derecha sólo se la podrá derrotar enfrentándose a los poderes económicos, empresariales y financieros, los ultras seguirán creciendo. En consecuencia, los responsables son ellos y sólo ellos.

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3 COMENTARIOS

  1. En mi opinión haces un análisis correcto de la situación, pero has pasado por alto un gran detonante. Todos esos pseudo-partidos socialdemócratas, liberales y conservadores, todos ellos gestionados y dirigidos por la élites globalistas han sido cómplices a partir de 2020 del mayor genocidio jamás visto en la historia de la humanidad. Eso influye más que otra cosa.

  2. El principal problema es la imposición de la ideología por medio del engaño, y es lo que todos hacen. Esto es posible por una cuestión fundamental; la ausencia de cultura: desde política, ética, o de la simple información; fake tras fake , que hacen un caldo imposible de mesturar con elementos saborosos o inteligentes. Hago esta reflexión en base a la existencia de socialismo monárquico, o de la defensa de la constitución de aquellos que la rechazaron en las urnas. Comunistas que jamás han experimentado un régimen de comuna o quienes buscan un líder, ya cualquiera que sea, al que pasarle la lengua por él culo, que ocurrió aquí durante cuarenta años; falacia, y ni uno sólo de ellos ha comprendido que para vivir en democracia siquiera son necesarios partidos políticos. No estoy en contra de su existencia, pero los pido reflexionar sobre sus dogmas antes de querer manipular toda una sociedad, dirigir un país, o establecer sistemas de mercado que siquiera comprenden y que hacen una labor de crecimiento unidireccional, estable en su derrota, hacia los autenticamente poderosos.

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