Andaba yo de aquí para allá tratando de encontrar a alguien a quien pudiese interesarle el guión de una película tan inédita en el panorama español como el propio cine negro: la corrupción política de la policía. Tema trillado en el cine de referencia que era el americano, planta exótica en el nuestro. Obra de un novel absoluto como yo. Por fin un distribuidor atípico, norteamericano de nacionalidad y con título de Licenciado en ciencia política por Harvard, dijo si. A su juicio era el mejor guión que había leído en España.
Quedaba la segunda frontera por franquear. El protagonista. En aquel entonces el ídolo de las muchedumbres era Eusebio Poncela. Acababa de protagonizar una serie mítica, los Gozos y las sombras, y su visión de Carlos Deza era simplemente genial. Era mi Crisanto, sin duda. Pero no resultaba simple que aceptase el reto. Su agente me dijo. “No te molestes si no te contesta. Está hasta arriba de ofertas”. Pero contestó. Y según me lo dijo mas tarde sus instrucciones fueron que haría el papel incluso gratis.
Empezamos la preparación a la que se sumó con entusiasmo. Nos reuníamos en un café cercano a Cibeles. No le gustaba el silencio de las bibliotecas o del salón de casa. Prefería que hubiese barullo de fondo. Me daba igual. Así que fuimos entretejiendo la creación de Crisanto Perales entre comandas de café, te y empujones ocasionales. Yo tenía claro que era homosexual y que vivía con un amigo. Me daba rigurosamente lo mismo. Pero a el no dejaba de asombrarle. En aquel tiempo no había gays sino homos o maricones. En lo que a mi respecta, nunca le di mayor importancia. La homosexualidad impregna nuestra cultura desde el dia original de Prometeo. Me habían enseñado en el colegio que los géneros literarios eran dos, la épica y la lírica. Y la lírica había arrancado con Safos en Lesbos. Los textos latinos tampoco ofrecían mucha duda. Las referencias de Horacio, Catulo y Ovidio, por ejemplo, eran patentes. Y la pasión de Adriano por Antinoo también. Además yo andaba por aquella época en tratos con Jaime Gil de Biedma, familiarmente Jaimegil, cuyo evangelismo homo, que no proselitismo, resultaba irresistible. Tumbaba botellas de Black Label como un campeón mientras recorría las páginas de mi Baudelaire/Pleiade, o de mi Ezra Pound/Faber en casa. Nos unían ciertas complicidades, cierto. Jaimegil se había presentado a oposiciones a la Carrera Diplomática y además tenía una abuela que era del Valle de Mena y se llamó Obdulia Zorrilla. Bromeábamos con el supuesto parentesco. No solo era ese contacto sino la presencia en mi vida de ilustres homos, Proust, Lorca, Cernuda, Gide…creo que todo esto le fascinaba a Eusebio pues en su mundo estas referencias eran insólitas. De hecho le sorprendió mucho cuando una vez cité a Shakespeare en el original. (Poca cosa, no se crean). También le sorprendía que su marginalidad no me escandalizase. La verdad es que era una marginalidad muy de andar por casa. Repasen el Howl de Ginsberg o lean On the Road o a Bukowsky verán lo que quiero decir.
Tampoco me preocupaba su cercanía a la Reina, como la llamaba él al jaco o el burro, sinónimos de la heroína, todo para no llamarla por su nombre y reconocer que era lo mejor de lo mejor. Como detalle añadiré que solo snifaba. Hay una palabra para definir la fobia a las agujas, tripanofobia. La tenía. Pero no quisiera dar de Eusebio la imagen de un marginal con traje. Su exigencia profesional era absoluta. Hasta que un dia, en la presentación de la película en Barcelona se me desmayó en brazos. Literal. Me asusté mucho, como es natural, y a su regreso a la vida hablamos de ilusiones nunca cumplidas y paraísos artificiales o reales. En aquella etapa de Barcelona, habló con amor y reverencia de Ana Belén que le había ofrecido su compañía en Sabor a miel, obra con la que el decía, inauguró su carrera. Otros grandes nombres nacionales no le merecían tanto respeto. A su juicio la mediocridad era la característica de la vida española. Yo no decía nada por no cargar la suerte pero mi diagnóstico iba y va por ahí también. Al hablar de su profesión lamentaba la falta de proyectos realmente atractivos, algo normal. Siempre ha habido y sigue habiendo mas talento que industria. Yo le recordaba que rechazar guiones es prudente pero no siempre. Y citaba el ejemplo de Montgomery Clift a quien yo veía como alter ego de Eusebio. Hube de confesarle mi sorpresa al ver como interpretaba al policía atípico Crisanto Perales. Su papel de Carlos Deza en los Gozos y las sombras me hizo pensar en una interpretación tan naturalista que yo hubiese dicho autointerpretación. Estaba equivocado. Había revivido o hecho vivir al personaje a través de una interpretación minimalista que se pegaba a la piel como un papel transparente. Sin duda un grandísimo logro.
Dice mucho de como andaban las cosas el que Eusebio estuviese convencido de que el SIDA era un bulo de la CIA y del Vaticano. Por desgracia para el, terminó por perder a uno de sus mejores amigos en la pandemia. Y yo también a alguno que otro, entre ellos al propio Jaimegil. En fin, pasamos aquellas sirtes no sin algunos aprietos. El Madrid canalla no podía entender que un estandarte de sus hazañas hubiese aceptado el papel de un policía. Quizás pensaban que yo iba a rodar algo así como 091 Policía al habla. Lo cierto es que Eusebio se enfrentó a ese prejuicio y fue esencial para el futuro de su carrera porque desde entonces no paró de encarnar policías y otros personajes parecidos. Llegó incluso a dar vida a uno de nuestros mas reputados talibanes, un Torquemada 2, el mismísimo Cardenal Cisneros.
Sam Fuller y Diego Galán me dieron el Premio de Nuevos Realizadores en San Sebastian, pero he de añadir al catálogo de gracias el de Eusebio Poncela, cuyo compromiso con aquel director novel me hizo posible estar en el Palmarés. Que por cierto también le alcanzó a el, ya que en ese mismo 1983 se llevó el Premio de la Crítica al mejor actor por su papel en El Arreglo, la película que estaba dispuesto a realizar sin cobrar.
Ese matrimonio de éxito es lo que sobrevive de aquel encuentro de dos personas tan distintas como el y yo. Quiso llevarme a su campo e insistió muchas veces para que le acompañase a la Argentina de Cecilia Roth y Marisa Paredes. Pero pudo mas mi otro yo de chico de clase media. Tirar panfletos y organizar Asambleas de Facultad, si, casarse civilmente también. Pero tomando copas en Richelieu o un te en Embassy. Por otra parte acababa de tener una hija y no me parecía razonable embarcarme en una aventura de bohemia transatlántica dejando atrás un compromiso como ese.
A Almodóvar le veía con alguien de demasiado talento como para ser de fiar. No le gustaban los triunfadores. El mismo evitó siempre serlo. De hecho, me dijo mas de una vez que no estaba dispuesto a ser el actor fetiche de tan gran director por muy importante y genial que fuera. Vamos que ser Carmen Maura no era la mayor de sus ambiciones.
Así que de aquel momento de mi vida queda el recuerdo de años razonablemente felices, poco antes de que entendiese lo de que la vida iba en serio, como había advertido el siempre sabio Jaimegil. Justo en la frontera de la juventud que el mismo marcaba en 38 años. Corta fue la dicha, largo el fracaso. Sea alta tu memoria, joven rebelde y bien dotado. Cuando llegue mi momento y haya de acompañarte en la derrota de la vida, quedará entre los dos esa chispa de modesta eternidad que alumbramos juntos. Hasta ese momento, fuerte abrazo.