Supermadres

Emotivo homenaje en este 8M a todas aquellas mujeres que se ponen el traje de superhéroe sin pretenderlo para las tareas más cotidianas e imprescindibles que sólo ellas hacen con mimo, entrega y dedicación

08 de Marzo de 2025
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Supermadres

Tengo que reconocer que Eduard Sola, autor de los mejores discursos de la temporada de premios cinematográficos 2025, me ha robado la idea central de este artículo del Día Internacional de la Mujer. Primero me emocionó su discurso al recibir el premio Gaudí al mejor guión original, por la película Casa en llamas, con el alegato a sus raíces (es nieto de andaluces afincados en Cataluña) y al poder transformador de las migraciones en los territorios, definió a su familia como “orgullosamente charnegos”. Sus palabras fueron muy conmovedoras, y como escribo estas letras el Día de Andalucía, ahí lo dejo. Y es que el arte nos redime en muchas ocasiones de otros discursos, sobre todo del discurso político o de la falta de él.

Pero volviendo al Día Internacional de la Mujer, las palabras entre lágrimas de Eduard Sola al recibir un nuevo premio, esta vez el premio Goya al mejor guión original 2025 por la misma película, estuvieron dedicadas a las supermadres en general y a su supermadre en particular. Tras definir a su madre como parte de una “generación de mujeres supermadres, a la que se les exigió trabajar fuera de casa, sin desprenderse de trabajo dentro de ella, madres que nos vistieron, nos alimentaron y nos criaron sin ningún tipo de normas de conciliación, y todo a costa de olvidarse de ellas mismas”, terminó deseando que construyamos un mundo en el que los cuidados no se sustenten en el sacrificio de nadie.

Ahora pensarán los lectores que me centre de una vez, que voy del día de Andalucía al día de la madre. Pero es que hablar de la mujer es hablar también de maternidad, y es que, probablemente, el tener un hijo te convierte automáticamente en supermadre. Y es que aún hoy en día, la conciliación de la maternidad y la vida laboral resulta ardua, difícil, hay veces que pienso que imposible.

“Hablar de la mujer es hablar también de maternidad. El tener un hijo te convierte automáticamente en supermadre. Aún hoy, la conciliación de la maternidad y la vida laboral resulta ardua, a veces imposible”

Pero hay muchas clases de supermadres. Están también las supermadres que se convierten en super cuidadoras. Ahora me refiero a todas esas mujeres que vemos empujando sillitas de ruedas, colocándole las mantas a personas mayores en las piernas mientras las pasean, colocándoles el sombrero una y otra vez mientras toman el sol, empujando carritos de bebés, o cuidando de nuestros hijos en el parque. Por sus rasgos físicos, o por el acento, hemos aprendido incluso a distinguir sus países de origen, a veces con mayor dificultad si proceden de un país del este. Nos sustituyen, nos suplantan, mientras nosotros estamos en la imparable carrera hacia el éxito, o algo más normal en la inalcanzable tarea de la subsistencia de lujo a la que estamos sometidos. Su trabajo no tiene precio, y no porque cobren un salario mayor o menor, de esto ya se encarga la Vicepresidenta, sino porque renuncian a sus vidas. Renuncian a su país, a su familia, a sus raíces y a sus hijos, a los que no ven crecer mientras cuidan de los hijos de otra, y todo esto para proporcionarles un futuro mejor a ellos. Estas son supermadres superlativas. Así ha sido Valentina, a la que tengo en mi corazón siempre, y hoy en mi mente el Día Internacional de la Mujer, una supermadre, que nos ha regalado 20 años de su vida. Veinte años contribuyendo al sistema de cotización social español, y ahora, tras la jubilación, se le niega el derecho a una pensión digna, ve recortada una parte importante de la pensión, el llamado complemento de residencia. Para hacerme entender, si estas mujeres no ciudadanas de la Unión Europea, dejan de residir en España tras la jubilación, sufren un recorte en sus derechos económicos por no cumplir el requisito de residir en España. Esto es: si tras jubilarse, deciden vivir con su familia en su país de origen, algo que parece casi humano, pierden el complemento de dinero que le permitiría alcanzar la cuantía mínima de la pensión de jubilación que establece la ley. Y son miles las mujeres extranjeras que han trabajado en España, que se encuentran con este problema tras la jubilación. Aquí tiene un filón el feminismo gubernamental, promover una legislación justa para que las personas que han cotizado en el sistema público español, llegada la jubilación, puedan residir en sus países de origen, sin perder ni un euro de su pensión. Pero quizás, reconocer un derecho a una persona que se va del país, por muy justo que sea, no está en el calendario político. Si se van del país no son un voto. El sacrificio que hacen estas mujeres, renunciando a lo que en el estado de bienestar consideramos incuestionable, no ya para nuestra ansiada felicidad, sino para el equilibrio psicológico, será estudiado en algún momento por los sociólogos, como una brecha social, como algún tipo de crimen espiritual contra la humanidad.

Pero hay otras mujeres también olvidadas por el movimiento feminista, pero pioneras en él. Mujeres que han hecho una opción vital, a veces  incomprendidas en la sociedad moderna, por ello han sido denostadas, y en ocasiones ridiculizadas. Sin embargo, el tiempo les ha ido dando la razón. Y no podemos descartar que acabemos situándolas en la vanguardia. Con ellas no va a poder Elon Musk, ni la inteligencia artificial. Disfrutan de una esperanza de vida media superior a los 90 años, lo que ya en la era anti-aging es todo un avance. Si ahora se aboga por el respeto en términos de igualdad a los distintos modelos de familia, la tradicional, la monoparental, el sistema LAT, living apart together, relación abierta, convivencia poliamorosa, ellas han creado hace siglos su modelo propio, un especial sistema de vida en comunidad, más cercano a las comunidades hippies de los años 60, que al matrimonio tradicional. No tuvieron que esperar a la película La boda de Rosa de Icíar Bollain, para practicar la sologamia, están casadas con ellas mismas, porque lo mejor está dentro de ellas. También dentro de ti.

Ahora que se denostan los tintes químicos, y se impone lucir las canas al natural, ser tú misma, Ellas ya lo hacían desde tiempos inmemoriales. También son ecologistas convencidas, del desaparecido huerto al actual to good to go, no se tira nada, toda la comida se aprovecha.

Para ellas, No es No. No tuvieron que esperar a que ningún partido, les diseñara el eslogan. No es No, reivindicaron al derecho a vivir sin sexo. Quizás fueron ellas las que inspiraron la campaña publicitaria de una conocidísima marcha de colchones en 2015: “Antes el sexo era pecado, ahora lo es no tener sexo, en la cama cada uno puede hacer o no hacer lo que quiera, la noche es nuestra”. Vamos, de sus colchones.

El desapego, un camino hacia la libertad. Así lo tratan ahora todos los manuales de psicología, suelta, suelta, suelta. Desapego material y afectivo que nos lastra, nos encadena, nos impide alcanzar la plenitud. Este es uno de los mantra actuales de la espiritualidad moderna. Ellas le llaman voto de pobreza. El nombre verdaderamente es menos comercial, sobre todo porque nos gusta el suelta, suelta, suelta, pero vestidas de Prada.

Estas mujeres son también avanzadas en términos neurocientíficos. Practican la oración, hoy la llamamos  meditación, práctica que, según la neurociencia, fomenta la neuroplasticidad, la capacidad del cerebro para reorganizarse y adaptarse, creando nuevas conexiones neuronales. Aquí está quizás el secreto de la longevidad de estas comunidades de mujeres. Y también en la vida contemplativa, la medicina nos advierte de los beneficios de la inactividad, los beneficios de darse a la vida contemplativa. Alejarse de la vida consumista, en las que las necesidades emocionales deben ser consumidas de inmediato. Descansar, observar, desconectar, disfrutar la magia de no tener que estar haciendo cosas constantemente. Conciencia plena, disfrutar el momento, vivir el presente, apreciar las pequeñas cosas, incluso cuando se está en los fogones, así lo dijo una de ellas.

A estas mujeres, que viven en comunidad, las llamamos madres, y no son madres, no tienen hijos biológicos, renuncian a su maternidad, pero son supermadres, educan a niños en colegios o barrios desfavorecidos, cuidando enfermos, atienden a los inmigrantes, especialmente a mujeres, cuidan y forman trabajando en la reinserción en las cárceles de mujeres, o en países en guerras. Otras, dedicadas a la vida contemplativa, viven en un sistema de voluntario apartamiento del mundo, convencidas del poder transformador que para la sociedad y el mundo tiene su decisión, porque ellas saben que somos holobiontes. Ya sabrán los lectores que estas otras supermadres son monjas, religiosas, misioneras, mujeres, tan mujeres como las demás. Estas son también supermadres. Y yo he tenido la suerte de tener una supermadre como la de Eduard Sola, y una supermadre de estas últimas a las que también dedico el Día Internacional de la Mujer. A mi tía Mercedes González, mi otra supermadre, un modelo de integridad, bondad y alegría. A  las dos, os quiero, os quiero, os quiero.

Iba a terminar hablando de las supertontas, que también las hay. Las  que le tocan la cara a los compañeros de trabajo, armas de mujer, cuando no se tienen dotes de mujer; o los piropean, imitando un denostado modelo masculino, simplemente porque tienen un cargo y se sienten superiores. Este comportamiento me suena, lo he padecido. O peor aún, encubren en sus abusos a los compañeros de partido. Pero lo dejo aquí. Me quedo este día con las supermadres, súper hermanas, súper amigas, súper vecinas, súper primas, súper sobrinas, súper compañeras… y con todas las mujeres del mundo, a las que deseo un  feliz día.

 

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