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Sostenibilidad insostenible

08 de Abril de 2023
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Expertos apuestan por la taxonomía como una herramienta clave para certificar la sostenibilidad empresarial

Vivimos en una sociedad bombardeada con nuevas tendencias, modas o conceptos resumidos en lemas publicitarios repetidos hasta la saciedad y que se acaban convirtiendo en dogmas incuestionables.

Ya no cuestionamos nada. Ni la ciencia, ni las informaciones, ni la política,  ni la tecnología, sometidos a los mensajes de gurús, influencers, periodistas y artistas pagados para dar credibilidad y mayor penetración a esos mensajes sin consistencia.

Hoy la sostenibilidad está en boca de todos. De empresas, de instituciones, de políticos, y de organizaciones nacionales e internacionales. Todo es sostenible. Todo debe ser sostenible. Todas las inversiones deben buscar la excelencia sostenible.

Vivimos felices en la mentira de la sostenibilidad. No hay actividad económica que realmente sea sostenible, salvo aquellas personas que tienen un huerto casero. La sostenibilidad es el nuevo dogma convertido en una etiqueta para vender más caro.

Los objetivos de sostenibilidad son insostenibles. No se aguantan por ningún sitio. Nuestros gestos de cada día son insostenibles pero nos han vendido la falsa idea de que algunos de ellos nos convierten en superhéroes ecológicos.

La ropa es una de las industrias más insostenible que conocemos. Fabricamos millones de toneladas de ropa con procesos industriales que no son para nada sostenibles. Despilfarramos toneladas de materias primas, usando el terrible modelo de la economía de escala para reducir costes de fabricación. Millones de piezas textil que acabaran quemadas en algún desierto de África.

El año pasado se calculaba que 170.000 toneladas fueron quemadas en algún desierto de Perú. Pero seguimos asistiendo al nacimiento de nuevas marca de ropa, o a la abertura de nuevas tiendas de las marcas consolidadas. No hay mercado para tanto derroche de textil. Pero da igual. Seguiremos invadiendo centros comerciales, buscando la camiseta de 3€ sin importar de dónde viene, ni quien la fabricó.

Lo mismo pasa la agricultura. La absurdidad llega a niveles de Cantinflas o de Monty Python. No podemos llenarnos la boca de sostenibilidad, mientras compramos pepinos a Israel, que viajan por medio mundo, envueltos individualmente en un plástico retractilado.

Igual que pasa con el textil, el despilfarro en la agricultura es de juzgado. Y no por culpa de los campesinos que cobran precios de supervivencia por su cosechas. La culpa es del consumidor final. Ese consumidor que quiere todas las manzanas perfectas, las peras iguales y las lechugas limpias.  Y que después ira el fin de semana al campo a recoger manzanas del árbol, en su Tesla.

Se calcula que más del 40% de los alimentos son tirados a la basura, sea en origen porque no responden a los criterios de belleza o al final, porque no se han vendido.  40%, que me perdonen, pero no es nada sostenible.

Hace unos años le pregunte a la responsable de la pescadería de un hipermercado, ¿qué hacían con el pescado que no se vendía?. “Lo tiramos” me dijo. Entonces, ¿por qué llenas los mostradores con productos, si son las 8 de la tarde? Porque la empresa no quiere ver mostradores medio llenos. Alucinante.

Las bolsas de plástico es otro de esos mantras que esconde un negocio millonario. Si el plástico fuese el problema, lo eliminarían, en lugar de hacerte pagar por usarlo. Si pago, entonces puedo contaminar. Me recuerda aquella época negra cuando podías pagar a la iglesia para comer carne los viernes sin ser pecado.

La estafa de la sostenibilidad llega a su nivel de estupidez máximo con la pandemia. La sostenibilidad desapareció, como la gripe, para poder luchar contra el “virus asesino” que resulta que nunca lo fue. Millones de máscaras tiradas y contaminando en el suelo, en los ríos, en el mar, en las playas, en los bosques y cualquier lugar del planeta. Sin hablar de los millones de test de plástico, que nunca se reciclaron, a pesar de llevar reactivos médicos.

Por último, no podía falta el mayor engaño de la sostenibilidad en la que se ha convertido el Vehículo eléctrico, las energías solares, eólicas y las falsas energía verdes. Podríamos decir el VE, vehículo eléctrico, es la guinda del pastel. Ninguna de estas tres tecnologías es sostenible ni generan energía verde. La fabricación de las baterías es la industria más contaminante del mundo. La obtención de las materias primas para su fabricación requiere mover millones de toneladas de tierras raras, que hoy son la causa de la mayor destrucción de recursos, bosques, zonas verdes de la historia. Las tierras raras causan guerras y han generado una nueva explotación de niños esclavos, necesarios para extraer el tan preciado cobalto.

Tanto las baterías, como las aspas eólicas, fabricadas con epoxi de fibra de vidrio, no se pueden reciclar y son enterradas en desiertos de países pobres contaminando las aguas freáticas. Un informe de las empresas lubricantes indica que una sola torre eólica puede llegar a consumir hasta 3.000 litros de lubricantes al mes y que si no hay viento las hacen funcionar artificialmente para que no se estropeen. Lo peor es que “las energía verdes” solo representa en 5 % de toda la producción de electricidad. Destruir bosques para implantar parques eólicos, o tapas campos con placas solares solo puede ser el resultados de mentes desequilibradas.

Los VE, vehículos Eléctricos, se han convertido en la mayor hipocresía que ayuda a limpiar conciencia de aquellos que dicen salvar el mundo.

La lista de las incongruencias es larguísima y seguro que cada uno de nosotros encontraría actuaciones ridículas y absurdas en el día a día.

« Je t’aime moi non plus » cantaba Serge Gainsbourg y Jane Birkin en los años 70, cuando la palabra libertad aún quería decir algo. “Te quiero, yo tampoco” como una metáfora sobre las mentiras que a veces se esconden detrás de las palabras. 

Con la sostenibilidad, pasa lo mismo. Llámame sostenible, aunque sea mentira.

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