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Suicidios anómicos

Rafael Víctor Rivelles Sevilla
Rafael Víctor Rivelles Sevilla
Nacido en Valencia el 4 de Junio de 1961. Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid en 1986. Especialidad de Psiquiatría. Ejercicio actual en el Hospital Universitario La Paz.
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análisis

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Cada año se suicidan más personas. En España superan las cuatro mil. Un 128 % más que hace 40 años. Tres varones por cada mujer (lo cual no parece preocupar en absoluto al ministerio de igualdad). Ser hombre, haber realizado intentos de suicidio previos, beber alcohol, vivir solo o tener una edad en la que ya nadie te hace caso son clásicos factores de riesgo para matarte por tu propia mano. Es preocupante la imparable tendencia ascendente de suicidios y autolesiones en jóvenes y adolescentes. En la actualidad el suicidio es la primera causa de muerte entre los 12 y los 29 años. Conductas suicidas saturan los servicios de urgencias de los hospitales. Pacientes adolescentes que desafían a la muerte sin haber probado todavía el amor. Un disparate.

La OMS (ese organismo pantalla destinado a proporcionar cuantiosos beneficios a sus inversores) mediante guías y protocolos elaborados por «expertos» de numerosos países, considera el suicidio como un grave problema de salud pública, un síntoma de una disfunción mental que puede prevenirse mediante unas medidas implementadas por las autoridades sanitarias encargadas de gestionar, queramos o no ,nuestras vidas y en último término autorizar la muerte deseada ( eutanasia se llama). Para ello se necesita una mayor inversión en medicamentos, profesionales e infraestructuras sanitarias para lograr identificar el problema y tratarlo lo antes posible. Sabemos que la depresión es la gran pandemia crónica del siglo XXI. Con todo ello, sin duda, «salvaremos vidas». Hasta aquí la narración de los medios de propaganda oficiales. Se permite cierta ampliación del relato siempre y cuando se trate de cuestiones admitidas por la agenda oficial, es decir cuando el suicidio se relaciona con la violencia machista, con la identidad de género, con la integración del inmigrante o con el acoso escolar y con algo más de sordina si lo hace con la ruina económica o con los desahucios. Es estos casos se procederá a la utilización política del suicida. Todavía es pronto para plantear con claridad los nefastos resultados para la salud mental de las medidas adoptadas por los gobiernos durante la pandemia, más deletéreas que cualquier virus. Pero no nos engañemos, las propensiones suicidas en la población vienen creciendo de muchos años atrás.

Emile Durkheim (1858-1917) uno de los fundadores de la sociología planteaba en su ensayo de 1897 la relación entre el suicida y su nivel de integración en la sociedad en la que vive. Por ejemplo, la sociedad japonesa al final de la II Guerra Mundial sería «suicidógena» puesto que llamaría a sus hijos, fuertemente integrados en su ancestral cultura, al sacrificio voluntario de su vida en aviones «Kamikaze» o «cargas banzai». Constituyeron en su día un ejemplo de lo que Durkheim denominaba » suicidios altruistas». No existía enfermedad mental alguna. Eran individuos bien integrados a los que su sociedad incitaba hacia la muerte vestida de heroico sacrificio. 

Pero la sociedad puede presionar de otros modos mas sutiles y no explícitos. Anomia viene a significar ausencia de ley, de valores, de normas, de objetivos, de metas, es decir de todos aquellos elementos mediante los cuales las sociedades proveen de sentido, regulación y dirección la vida de sus integrantes. La familia (que educa) y la escuela (que instruye y engrasa lo educado previamente) son las instituciones donde los infantes se ponen en contacto con aquello que se les demandará de adultos y que se les transmite mediante el tiempo,  la paciencia, el amor y la dedicación  desinteresada e incondicional de los adultos. Durkheim definía el suicidio anómico como el que se produce en sociedades fallidas, dislocadas y difuminadas en valores esenciales(coraje, generosidad, prudencia, justicia, sacrificio, bien común, esfuerzo y curiosidad hacia el conocimiento). En la actualidad, la angustia, la insatisfacción, la inseguridad, el miedo y la falta de responsabilidad definen la posición de muchos individuos (e individuas, claro) enfermos de un narcisismo egoísta y hedonista, alimentado por el consumismo sin fondo, sin que terminen de aprender que la alegría no  la proporcionan las cosas y los objetos sino que debe ser uno mismo el que alegre a  dichas cosas y objetos. Son personas siempre demandantes, siempre quejosas, que han tenido tanto que su deseo se ha apagado quedando solo un irritado aburrimiento. Son personas incapaces de regular sus emociones, que se mueven entre el impulso y el rápido hastío, escasamente empáticas con el prójimo cercano e imposibilitadas para el sacrificio propio que permite la maduración. Porque se han educado con diversas pantallas, con la televisión o con el móvil, fascinados y envidiosos de petimetres y figurines inalcanzables y padeciendo en el fondo de intensos sentimientos de inadecuación personal. Porque lo que la OMS no dice es que está fallando la familia o el modelo que nos quieren vender. Desde luego que el anterior no era perfecto, pero es que no se ha inventado nada mejor. Porque es en la familia donde se enseña a ser resiliente y tolerar emociones displacenteras, a demostrar el amor y el enfado, a soportar que no te quieran todo lo que uno piensa que se merece y  poder reparar los agravios. Que en nuestra sociedad los sentimientos sean fuente de derechos resulta increíble. Lo mismo que durante el Romanticismo el amor quedaba inmortalizado mediante el suicidio, en la actualidad será la queja, una queja individualista e insolidaria hacia una sociedad que no termina de reconocer al suicida como alguien único y especial, ofendido porque no se le ha prestado la atención suficiente.  Son este tipo de suicidios anómicos los que más han aumentado. Hay otros muchos tipos de suicidios por supuesto. No queda espacio para hablar de ellos. Pero para este modo de quitarse la vida, disfórico y absurdo, vale aquello de que » el secreto de la felicidad no es hacer lo que uno quiera sino querer lo que uno hace». La frase es de Sartre, creo. Pero eso también se enseña en las familias. Se necesitarán legiones de psicólogos para tanto desatino y ningún «experto» podrá sustituir jamás el amor de una madre. Esta deriva ofrecerá negocio para algunos y sufrimiento para muchos. Tal vez, incluso en unas pocas décadas, la sociedad quede dividida en dos mitades a partes iguales, pacientes y terapeutas. Por supuesto ambos grupos igualmente insatisfechos. Sería como para terminar diciendo : ¡Es la educación ,estúpidos!

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1 COMENTARIO

  1. Se necesitan legiones de psicólogos porque, precisamente, lo que ha fallado es el amor de la madre. O del padre. O de ambos. Y no porque no amen a sus hijos, sino porque nuestra cultura nos incapacita («no la cojas en brazos, que se acostumbra», me dijeron cuando nació mi hija, hoy adolescente, o sea, que la anécdota es de antes de ayer). Padres, a quienes, a su vez, les fallaron también sus padres. Los padres son las primeras personas que nos fallan en la vida, tempranamente. Pero no es su culpa. Nuestra biología está diseñada por la evolución, para amar incondicionalmente. Es la cultura, la que reprime a la biología.

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