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Tebas tiembla ante el ‘Barçagate’

El presidente de la Liga de Fútbol Profesional dice que el escándalo de los pagos al colegio de árbitros ha “prescrito”

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análisis

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El árbitro ha pasado de ser aquel discreto hombre funcionarial, calvo y con barriga a un atlético protagonista del gran espectáculo del fútbol. Durante más de un siglo, el colegiado se vistió de luto. ¿Por quién? Por él mismo, decía Eduardo Galeano. Cuanto más lo odiaban los hinchas, más lo necesitaban como pararrayos sobre el que recaía la ira, la frustración y la rabia del pueblo. Hoy, los árbitros vuelven a estar bajo sospecha como cuando José María García los denigraba como “bultos sospechosos”. Tebas, el rey Midas del fútbol español, se ha inhibido vergonzosamente en el Barçagate. El presidente de la Liga de Fútbol Profesional (LFP) tuvo ayer la oportunidad de anunciar la apertura de una investigación sobre los casi 7 millones que el FC Barcelona supuestamente ha abonado al vicepresidente del Comité de Árbitros, José María Enríquez Negreira, para que garantizara la limpieza y la imparcialidad de la Primera División.

¿Más de mil millones de las antiguas pesetas a cambio de unos simples informes verbales? Suena mal. Y pese a todo, Tebas descarta cualquier tipo de sanción “deportiva” para el club catalán porque todo ha prescrito. Al hombre que dirige los destinos de la competición habría que recordarle que la vergüenza no prescribe nunca. Una vez más, nos encontramos ante un federativo al que se le llena la boca de buenas palabras pero que, a la hora de la verdad, cuando se descubre un pastel monumental que destroza la imagen de nuestro deporte rey más allá de nuestras fronteras, escurre el bulto, se encoge de hombros y se aferra a la manida coartada de la prescripción para inhibirse. No es de recibo.

Tebas sabe muy bien que el Barça y el Real Madrid son las dos franquicias que sostienen el fútbol español. Sin culés ni merengues la Liga Profesional española no es nada. El público asiático, el árabe, el americano y africano es fan de uno de esos dos equipos. Unos se enfundan la camiseta blanca, otros la blaugrana, y esa rivalidad planetaria, cósmica, universal, es la que lleva a millones de espectadores a seguir los clásicos de cada temporada en las diferentes plataformas televisivas de pago. Puede haber algún camboyano o vietnamita por ahí que sea del Getafe o del Cádiz, pero es raro. Las dos Españas futbolísticas, el bipartidismo balompédico ibérico que se exporta mejor que el jamón pata negra, los vinos de Rioja o la paella, han resultado ser un negocio redondo para Tebas, que no quiere cargarse la gallina de los huevos de oro. Esa es la auténtica razón, y no la prescripción, que le lleva a hacer la vista gorda con el caso Negreira.

En los últimos años el Barça ha acumulado expedientes equis más que turbios: el episodio de las cuentas falsas en redes sociales, el fichaje de Neymar, las deudas de Messi con Hacienda, la contratación de jugadores menores de edad, el fair play financiero, la bancarrota durante la pandemia, los asuntos de Piqué con la Supercopa y en ese plan. Hace tiempo que Can Barça, más que un club, es una prodigiosa fábrica capaz de producir thrillers, novela negra e historias policíacas. Por haber ha habido hasta la condena de un inocente, el presidente Rosell, que se convirtió en protagonista de una triste película carcelaria al más puro estilo de Falso culpable, el clásico de Hitchcock.

Tebas lleva el apellido de aquella ciudad de la Antigüedad bañada en oro junto al Nilo. Hoy, en su Luxor futbolístico medran muchos que se lo llevan haciendo el egipcio, o sea una mano delante y otra detrás. Y todo prescribe con demasiada facilidad, sin que se indague en nada. Ha mercantilizado el fútbol hasta el punto de que los alevines de la cantera firman precontratos millonarios con los grandes equipos antes de que sus madres les retiren el chupete. Ha encarnado el éxito deportivo y financiero de nuestra Liga centenaria, el gran salto adelante hacia la superprofesionalización, y sabe que todo eso se ha forjado gracias al gran negocio de la televisión mundial, que paga miles de millones de dólares por retransmitir hasta en el Congo Belga nuestra deportiva guerra civil futbolística: el centralismo frente a la periferia, la república contra la monarquía, el Barça-Madrid. Toda esa formidable pirámide tebana de dinero, todo ese chiringuito egipcíaco acumulado en las últimas décadas, puede venirse abajo ahora, como un castillo de naipes, si Fiscalía demuestra que hubo tongo culé con los árbitros. Por eso le tiemblan las piernas al presidente. Por eso no quiere ni oír hablar de sanciones drásticas como descender a los blaugranas a Segunda División o más abajo aún de ese infierno. El final del FC Barcelona sería el final de nuestra exitosa competición. Una Liga dictatorial con el Real Madrid como amo y señor reviviendo el franquismo futbolístico sería el desastre definitivo para la marca LFP, que rinde más PIB que el más boyante de los sectores industriales de este país.

De momento, el escándalo deja seriamente tocado el sistema. No hay un solo periódico internacional que no se haga eco del Barçagate. El portugués A Bola habla ya de “posible caso de corrupción” dentro del conjunto catalán. El prestigioso francés L’Equipe recuerda que la institución culé ha confirmado los pagos. El tabloide británico Daily Mail escribe que es un momento “desastroso” para un club al que han mirado con lupa en los últimos años. Y La Gazzeta italiana se sorprende de que una entidad como la barcelonista haya sido capaz de pagar una millonada a todo un vicepresidente de los árbitros. El daño es irreparable. Tiembla la NBA ibérica con la que soñó Tebas mientras Florentino ya piensa en pasar de pantalla, dar por superada la LFP e ir a por todas con su juguete nuevo: la Superliga europea. Esto del fútbol se ha convertido en una cruenta batalla financiera entre multinacionales. “Si no hay acuerdo, saldrán todas las irregularidades”, amenazó Negreira a Bartomeu como queriendo tirar de la manta. A fuerza de pelotazos han terminado por corromper el deporte. Antes teníamos el fútbol para evadirnos de las trapacerías de los políticos. Ya hasta eso nos han quitado.

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