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Todos somos Berta Vázquez

Las redes sociales siguen permitiendo ataques personales, insultos e improperios como el que ha sufrido la actriz durante la última gala de los Goya

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análisis

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¿Hasta cuándo vamos a permitir que esa panda de pirados que se dedica a insultar, a amenazar de muerte, a chantajear y a hundir las vidas ajenas siga actuando con total impunidad? La última víctima de los haters (ahora se llama así al macarra, abusón o matón de instituto que la toma con otro haciéndole la vida imposible) es Berta Vázquez, la actriz que en la gala de los Goya tuvo que sufrir todo tipo de gracietas de mal gusto, improperios y salvajadas varias propias de mermados sobre su aspecto físico y su sobrepeso. “No sé si es Berta Vázquez o alguien que se ha comido a Berta Vázquez”, tuitea un menoscabado intelectual. Pura intolerancia, puro racismo por razón de la condición personal de una persona, puro odio gratuito y sin razón.

Los manuales de psicología han descrito como “gordofobia” la conducta que consiste en humillar a las personas con algún kilo de más. El término fue acuñado en 1984 durante un estudio llevado a cabo por un equipo de científicos norteamericanos que detectó comportamientos de rechazo y actitudes negativas de algunos hacia la gente obesa. Además, hallaron que detrás de este tipo de conductas violentas estaba, como un factor etiológico decisivo, el miedo de los propios agresores a engordar ellos mismos. Una vez más, se comprobó que tras el odio al otro en todas sus formas y expresiones (odio a la mujer, odio al inmigrante, odio al homosexual, odio al mendigo, odio al que piensa diferente) lo que hay es un temor irracional e infundado que se enquista como un cáncer en la mente.

Los nazis supieron jugar muy bien con los miedos de la sociedad durante la gran depresión del 29. Eran años terribles: paro galopante, inflación, hambre, miseria y desmoralización ciudadana por las duras sanciones contra Alemania tras el final de la Primera Guerra Mundial. Había que buscar un culpable y Goebbels encontró al chivo expiatorio perfecto en la figura del judío, al que se elevó a la categoría de gran culpable de los males de la patria, además de enemigo público número uno. La xenofobia contra los hebreos no nació de la nada, fue un plan perfectamente diseñado por el Estado totalitario. Primero con pasquines y folletos callejeros que plantaron la simiente, más tarde con columnas y artículos de opinión en los periódicos. De las burlas, chistes e insultos a las víctimas se pasó a la rotura de los escaparates de sus casas y negocios. Después llegaron los apaleamientos, las palizas, las persecuciones de los miembros de las SA, los temidos “camisas pardas” hitlerianos. De ahí a los campos de concentración y a los hornos crematorios había solo un paso. Durante esos años la maldad campó a sus anchas por los aburguesados hogares de las familias alemanas.

No vamos a decir aquí que el “gordófobo” vaya a terminar saliendo a la calle para quemar a gente con sobrepeso. Pero los mecanismos psicológicos que mueven las diferentes formas de rechazo social no varían demasiado hoy en día con respecto a aquellos que empleaban los jefes de propaganda del Tercer Reich. La única diferencia es que antes la orden de actuar contra las minorías (entre ellas los discapacitados y afectados por malformaciones o taras físicas) la daba el jefe de escuadrón y ahora es Elon Musk el que, con su aberrante interpretación de la libertad, permite que se acose y linche públicamente a inocentes.

Hace tiempo que perdimos la esperanza de que las redes sociales regulen comentarios delictivos. Pero las autoridades deberían tomar cartas en el asunto. El Gobierno promoviendo leyes; la Policía persiguiendo a los delincuentes del terrorismo tuitero; y la Fiscalía llevando a los tribunales a los nuevos “camisas pardas” de esta desquiciada sociedad de la desinformación que hemos creado y tolerado. Hoy son los gordos a los que les han cogido manía sin justificación alguna; mañana serán los gafudos cuatro ojos, los bajitos pigmeos, los veganos comunistas o los nudistas que van contra la ley de Dios. El odio no se sacia nunca. El odio es como una alimaña que necesita tener a alguien a quien devorar constantemente. Y al final ya da igual el motivo o la minoría a la que atacar y destruir.

Un año más, la gala de los Goya se ha convertido en el escenario perfecto para que todas estas ratas de estercolero puedan desahogar sus instintos más primarios contra nuestros mejores artistas y hoy es Berta Vázquez y mañana la tomarán con Belén Rueda por su maquillaje, con Milena Smith por su vestido o con Penélope Cruz sencillamente porque sí (muchos han hecho del insulto a la más laureada de nuestras actrices su gimnasia diaria). A todas ellas se las dedica lindezas como “tiene la cara de cera”; “lo que se ahorra en arreglar prendas que ha usado, se lo gasta en bótox”; “sus brazos dan grima”; “no está para enseñar las rodillas”; o “a su edad, ya no debería de ponerse coleta alta porque tiene cuatro pelos”. Hay ira, mucha ira, claro que sí, pero también toneladas de envidia, gran pecado nacional del español, y algo de complejo, de trastorno y de frustración personal (ya dijo Bernard Shaw que el odio es la venganza de un cobarde intimidado). Por supuesto, y de esto ya hablaremos otro día, hay el fracaso de una sociedad neurotizada, cruel y enferma.   

Lo hemos dicho aquí otras veces. Ya que los magnates que dirigen las redes sociales se niegan a filtrar comentarios y agresiones verbales, lo mejor que se podría hacer con este Gran Hermano del nuevo fascismo posmoderno sería cerrarlo.

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