domingo, 16junio, 2024
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Una bofetada en la Meca del cine

Julián Arroyo Pomeda
Julián Arroyo Pomeda
Catedrático de Filosofía Instituto
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análisis

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La Academia del cine concede todos los años premios, en forma de Oscar, a las que consideran mejores películas del año en cualquiera de sus modalidades. Los invitados constituyen la flor y nata de las plataformas cinematográficas de cualquier parte del mundo. Los premiados tienen asegurado el éxito comercial, cuando se exhiben sus productos. Tener un Oscar es su mejor representación. El público está seguro de que aquello será de gran calidad, si tiene tal galardón.

Este año 2022 ha sido una celebración histórica, porque nunca ha sucedido nada igual. Will Smith, uno de los actores más reconocidos de la actualidad, ha propinado una fortísima bofetada a un presentador cómico, Chris Rock, por haberse burlado de Juda Pinket, la pareja de Smith, que lleva rapada cabeza a causa de su alopecia. Da la casualidad de que Smith y Rock son amigos.

¿Cómo hay que interpretar el hecho? Es una vergüenza que ocurran estas cosas donde sea y todavía más en la celebración de los Oscar. Solo puede calificarse  la acción de surrealista, es decir, absurda, alocada, irracional y fuera de toda lógica. Esto es lo que ha ocurrido en la celebración de la fiesta de los Oscar ahora, sin que nadie haya podido evitarlo.

Smith ha mostrado una mentalidad demasiado primaria. Me ofenden, haciendo una broma de pésimo gusto acerca de mi mujer, pues esto lo resuelvo yo directamente con un puñetazo en la cara del agresor, tan fuerte que se le quiten las ganas de volver a repetirlo más.

¿Había otra forma de hacer lo mismo de una manera más elegante y graciosa? Desde luego que sí. Al recibir el premio, podría haber dedicado otra broma más ingeniosa todavía con unas palabras que descalificaran al agresor y le pusieran en su sitio, provocando las risas del auditorio y ridiculizando al provocador. Smith es un hombre tan ingenioso que no le hubiera costado hacerlo y habría quedado bien.

Las gracietas de cualquier presentador en una gala importante tienen que pensarse bien y no hacerlas a costa de herir y molestar gravemente a otras personas, especialmente si se encuentran en tratamiento médico o psicológico, porque pueden ser traumáticas para ellas, aunque solo pretendan ser una broma.

La mentalidad norteamericana para soportar las bromas más crueles contra los demás es algo caracterizador en los actos públicos. No les da ninguna importancia, creyendo que hay que aguantarlas, ya que va en su oficio. Es cierto que uno debe ser capaz de reírse hasta de sí mismo, pero hay veces que caen mal y habría que pensárselo mucho antes de hacerlas.

Cuando uno es famoso y tiene millones de seguidores, no le está permitido actuar espontáneamente y sin pensarlo. Sus millones de seguidores podrán querer hacer lo mismo, o algo parecido, y hay conductas que no son ejemplares. Cada cual tiene que comportarse como lo que es, no puede dividirse la profesión y la persona. En el oficio que uno desempeña ha de  reflejarse la persona que se es.

Desgraciadamente, meterse con las personas en forma humorística es algo de lo que se ha abusado entre nosotros desde tiempos inmemoriales. Ya es hora de que cambie tal mentalidad retrógrada y machista. No se puede justificar en esto a ningún presentador o presentadora, pero, desde luego, la respuesta de Smith no tiene ninguna justificación.

Nadie puede excusarse con eso de que mi mujer es cosa de mi propiedad. Las consecuencias de esta manera de pensar han sido siempre crueles. Esto es un claro abuso de poder, manifiesto en expresiones tan machistas como ‘o mía o de nadie’, ‘te mato, aunque me pudra en la cárcel’. La reacción emocional según él, o que actúa así por amor, que hace cometer locuras, demuestra una masculinización retrógrada, que abusa del poder, muestra la plenitud del machismo y una concepción del amor romántico trasnochado. La mujer es débil y por eso necesita protección, mediante violencia de palabra y hasta física, si es necesario. Como es mía, yo protejo su cuerpo contra otros hombres que deseen competir conmigo. Esto implica establecer relaciones de violencia.

Parece que el desconcierto fue general, porque los asistentes no sabían si lo acontecido se encontraba en el guión, hasta que oyeron los fuertes gritos de Will Smith, sentado en su butaca: “Mantén el nombre de mi mujer fuera de tu puta boca” (“Keep my wife’s name out of your fucking mouth”). Aquí ya todos reaccionaron, pensando que la cosa era grave. Chris Rock solo dijo que le había dado una buena paliza y continuó con su intervención como si no hubiera pasado nada, pero el espectáculo estaba servido. Lo cierto es que su broma fue discriminatoria, hiriente y fuera de lugar, aunque el recurso a la violencia de Smith, como una forma de solución, no tiene justificación alguna. No hay nada que pueda explicar semejante agresión.

Desde luego, nadie negará que dieran un gran espectáculo, nada ejemplar. Esto es también muy norteamericano. Como cualquier acto tiene sus consecuencias, ahora queda saber qué hará la Academia. Quitar el Oscar a Will Smith no tiene mucho sentido, una vez concedido. Además, es un superactor, cuyas películas producen grandes beneficios. Podría suspenderle de pertenecer a dicha Academia, o impedirle para siempre que entrara en tales actos, pero algo tendrá que hacer. Pronto lo sabremos.

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