Las políticas comerciales de Donald Trump han sido sumamente predecibles durante los dos primeros meses de su segunda presidencia, aunque parezca lo contrario. Los plazos arancelarios se han impuesto y se han retrasado sin motivo alguno, dejando al comercio internacional en la estacada.
Esa volatilidad parecía que era una pesadilla para los grandes inversores del uno por ciento más rico. Sin embargo, ahora tienen algo de claridad gracias al hiperbólico «Día de la Liberación» de Trump, un conjunto integral de aranceles de represalia impuestos a todos los productos importados de socios comerciales que en la imaginación de Trump y de sus fanáticos de MAGA perjudican las exportaciones estadounidenses a través de su propio régimen regulatorio.
Los multimillonarios ya no tienen motivos para estar nerviosos ni ansiosos. Van a obtener miles de millones en beneficios porque cuentan con los recursos para adaptarse adecuadamente y tomar decisiones financieras que expandan su capital, sin mencionar los beneficios económicos que recibirán de la rebaja de impuestos exclusiva y criminal que se aprobará en las próximas semanas.
En el lado de la mayoría de clase media y trabajadora, no puede decirse lo mismo. La imposición indiscriminada de aranceles sobre todos los bienes importados constituye un ataque criminal a su nivel de vida. La guerra comercial de Trump es una guerra de clases diseñada no para revitalizar la industria manufacturera estadounidense, sino para debilitar los impuestos progresivos .
La administración Trump argumenta, en términos similares a lo indicado en el Proyecto 2025 de la ultraderechista y supremacista Heritage Foundation, que la implementación de aranceles es crucial para el inicio de una nueva era de prosperidad estadounidense. El gancho de esta estafa es la esperanza de que ese régimen arancelario genere una enorme ganancia inesperada en ingresos fiscales, poniendo billones de dólares a disposición del gobierno federal en los próximos años. El dinero recaudado podrá utilizarse para reducir el déficit y pagar la creciente deuda nacional.
Según el argumento del tocomocho de Trump, las arcas del gobierno estarán tan desbordadas de ingresos que el IRS podría ser abolido y reemplazado por una nueva agencia, el Servicio de Impuestos Externos. Los impuestos federales sobre la renta gradualmente se volverán obsoletos y serán arrojados al olvido, para nunca más ser resucitados.
Sin embargo, importantes economistas, algunos de ellos galardonados con el Premio Nobel, ya han refutado muchos de los argumentos fundamentales de Trump y los cómplices de la estafa. El despliegue no estratégico de aranceles no devolverá la grandeza a la industria manufacturera estadounidense, y las matemáticas no respaldan las desorbitadas estimaciones de ingresos de la administración, sobre todo cuando las fórmulas están trucadas y las cifras utilizadas están manipuladas.
Para impulsar la manufactura nacional, es necesario implementar aranceles dirigidos a industrias con una demanda relativamente baja, pero creciente. De lo contrario, los aranceles sobre bienes altamente competitivos inflarán los precios y pondrán a las empresas estadounidenses en desventaja frente a sus competidores extranjeros.
Además, estos impuestos a la importación no serán pagados por empresas ni países extranjeros. Los aranceles serán pagados por las familias de clase media y trabajadora, y encarecerán diversos bienes de consumo importados, lo que ejercerá una mayor presión sobre los presupuestos de los hogares. Se estima que el «Día de la Liberación» reducirá los ingresos disponibles del hogar promedio entre 1.600 y 2.000 dólares mensuales. En resumen, no enriquecerá a los trabajadores.
Por otro lado, la subida de los precios impulsará las ganancias corporativas si los niveles de consumo se mantienen constantes, pero no hay garantía de que estos ingresos adicionales se inviertan en ampliar la capacidad productiva del país. Los beneficios empresariales se han disparado en los últimos 50 años, y estas ganancias no se invirtieron en la industria nacional, sino que se distribuyeron para financiar salarios excesivos a ejecutivos, pagos de dividendos a los grandes accionistas y recompras de acciones sin precedentes.
Los aranceles de Donald Trump, en todo caso, exacerban el problema ya existente de la desigualdad extrema. Cuando la riqueza de los ricos se expanda, utilizarán estos nuevos recursos para extraer más riqueza de la clase trabajadora mediante la adquisición de activos críticos, como viviendas e infraestructuras de las que dependen, como las centrales eléctricas, a menudo a través de empresas de capital privado y de gestión de activos.
Estas empresas de gestión de inversiones rara vez mejoran la calidad del servicio prestado, pero sí aumentan los precios para garantizar una mayor rentabilidad para sus clientes ricos.
Los aranceles implementados y las futuras rebajas de impuestos criminales para los multimillonarios no contribuirán a cumplir las promesas de Trump de equilibrar el presupuesto, impulsar la inversión en industria, aumentar la recaudación fiscal ni crear nuevos empleos con salarios dignos. No benefician a la clase trabajadora, pero sí transferirán una mayor parte de su riqueza e ingresos, ganados con tanto esfuerzo, a los más ricos.