Cuando el fascismo te llama fascista, algo estás haciendo bien

Abascal grita "fascismo" mientras practica cada día lo que dice combatir: autoritarismo, doble moral y desprecio por el Estado de derecho

02 de Abril de 2025
Actualizado el 03 de abril
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Cuando el fascismo te llama fascista, algo estás haciendo bien

El líder de la ultraderecha española, Santiago Abascal, ha vuelto a recurrir a su retórica más incendiaria para atacar al Gobierno, esta vez cargando duramente contra la vicepresidenta segunda, María Jesús Montero. Con su habitual tono bronco y provocador, ha acusado a Montero de ser “lo más fascio” que ha pisado un escaño azul, por unas declaraciones en las que supuestamente se cuestiona la presunción de inocencia tras la absolución de Dani Alves. Sin embargo, más allá del ruido, lo que revelan las palabras de Abascal es una doble moral escandalosa y un desprecio absoluto por el rigor jurídico, histórico y político.

¿Quién es el verdadero "fascio"?

Para empezar, la utilización del término “fascio” por parte de Abascal resulta tan cínica como ofensiva para la inteligencia democrática. Él, líder de un partido que glorifica el franquismo, que propone ilegalizar partidos de izquierda, que niega la violencia machista, que ataca constantemente la independencia judicial y la prensa libre, se atreve a señalar como “fascista” a una ministra por criticar una sentencia judicial o por expresar solidaridad con una víctima. El cinismo es absoluto.

El fascismo, en su definición más básica, mplica la exaltación del autoritarismo, el desprecio por los derechos humanos, la negación del pluralismo y la glorificación de un orden jerárquico,  patriarcal y excluyente. Es, por tanto, profundamente irónico que el líder de Vox, partido que defiende la recentralización del Estado, la persecución ideológica de sus adversarios y la regresión de derechos civiles, acuse a otros de comportamientos autoritarios. Es la clásica estrategia de la ultraderecha: acusar al adversario de lo que ellos mismos practican sin rubor.

La presunción de inocencia como arma arrojadiza

Abascal se muestra escandalizado porque una vicepresidenta cuestione, según su lectura, la presunción de inocencia. Pero, ¿cuál es su historial en esta materia? El mismo que ahora exige ese principio constitucional como sagrado, ha liderado una fuerza política que ha sentenciado públicamente a migrantes, activistas, mujeres feministas y hasta menores no acompañados sin juicio ni pruebas. ¿Dónde estaba su respeto a la presunción de inocencia cuando acusaban a los “menas” de violadores en campaña? ¿Dónde está cuando su partido difunde bulos sistemáticos sobre delitos cometidos por inmigrantes o sobre presuntas tramas criminales vinculadas al Gobierno, sin base judicial alguna?.

En su crítica a Montero por sus palabras tras la absolución de Alves, Abascal oculta algo fundamental: cuestionar una sentencia o defender el valor del testimonio de una víctima no equivale a abolir la presunción de inocencia. Es parte del debate democrático, y es legítimo, sobre todo en un país donde la lucha contra la violencia sexual aún arrastra muchas deficiencias judiciales y sociales. Defender a las víctimas no es “estar al margen de la civilización”, como dice Abascal; es estar al lado de los derechos humanos.

Corrupción selectiva y silencio cómplice

Otro momento de máxima hipocresía se da cuando Abascal denuncia presuntos casos de corrupción en el entorno del presidente Pedro Sánchez. De nuevo, la vara de medir es interesadamente elástica. Según él, hay que respetar la presunción de inocencia, pero acto seguido exige dimisiones sin juicio ni condena. ¿En qué quedamos? ¿Presunción o linchamiento?

Además, ¿qué autoridad moral tiene alguien para hablar de corrupción cuando su propio partido se ha financiado con dinero oscuro (como reveló la investigación sobre donaciones millonarias en Bannon style), cuando se niegan a condenar el franquismo y cuando sus socios europeos están manchados por escándalos similares?

La política del odio y el bulo

Lo que hace Abascal no es política con mayúsculas. Es agitación populista. Su discurso no se sostiene desde el análisis jurídico, ni desde la ética democrática, ni desde el respeto institucional. Lo suyo es una estrategia basada en generar enemigos constantes —feministas, inmigrantes, periodistas, jueces, políticos— para movilizar a un electorado que solo entiende el mundo en términos de confrontación.

Abascal no aporta nada nuevo al debate público, salvo más crispación. Su indignación fingida por la presunción de inocencia es solo una excusa para atacar a quienes detestan: mujeres empoderadas, gobiernos progresistas, jueces que no le dan la razón.

Santiago Abascal no defiende la presunción de inocencia. La utiliza como arma cuando le conviene y la pisotea cuando no. Su discurso está lleno de contradicciones, su tono es el de quien nunca ha creído en el diálogo ni en el respeto mutuo, y su presencia en el panorama político es una constante amenaza a los principios básicos de convivencia democrática.

Si alguien está “al margen de la civilización”, no es quien defiende a las víctimas o cuestiona sentencias polémicas desde una mirada de derechos. Es quien ha hecho del odio su proyecto político y de la mentira su principal herramienta.

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