Putin no combate una guerra, impone un castigo colectivo

El ataque sobre Kiev confirma que el Kremlin no busca negociar ni ganar territorio, sino doblegar una sociedad a base de terror y muerte

29 de Agosto de 2025
Actualizado a la 13:53h
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Putin no combate una guerra, impone un castigo colectivo

La reciente ofensiva del Ejército ruso sobre Kiev, que ha provocado la muerte de al menos 19 personas y ha alcanzado incluso instalaciones diplomáticas de la Unión Europea, no puede analizarse como un simple episodio más en el largo y trágico conflicto ucraniano. Se trata de una escalada deliberada contra la legalidad internacional, contra los civiles y contra todo lo que representa un proyecto europeo libre y plural. El silencio o la tibieza no son opciones: esta guerra exige una respuesta política, diplomática y ética a la altura de la agresión.

Una guerra contra las personas, no solo contra un Estado

La invasión de Ucrania por parte del régimen de Putin no responde solo a intereses territoriales o geoestratégicos. Es, en esencia, una guerra contra los valores fundamentales de la convivencia democrática. Cada misil sobre un hospital, cada bomba sobre una escuela, cada ataque aéreo sobre infraestructuras civiles no es un error táctico: es una estrategia. Un método de terror orientado a quebrar la resistencia moral de un pueblo y a enviar un mensaje al resto del mundo: la impunidad aún puede ser una moneda de cambio.

El reciente bombardeo sobre Kiev, además de causar decenas de víctimas mortales, ha golpeado instalaciones diplomáticas de la UE. No es un accidente. Rusia lanza bombas, sí, pero también lanza advertencias. Su guerra es militar, pero también simbólica. Busca desestabilizar, amedrentar y silenciar. Y lo hace con una prepotencia brutal que se alimenta de cada fisura en la respuesta internacional.

Resulta crucial no olvidar que esta no es una guerra convencional entre dos ejércitos. Es un conflicto en el que una potencia imperial agrede a una nación soberana, despreciando los principios más básicos del derecho internacional humanitario. Negarlo, minimizarlo o caer en equidistancias intelectualmente cómodas es tanto como legitimar la barbarie.

Europa no puede ser neutral ante el crimen

La protesta formal de España ante el encargado de negocios ruso no es solo un gesto diplomático: es un acto de decencia política. Porque cada ataque de Rusia sobre población civil es una afrenta directa a los principios que sostienen la arquitectura europea: la protección de la vida, el respeto a la soberanía y el rechazo a la guerra como herramienta de imposición.

Europa, que durante años ha dudado entre el pragmatismo económico y la firmeza democrática frente a Moscú, debe entender que no cabe ya lugar para ambigüedades. Cada euro que llega a Rusia vía comercio o cada voto de abstención en las instituciones internacionales, sostiene una maquinaria de destrucción que solo entiende el lenguaje de la fuerza.

Es momento de una postura clara y sostenida: embargo total de armas, aumento de las sanciones y apoyo reforzado a Ucrania, tanto en lo militar como en lo humanitario. Pero también, y esto es esencial, una política común de asilo real para quienes huyen del horror, sean ucranianos, georgianos, rusos disidentes o cualquier otra víctima del autoritarismo en la región.

Conclusión: No se trata solo de Ucrania. Se trata del orden internacional, de los derechos humanos, del valor de cada vida frente al cinismo armado de un régimen que solo conoce la violencia como forma de gobernar. Callar o contemporizar ante el terror nos convierte, por omisión, en sus cómplices. Y Europa no puede permitirse, una vez más, el error de mirar hacia otro lado.

 

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