Las llamadas tierras raras suenan a algo exótico, pero son esenciales en la vida cotidiana. Están presentes en móviles, ordenadores, coches eléctricos, satélites y hasta en sistemas de defensa militar. Sin ellas, el mundo moderno se detendría. Por eso, su control se ha convertido en un arma geopolítica de primer nivel. El reciente ofrecimiento de Vladímir Putin a Donald Trump para explotar estos recursos, incluso en territorios ucranianos ocupados, expone un peligroso juego de poder donde el dinero y los intereses de unos pocos multimillonarios podrían prevalecer sobre la democracia, la salud pública y el bienestar global.
¿Qué son las tierras raras y por qué son tan codiciadas?
Las tierras raras son un conjunto de 17 elementos químicos indispensables para la tecnología actual. Su nombre engaña: no son especialmente escasas, pero su extracción y procesamiento son complicados, costosos y contaminantes. Estos minerales permiten que las pantallas de los móviles brillen, que los motores eléctricos funcionen y que las turbinas eólicas generen energía. También son clave en la fabricación de armas de última generación, lo que añade un componente estratégico a su control.
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China domina actualmente el mercado global, produciendo más del 60% de estas materias. Estados Unidos, incapaz de satisfacer su propia demanda, busca desesperadamente alternativas. Aquí es donde entra el reciente movimiento geopolítico: Putin, consciente de la necesidad estadounidense, ofrece a Trump el acceso a vastas reservas en Rusia y en zonas ucranianas bajo control ruso.
Putin, Trump y el negocio que amenaza al estado del bienestar
La oferta de Putin a Trump no es un simple acuerdo comercial. Se trata de una jugada estratégica que expone una cruda realidad: para la élite ultrarrica, el dinero y el poder están por encima de la democracia y el bienestar de la mayoría. Las palabras de Trump son reveladoras: “Tienen cosas muy valiosas que podemos usar”. Esta declaración muestra el enfoque de un presidente obsesionado con los negocios, dispuesto a negociar con regímenes autoritarios si el precio es atractivo.
Este tipo de acuerdos pone en peligro los fundamentos de las democracias modernas. Las tierras raras se extraen mediante procesos altamente contaminantes que liberan sustancias tóxicas, afectan el aire y el agua, y suponen riesgos sanitarios para las poblaciones cercanas. En países con escasa regulación ambiental o control democrático, como Rusia, estos riesgos aumentan. Si las grandes potencias deciden priorizar el beneficio económico sobre la salud pública, el coste lo pagarán millones de personas.
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Un negocio sucio con consecuencias globales
Detrás de la aparente “colaboración estratégica” se esconde un proceso destructivo. La minería de tierras raras puede generar residuos radiactivos y químicos peligrosos. Los suelos se contaminan, los acuíferos se envenenan y las enfermedades respiratorias aumentan entre las poblaciones cercanas. En Rusia y en los territorios ucranianos ocupados, donde la protección ambiental es mínima y los derechos humanos están en entredicho, los riesgos son aún mayores.
Además, el negocio de las tierras raras se alimenta del debilitamiento del estado del bienestar. Los costes sanitarios derivados de la contaminación y las enfermedades recaen sobre la población, mientras que los beneficios económicos van a parar a las cuentas de unos pocos. Trump y sus aliados ultrarricos no ocultan su interés: maximizar ganancias a cualquier precio. La reducción del gasto público, la privatización de servicios básicos y la desregulación ambiental son parte del mismo plan. En este contexto, el estado del bienestar se convierte en un obstáculo que debe ser desmantelado.
¿Por qué Ucrania importa tanto?
Ucrania posee vastas reservas de tierras raras, especialmente en las regiones de Donetsk y Luhansk, ahora bajo control ruso. Según estimaciones, más del 70% de los minerales críticos de Ucrania se encuentran en estas zonas. Al controlar estos territorios, Rusia se asegura una posición dominante en el mercado global, ofreciendo a potencias extranjeras —como Estados Unidos bajo Trump— recursos a cambio de legitimidad internacional y negocios multimillonarios.
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Trump ve en Ucrania una oportunidad única: un territorio devastado por la guerra, con recursos inmensos, donde las negociaciones pueden inclinarse fácilmente a su favor. Pero el precio de este negocio no lo pagará él ni sus socios ultrarricos, sino el pueblo ucraniano y la estabilidad internacional.
Cuando el poder económico aplasta a la democracia
La relación entre Trump y Putin pone de manifiesto un patrón preocupante: la democracia es prescindible si interfiere en los grandes negocios. Putin, que ha utilizado el control de recursos energéticos como herramienta de poder, ofrece a Trump lo que más desea: acceso ilimitado a recursos estratégicos. A cambio, Rusia se garantiza influencia global y legitimidad sobre territorios ocupados.
Este tipo de acuerdos socava el orden internacional basado en el derecho y el respeto a la soberanía nacional. Si se normaliza que un país pueda anexionarse territorios y vender sus recursos al mejor postor, se abre la puerta a un mundo gobernado por el más fuerte, donde la ley y la ética quedan relegadas.
El coste humano y ambiental de un pacto inmoral
La explotación de tierras raras tiene un precio altísimo. Las comunidades locales sufren enfermedades, desplazamientos forzados y destrucción ambiental. En territorios en conflicto como Ucrania, estas consecuencias se agravan. Además, el negocio alimenta la corrupción, fomenta la inestabilidad y perpetúa el poder de las élites económicas.
Para Trump y sus aliados, este coste es irrelevante. Su visión cortoplacista y centrada en el beneficio ignora que el desarrollo sostenible y el respeto a los derechos humanos son esenciales para la estabilidad global. Mientras tanto, la población mundial asiste a cómo los acuerdos comerciales de unos pocos determinan su salud, bienestar y futuro.
¿Qué nos jugamos?
La disputa por las tierras raras va mucho más allá de los minerales. Está en juego el modelo de sociedad que queremos. ¿Una en la que el dinero y el poder económico decidan sobre la vida y la salud de millones? ¿O una donde la democracia, el estado del bienestar y el respeto a los derechos humanos prevalezcan?
El pacto entre Putin y Trump es una advertencia: si permitimos que el negocio se imponga a la democracia, el coste lo pagaremos todos. La riqueza mineral de Rusia y Ucrania puede ser un motor de desarrollo, pero solo si se gestiona de forma ética, sostenible y justa. De lo contrario, será el detonante de una crisis que pondrá en peligro mucho más que la estabilidad económica: nuestra salud, nuestras libertades y nuestro futuro.