Impuestos más bajos para los más ricos, la cara más cruel de la perversión del ser humano

16 de Junio de 2023
Actualizado el 02 de julio de 2024
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Las cumbres económicas, las reuniones del G7, del G20, de la OCDE o del FMI sólo interesan a los grandes beneficiarios de la desigualdad. No hay más que escuchar las declaraciones que presidentes de gobierno, jefes de Estado o ministros realizan en esos encuentros para darse cuenta que los beneficios de la desigualdad son tan grandes para el 1% privilegiado que el reparto asesino de la riqueza actual no va a cambiar de manos.

Hace apenas tres años los líderes políticos y económicos estaban decididos a resolver lo que se denominó «pandemia de desigualdad». En aquellos momentos duros todos los dirigentes hablaron de abordar las grandes divisiones que el coronavirus había puesto al descubierto.

No hay más que recordar cómo se homenajeaba a los trabajadores esenciales, se elogió el cuidado y el colectivismo, y se reconoció la importancia de servicios públicos bien financiados y de las redes de seguridad social.

Sin embargo, todo fueron palabras nacidas del oportunismo y de la necesidad de los líderes políticos de que sus índices de valoración no tocaran fondo. La esperanza y los llamamientos a un reinicio, para que la respuesta global a la pandemia se convirtiera en un portal hacia un mundo que eliminara la desigualdad entre el 1% más rico y el resto de la humanidad ya son un recuerdo lejano.

La realidad es que las diferentes crisis encadenadas (2008, pandemia y guerra de Ucrania) han colocado al mundo en una nueva era de desigualdad. El aumento del costo de vida, el desempleo, la devaluación de los salarios, los servicios públicos inadecuados por la insuficiencia de fondos públicos, y los fenómenos meteorológicos extremos con consecuencias devastadoras encabezan la lista de preocupaciones de las personas.

No solo la ansiedad y la frustración están llegando a su punto máximo, sino que las personas también son cada vez más conscientes de que sus gobiernos y las instituciones financieras internacionales, cuyas reglas están dando forma a la economía en las calles, no les están sirviendo. La ciudadanía se está dando cuenta de que mientras los abrumadores pagos de la deuda continúen siendo financiados por medidas de austeridad, con los más pobres y marginados soportando la peor parte, sus sociedades permanecerán en constante crisis y sus vidas en un estado de precariedad.

Cuando el Banco Mundial y los expertos del FMI hablaron sobre las subidas de las tasas de interés y del lento crecimiento, sus discusiones parecían irrelevantes para la realidad diaria de las personas que luchan en todo el mundo, no ya para tener una vida digna, sino para sobrevivir. Las aplastantes medidas de austeridad que devastan a las clases medias y trabajadoras en la actualidad, se están transformando en ideología global, independientemente de si están aprobadas por los gobiernos nacionales o no

En el último año todos los problemas económicos se atribuyen a «una tormenta global perfecta» con cuatro jinetes de la desigualdad cabalgando y destruyendo todo lo que se pone a su paso: aumento de la inflación, precios récord de alimentos y energía y, sobre todo, la guerra en Ucrania.

No obstante, la realidad es que la situación es consecuencia de décadas de políticas que sólo han servido a los ricos y fallado a las clases medias y trabajadoras. Después de todo, la desigualdad no es nueva: está absolutamente integrada en el sistema.

Actualmente, las crisis se han vuelto tan peligrosas y la ira pública tan extendida desde Nuuk hasta Tierra de Fuego, desde Nueva York hasta Tokio que los líderes están obligados a actuar. Hay que imponer impuestos a los ricos, por más que haya sicarios neoliberales que sigan intentando engañar a la ciudadanía con la mentira de que si los poderosos pagan los impuestos que les corresponden no habrá trabajo ni salarios. Se avecina tormenta porque las personas están cuestionando los mismos sistemas que sustentan la economía global.

La realidad es que las clases populares se hacen una pregunta muy lógica y llena de coherencia. ¿Pueden los que perpetúan el problema permanecer en el asiento del conductor para crear la solución? A quienes buscan combatir la crisis de la desigualdad les llama la atención que las personas más afectadas no sean consideradas parte de las soluciones propuestas por los líderes políticos.

La situación actual demuestra por qué los ricos y poderosos no pueden seguir hablando por los más pobres y marginados. No se puede salir de esta «tormenta perfecta» si la ciudadanía permite que las élites gobernantes reescriban alegremente las reglas mientras mantienen intactas las dinámicas de poder que llevaron a nuestras sociedades al borde del colapso en primer lugar.

Los políticos deben comprender que el clamor por un cambio sistémico está creciendo. La gente quiere encontrar sus propias soluciones y construir un nuevo sistema económico en el proceso.

Las élites han forzado tanto la situación para hacerse con el control del 100% de la riqueza que se ha cruzado el Rubicón. Las soluciones y los procesos encabezados por los países ricos simplemente no son suficientes: no se puede volver a la normalidad.

La pandemia ha dejado cicatrices que no cicatrizan. Los líderes políticos han olvidado las promesas que hicieron, pero la actual crisis de desigualdad que arruina la vida de tantos en todo el mundo continúa desafiando esta amnesia. La combinación tóxica de impuestos más bajos para los más ricos y priorizar el pago de la deuda sobre las necesidades y los derechos básicos de las personas es inaceptable y fundamentalmente injusta.

El mayor fracaso después de la crisis financiera mundial de 2008 fue no aprovechar la oportunidad única de cambio sistémico que se presentó. Los políticos de distintas ideologías permitieron que los que estaban a cargo y los responsables de la crisis trazaran el camino a seguir y garantizaran más sufrimiento y devastación.

La ciudadanía no puede permitir que la historia se repita. Los costos de continuar por este camino se han vuelto demasiado altos.

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