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Cinco días de abril

Rafael Víctor Rivelles Sevilla
Rafael Víctor Rivelles Sevilla
Nacido en Valencia el 4 de Junio de 1961. Licenciado en Medicina y Cirugía por la Universidad Autónoma de Madrid en 1986. Especialidad de Psiquiatría. Ejercicio actual en el Hospital Universitario La Paz.
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análisis

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Parece que el gran show del presidente Sánchez ha finalizado con gran éxito de audiencia y división de opiniones en el respetable. Abucheos y pataleo de un lado y aplausos entusiastas por el otro. No me queda claro el género de la representación ¿drama político? ¿enredo amoroso? ¿tragedia?¿suspense? ¿auto sacramental? Este último género me parece el más cercano por tratarse del  martirio de un santo laico tal y como se ha ofrecido Pedro Sánchez, con gran aparato escenográfico, un conflicto de carácter moral y un final apoteósico precedido de manifestaciones de fervor, cantos y bailes. Y lo mejor es que ha sido retransmitido por televisión. Todo un lujo. Queda por aludir a los villanos del drama que son todos los que no aplaudan la dramatización. Yo mismo. Debe de ser que soy un peligroso fascista. Aunque conmigo se equivocaría. Yo critico la representación por su falta de originalidad. En realidad a estas alturas de mi vida he visto dramas mucho más épicos. No se lo que opinaría Sófocles. Su Edipo me parece mucho mejor como héroe trágico.

Empecemos por la elección del argumento. La persecución judicial y el amor apasionado. Donald Trump lo hace mucho mejor y con más enredos judiciales y asuntos amorosos. La verdad es que si nuestro presidente se enterase de que le estoy comparando con Trump. creo que me consideraría un peligroso reaccionario y le daría un ataque de bilis. Lo siento, Trump polariza mejor. El parecido lo encontramos en los adversarios políticos, en ambos casos, Sánchez y Trump se encuentran frente a auténticas nulidades políticas, Biden por su deterioro cognitivo y Feijoo porque sencillamente no da más de sí.

Seguimos con el estilo. Abunda en repeticiones y reiteraciones innecesarias. En estos días de abril he escuchado tantas veces variaciones del vocablo «democracia» que ya lo oigo y me da risa, lo cual es muy negativo para una composición litúrgica. Se lo emplea como adjetivación emotiva y como sustantivo sacralizado. El problema es que los giros se hacen imposibles y confusos por no decir incomprensibles. Vamos con algunos :»democracia secuestrada» «democracia del odio» «valentía democrática» «depuración democrática» «ejercicio democrático» «ética democrática» «salud democrática» «democracia del respeto»…Bien, podría seguir pero incurriría en los defectos de la obra criticada. De igual modo  emplear términos como «derecha» «ultraderecha»  y «fascismo» termina por hacerse cansino y aburrir al personal no totalmente entregado, lo cual para cualquier drama resulta muy perjudicial. Peor todavía, desvía la tención del juego de espejos en el que nos movemos donde resulta aceptable todo pecado, delito o tropelía  siempre y cuando  lo cometan los de mi tribu. Si quien incurre en la falta es del equipo contrario, entonces deberá ser condenado a las llamas del infierno sin ningún género de dudas. Pero para eso ya tenemos el fútbol. La trama de un  mártir ( quizás el mismo Cristo) crucificado por  jueces fariseos, corruptos y ultraderechistas ensañándose con su amada, no resulta creíble en estas circunstancias. 

El final es importante. Lo siento, pero no es suficientemente trágico para que logre entrar en lo verdaderamente sagrado. Del paladín de la verdad a la vez que galán de la ardorosa pasión amorosa, se esperaba un desenlace más apoteósico para volver finalmente en unos meses arropado por las multitudes. Este final sólo logra convencer a los ya entusiastas y no calla la boca a los despiadados y farisaicos críticos que, emboscados en la judicatura, el Congreso y la administración pública intentan impedir que el héroe conduzca a las desvalidas ovejas al paraíso progresista del lenguaje inclusivo y la energía verde. Nada, a ver si nos vacunan  y nos confinan a todos otra vez para realizar la penitencia merecida.

En fin, nuestro sistema político se ha convertido en un constante circo, en un espectáculo compartido, eso sí, por la mayoría de los países occidentales controlados y manejados por unas élites egoístas y corruptas. Mira que me acuerdo veces de Robert Michels, sociólogo y politólogo que recordó su famosa Ley de hierro de la oligarquía que viene e enunciar que sea cual fuese el modo de gobierno, incluyendo por supuesto el democrático, conduce al gobierno de una élite, de una oligarquía privilegiada que maneja todos los resortes del poder. La propia dinámica de la organización en interacción con los deseos de algunos seres humanos de ser dirigidos y de otros de dirigir, precipita ese inevitable final en el cual unos cuantos manejan a muchos en función de sus propios intereses egoístas. Lo que contemplamos ahora no son más que peleas en el interior de las élites. Son complicidades traicionadas y no rectitudes ofendidas. Si se tratase de la Mafia o de la Yakuza se apuñalarían entre sí. Como eso, afortunadamente, todavía no sucede y todo queda en la propaganda, el insulto y la rabieta, nuestros políticos se toman el lujo de excitar las emociones de la masa (toda emoción, nada cerebro) para transformarla en una turbamulta que si se empeñan puede derivar en incontrolable. Es lo que tienen los espectáculos de las masas.

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