Corrupción en el fútbol (I): dinero negro, comisiones y blanqueo en la UE

29 de Enero de 2023
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infantino al thani

La exvicepresidenta del Parlamento Europeo, Eva Kaili, se encuentra entre los detenidos por corrupción en el caso Qatargate, una supuesta red criminal que hizo propaganda del pasado Mundial de fútbol organizado por el régimen árabe a cambio de jugosas comisiones y mordidas. Según la Policía, estamos ante uno de los mayores escándalos en la historia de la UE que demuestra que algo huele mal en el fútbol europeo.

Hasta la fecha al menos cuatro personas han sido arrestadas y acusadas de corrupción y lavado de dinero. Otras dos quedaron en libertad. Los agentes belgas han llevado a cabo una veintena de intervenciones policiales en Bruselas y han requisado más de 632.000 euros. Parte del dinero fue hallado en una maleta en una habitación de hotel de la capital belga.

Los primeros informes apuntan a que los arrestados llevaban tiempo influyendo en las decisiones económicas y políticas del Parlamento Europeo para favorecer al emirato. El entramado apunta a Eva Kaili, que fue eurodiputada durante ocho años. Se trata de una conocida política griega integrada en el Grupo de Socialistas y Demócratas de la Eurocámara. Tras el escándalo, fue expulsada del Pasok. A día de hoy tiene congelados todos sus activos y patrimonio. Los últimos discursos de Kaili dejaban un fuerte y sospechoso tufillo a tráfico de influencias. En una de sus últimas intervenciones, la política aseguró que Catar es “líder en derechos laborales” por abolir la kafala, una legislación que ha permitido la esclavitud de miles de trabajadores inmigrantes que participaron en la construcción de los estadios. “La Copa del Mundo es una prueba, en realidad, de cómo la diplomacia deportiva puede lograr una transformación histórica de un país con reformas que inspiraron al mundo árabe”, aseguró sobre los supuestos avances en derechos sociales en el emirato. Sobre la discriminación que sufren las mujeres cataríes no dijo nada.

Los eventos deportivos de la vergüenza

Mientras la policía de Bruselas prosigue con la investigación, la gran pregunta es cómo jugar al fútbol en un lugar como Catar que trata a las personas como ganado y con semejante grado de crueldad. La FIFA ha tenido las tragaderas muy anchas (y el olfato crematístico muy desarrollado) a la hora de permitir tanta explotación de todo tipo. Los jerarcas del fútbol mundial siempre se han vanagloriado de fomentar valores y principios humanistas como la paz, la solidaridad, la justicia social y la fraternidad entre los pueblos. Sin embargo, si repasamos la historia de la Copa del Mundo comprobaremos que a menudo todo ese discurso buenista quedó en mera farsa a la hora de conceder la organización del torneo a países dictatoriales o poco respetuosos con los derechos más elementales. Ya en 1934, el dictador italiano Benito Mussolini vio el filón del fútbol como medio de exportar al mundo la imagen del fascismo. Al margen del balompié, dos años más tarde y en la Alemania de Hitler, el Tercer Reich organizó los Juegos Olímpicos más vergonzosos de la historia, con los que el nazismo hizo ostentación de su poderío económico, de su potencial militar y de sus abominables mitos y mentiras sobre la superioridad de la raza aria que un atleta negro, Jesse Owens, con sus cuatro medallas de oro, se encargó se desmontar en la propia pista.

Décadas después, durante el Mundial Argentina 78, mientras los sanguinarios generales de la Junta Militar de Jorge Videla asesinaban y torturaban a miles de personas acusadas de pertenencia a la disidencia política, el público vibraba en los estadios con los goles de la albiceleste comandada por el gran Mario Kempes. A pocos metros del Estadio Monumental, donde las selecciones se jugaban su futuro en la competición, en la siniestra Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), miles de argentinos eran detenidos y sometidos a todo tipo de torturas y vejaciones. “Es el episodio más execrable de la historia de los Mundiales, el Mundial de la vergüenza”, asegura el periodista deportivo Orfeo Suárez. Miles de desaparecidos, siniestros campos de detención clandestina como el de la Marina y el coraje de unas madres, las de la Plaza de Mayo que escribirían una de las páginas más hermosas de la historia del ser humano en la lucha contra la opresión fascista, marcaron para siempre aquella cita futbolística.

Tampoco el Mundial de Rusia 2018 reparó en utopías idealistas sobre el respeto a los derechos humanos. Ese año la FIFA llevó el campeonato al país de Putin, que atravesaba por la peor crisis política desde el final de la era soviética. Las libertades de prensa, reunión, asociación y expresión habían sido recortadas o directamente abolidas. El Kremlin, a través de sus fuerzas de seguridad, reprimía duramente a la disidencia aplicando leyes represivas e incrementando la censura en Internet. La dictadura con mano de hierro de Putin era un hecho plenamente constatable por la comunidad internacional. Y todo ello con el escándalo del dopaje deportivo como telón de fondo. Una vez más, los indicadores desaconsejaban la celebración de la competición en un país totalitario y, sin embargo, el evento salió adelante. De nuevo la FIFA anteponía los intereses de algunos a la razón de la justicia.

Corrupción en Catar

Para blanquear el régimen catarí, justificar la celebración del Mundial en aquellas tierras y rebatir los argumentos de los países más exigentes con el respeto a los derechos humanos, Infantino ha recurrido a todo tipo de coartadas y teorías más o menos descabelladas y demagógicas. “Por las cosas que los europeos han hecho al mundo durante los últimos tres mil años deberían estar disculpándose otros tres mil antes de empezar a dar lecciones morales a la gente”, aseguró en un alarde de cínica hipocresía. Como si las salvajadas cometidas a lo largo de la historia por las potencias colonizadoras del hombre blanco diesen derecho a los jeques árabes de hoy a instaurar un infecto régimen de terror.

Todo lo que ha hecho la FIFA desde el principio en este turbio asunto de la concesión de los mundiales a Catar despide un fuerte hedor a corrupción. Ya en 2010, cuando el organismo internacional futbolístico anunció que el país árabe había ganado el concurso frente a las candidaturas de los Estados Unidos, Japón, Corea del Sur y Australia, el periódico francés France Football presentó pruebas contundentes de que aquella votación no había sido del todo limpia. Es más, se llegó a publicar que el emirato había sobornado a algunos votantes. El medio de comunicación galo bautizó su investigación como Qatargate y puso al descubierto una supuesta reunión celebrada en París en noviembre de 2010 –en los días previos a la votación de las candidaturas–, en la que participaron el entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy; el emir de Catar, Tamin bin Hammad al-Thani; el entonces presidente de la UEFA, Michel Platini; y el propietario del club Paris Saint-Germain (PSG), Sebastian Bazin. Según esta información, Platini, Sarkozy y la familia real catarí habrían llegado a un acuerdo para comprar los votos necesarios y favorecer a la candidatura del país a orillas del Golfo Pérsico. El acuerdo estaba cantado: Catar sería sede del Mundial 2022 a cambio de que los petrodólares inyectaran las acciones del PSG, un club a la deriva y con graves problemas económicos. Fue entonces cuando apareció en escena el fondo inversor Qatar Investment Authority, un grupo multinacional que compró al equipo parisino, lo rescató de la ruina y lo colocó en la élite europea. Uno de los grandes males del fútbol del viejo continente, los clubes-estado controlados por jeques árabes, había dado el gran salto adelante que todos temían. Y ya no habría vuelta a atrás.

Sin este pacto político, un país como Catar sin tradición futbolística, sin infraestructuras deportivas y con un clima desértico que perjudica el deporte de alta competición, jamás se habría alzado con la organización del Mundial. La figura de Platini salió seriamente tocada de aquel affaire. El 18 de junio de 2019 el astro galo fue detenido en París por supuesta corrupción. El arresto se produjo por orden del Fiscal Nacional de Finanzas “por actos de soborno activo y pasivo”. El propio Platini, que admitió haber votado por la candidatura catarí, fue suspendido por el Comité de Ética de la FIFA por un período de ocho años, al igual que Joseph Blatter.

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