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En defensa de la profesión periodística

Ángel Martínez Samperio
Ángel Martínez Samperio
Doctor en ciencias de las religiones por la UCM, periodista y escritor
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análisis

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Hoy escribo acercándome a los 82 años con paso lento mientras ellos parecen alcanzarme a la carrera. Estoy incluso en aquellos que Iñaki Gabilondo situaba en <<El fin de una época. Sobre el oficio de contar cosas>>. Ya sabemos que ese oficio consiste en hacer saber lo que otros no quieren que se sepa, y por eso oficia casi con carácter sacral. Por eso es toda una profesión en términos weberianos: <<[…] considerar que el más noble contenido de la propia conducta moral consistía justamente en sentir como un deber el cumplimiento de la tarea profesional en el mundo>>. Ya sé que en el fondo de esa comprensión moral del oficio palpita una vitalidad protestante, productora de prosperidad ilustrada.

Me temo que tal comportamiento resulta hoy revestido de heroísmo. Los medios de comunicación están afectados por la cuenta de resultados, y en ella por las carteras de publicidad que empresas simpatizantes del entorno mediático de derechas engordan y para que alcancen el poder trabajan. Resistir en el compromiso ético de informar con veracidad y opinar con honestidad sobre sucesos contrastados, fieles a los tres anclajes contrastados de toda información, es tarea heroica.

Escribo hoy expectante, cuando se dirime en los tribunales británicos el futuro de Julián Assange, y defensores suyos se concentran en su defensa ante los juzgados. Hace trece años que Gabilondo señalaba que <<tal vez Wikileaks haya servido, entre otras cosas, para anticipar el fin de la posibilidad de la ocultación>>. Bien que lo siento, Iñaki. No sé si coincidirás conmigo en que, en lo político, la miseria trapacera se exhibe hoy con toda procacidad y por ello es aplaudida y gana votos, y la verdad de la realidad se puede ocultar bajo toneladas de basura informativa, vertida con insistencia por acumulación de medios favorables a esa derecha que no termina de lavarse la cabeza o las intenciones, y desmesuradas puestas de relieve o de camuflaje fabrican marcos interpretativos o falsifican la realidad.

Hoy escribo abrumado por la invasión de la postverdad creadora de realidades paralelas a conveniencia y de relativismo. La que Slavoj Zîzek ha llamado <<apuesta postpolítica>> que amasa y amansa, que más que estímulo a razones de ética política elaboradas por el sujeto político, crispa, solivianta, o amasa y remansa, en tanto fomenta la que el profesor César Rendueles ha llamado <<lógica de la diferencia infinita inscrita en el núcleo mismo del capitalismo desregulado, un sistema máximamente ecuménico y tolerante con todo aquello que no limite la creación de plusvalía>>.

Hoy escribo teniendo ante los ojos mensajes antiguos: <Las enseñanzas de Amenemope>, aquel sabio egipcio de entre las dinastías XVIII-XX, entre los años 1300-1065 a.C., y sus proverbios que dicen: <<No falsifiques el documento del proceso>>; <<No divorcies tu corazón de tu lengua>>; <<No arruines a un hombre ante el tribunal>>; <<No arruines a un hombre con el cálamo sobre el rollo>>; <<El pico del Ibis es el dedo del escriba>>. El Ibis sagrado, blanca la pluma, negra la cabeza, clavaba su pico en la tierra para cazar serpientes. Valga la metáfora para defender hoy y aquí el ejercicio de un periodismo ético que cumpla su tarea de informar a la ciudadanía y controlar los poderes, los que se ven y los que se ocultan. Hay medios y hay mediocres. Que cada cual escoja.

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