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“Escribir es continuar la conversación con los libros y las películas y las canciones que te han hecho la escritora que eres”

La escritora chilena María José Navia traza en el explosivo ‘Todo lo que aprendimos de las películas’ diez historias fundidas a negro que resurgen con luz propia en medio de frustraciones domésticas y personajes inquietantes

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análisis

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En un pulso narrativo constante entre autora y personajes de sus relatos, la escritora chilena María José Navia (Santiago de Chile, 1982) enhebra en Todo lo que aprendimos de las películas (Páginas de espuma) una decena de historias con interconexiones intrínsecas sinuosas, apenas perceptibles, que desembocan en un conjunto homogéneo de relaciones afectivas más o menos desequilibrantes, que devuelven constantes preguntas al lector desde un poso de oscuridad para hacernos creer finalmente que quizá haya una luz allá lejos que nos ilumine el tortuoso sendero de la vida. Y mientras llega el ansiado palacio de Oz en medio de la Ciudad Esmeralda, María José Navia nos enseña a disfrutar del camino de baldosas amarillas con relatos deliciosamente musicales, cinematográficos… literarios con mayúsculas en definitiva.

Relaciones afectivas y familiares no del todo claras y otras realidades cuasimágicas, como el cine mismo, se entremezclan en estos diez relatos a modo de “cuentos encadenados”, donde personajes e historias se entrelazan en una simbiosis de encaje milimétrico. ¿Todo parte de un guion preconcebido o ha dejado que las musas encadenen las historias?

Es una mezcla. Aunque en las musas no creo. Se trata de una gran felicidad al escribir y trabajo/disciplina. Mucho de ambas cosas. Comencé escribiendo el primer relato, “Mal de ojo”, y seguí en orden. Ya cuando llevaba cuatro o cinco cuentos empecé a ver las conexiones que surgían espontáneamente (que nacen, claro, de mis intereses y obsesiones) y luego, en adelante, fui siguiendo el juego. Después, al trabajar el manuscrito completo, resalté algunas coincidencias y agregué tres cuentos posteriormente que me servían para mostrar otro aspecto de la “casa embrujada” (el cuento “Gretel” en el cual la tecnología se apodera de una casa), o de Constance y lo que pasa en la piscina (con los cuentos “Escenas borradas” y “Sirena”).

Precisamente en el primer relato, Mal de ojo, ¿tiene mucho que ver la oscuridad y la falta de luz que aborda con eso que asegura que “aprendimos de las películas”?

El primer relato, para mí, trae muchos de los temas que luego se irán desarrollando en el libro, como en variaciones. La luz y la oscuridad, las visiones alteradas (tanto los problemas a la vista como el ver la realidad desenfocada o sentirte invisible), los “vínculos del casi” como yo los llamo (casi parejas o casi familias que no están ahí para siempre sino que se eligen y son importantes por momentos), las películas (es la primera vez que aparece mencionado El mago de Oz, que será otra constante, pero también la idea de ir al cine como compartir oscuridad y un momento vulnerable). Quería que leer mis cuentos se sintiera como ir ajustando la mirada, como cuando vas al oftalmólogo y te va probando distintos lentes y aumentos, preguntando: ¿ves mejor ahí? ¿Y ahora? En mi libro, voy presentando personajes, y quien lee se hace una idea, y luego volvemos a verlos más adelante y hay que ajustar esa idea. Volver a mirar.

¿Hasta qué punto el lenguaje cinematográfico guarda un paralelismo con el de sus relatos?

Le tengo un gran respeto y admiración al lenguaje cinematográfico pero a mí me importa trabajar el lenguaje literario; la palabra. Yo reviso mis cuentos leyéndolos en voz alta y grabándolos en mi teléfono para luego escucharlos y escucharlos para editarlos “de a oídas”. Los escucho como si fueran canciones, en los audífonos, mientras camino o en mi casa. Así me voy dando cuenta de la musicalidad, de las palabras que no suenan bien o los momentos en los que pierdo la atención. Sin embargo, en este libro, hay algunos juegos con el lenguaje cinematográfico. Así, por ejemplo, el último cuento, se llama “Calima” y es mi forma de terminar el volumen en un mundo en sepia con una joven mujer junto a su perro. Un guiño al comienzo de El Mago de Oz, justo antes de que llegue el tornado y volemos a Oz (que es de lo que va mi próxima novela).

Cine, música, literatura… Artes por igual, ninguno por encima del otro. ¿Firmaría conmigo esta afirmación?

Absolutamente de acuerdo.

“Ya cuando llevaba cuatro o cinco cuentos empecé a ver las conexiones que surgían espontáneamente (que nacen, claro, de mis intereses y obsesiones) y luego, en adelante, fui siguiendo el juego”

¿Y cómo se puede aprovechar, literariamente hablando, esta confluencia de artes que usted ensalza?

Me parece que todo se va entrelazando. Que nuestras vidas no se pueden entender sin las películas, libros o canciones que nos importan. Todo forma parte de nuestras biografías, de lo que somos. Entiendo a mis personajes así también y por eso las referencias. Escribir es continuar la conversación con los libros y las películas y las canciones que te han hecho la escritora que eres. Es esa maravilla. Yo soy una escritora que es muy feliz escribiendo porque escribir siempre implica ese reencuentro con todo lo que me hace muy feliz, lo que me da un lugar en el mundo. De ahí también la insistencia con los epígrafes.

Su estilo es cortante y de ritmo frenético, ayudado por un pulso lírico en la narración, que no resulta nada fácil mantener a lo largo de sus relatos por una dificultad manifiesta de concentración en el proceso de la escritura. Pese a todo lo consigue. ¿Dónde halla el secreto?

En algo que yo llamo “estudiar la pirueta”. Yo soy una escritora que es también profesora de la literatura en la universidad (hice una maestría, un doctorado en literatura) y entonces me acerco también a mi oficio de escritora con ese ojo. Cuando quiero lograr alguna “pirueta” en especial, un tono, un tipo de personaje o de historia, busco aquellos textos que lo hicieron antes que yo. Esa también es una forma de continuar la conversación y respetar y celebrar a quienes escribieron antes que yo. Hay escritores que dejan de leer mientras escriben sus propios libros. En mi caso, yo sigo leyendo siempre y así voy conociendo y probando cosas nuevas. Como practicando una nueva pirueta en patinaje en hielo (esa suele ser la imagen en mi cabeza) cada vez. Entrenando para las Olimpíadas, ja. Hay una mezcla rara (pero que yo disfruto mucho) de gozo y disciplina en todo lo que hago. Y, lo mejor (y que agradezco infinitamente) es que el “estudio” no ha logrado apagar o domesticar nunca el deslumbramiento. Sigo acercándome a los libros que me gustan con esa curiosidad feliz y la fascinación de una niña que recién aprendió a leer.

La maternidad, la vida en pareja, la insatisfacción personal rondando a los protagonistas de sus historias… La riqueza temática de sus relatos siempre se aborda desde un inquietante punto de vista donde la oscuridad parece querer imponerse a la luz, lo negativo a lo positivo… ¿Por qué?

No estoy de acuerdo en relacionar siempre lo oscuro con lo negativo. El cine tiene mucho de oscuridad. Necesitamos esa mezcla de luz y oscuridad, de silencio y sonido, para disfrutar las películas. Pasa lo mismo en la vida. Eso trato de reflejar, creo, en estos relatos. Ese entrelazamiento.

El haber escrito este libro durante la pandemia, ¿guarda alguna relación directa en esa mirada narrativa que tiende al negro cinematográfico?

Es una mirada encantada por las películas y que busca reconocer su importancia en nuestras vidas como parte de lo cotidiano. Las películas que nos marcan, que se quedan como líneas que nos aprendemos de memoria, como ejemplos que damos. Durante la pandemia yo temí que el cine se acabara (no las películas, sino el ritual de ir al cine, compartir la oscuridad con extraños y conmovernos juntos en nuestra vulnerabilidad) y me dediqué todo el confinamiento a ver muchas películas. Es un libro donde casi no aparece la pandemia pero es un libro pandémico en el sentido de que es un libro escrito por alguien encerrado en su casa viendo películas, un libro en el que las casas son espacios centrales (en tiempos en que estábamos obligados a permanecer en ellas) y hay mucha incertidumbre. Pero también quiero creer que hay esperanza en que, a pesar de no saber qué nos deparará el futuro, estamos ahora aquí y hay mucho de milagro y maravilla en eso. De ahí, también, mi insistencia en vínculos transitorios que son igualmente importantes y luminosos que otros que permanecen por más tiempo.

Está preparando su tercera novela, pero se ha decantado preferentemente por el relato breve. ¿Qué halla aquí que no tenga la novela?

Hay una posibilidad de controlar mejor lo que se está haciendo. Es una miniatura que puede trabajarse con mucho cuidado, frase a frase. Y, como te comenté antes, yo tengo un método de trabajo muy pensado para los cuentos. Ahora, con la novela (que es, además, una novela larga o al menos lo es para mis estándares), estoy teniendo que reinventar mi manera de trabajar y eso ha sido a la vez desafiante y muy bonito. No puedo grabar doscientas páginas o más e irlas escuchando como hacía antes y, hasta el momento, lo que he hecho (que no sé si recomiendo porque es lentísimo) es leer cada día todo lo que llevo para luego continuar escribiendo. Me gusta llegar a la página en la que voy con el peso de todo lo que viene antes, con todo lo que quien lee tendrá consigo en ese momento. Que esa “ola” de información nos deje frente a lo nuevo. Así soy mi primera lectora y me puedo ir maravillando en la sorpresa de lo que continuará. Yo nunca tengo el final pensado de antemano, voy armando mi camino de a poco. Esa es la curiosidad y la maravilla que me mantienen escribiendo.

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