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Feijóo, el aprendiz de estadista (II): las difíciles relaciones con Díaz Ayuso

La presidenta de la Comunidad de Madrid aspira a sustituir al líder del PP con la idea de gobernar España

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análisis

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Feijóo se mueve en una encrucijada dramática. Por un lado, tiene que construirse, a toda prisa, el personaje del gran estadista, el gran gestor que sabe de lo que habla y lo que se hace en todo momento. O sea, el mito del Kennedy gallego. Pero por otra parte sabe que le queda poco tiempo (las elecciones generales están a la vuelta de la esquina) y que debe echar toda la carne en el asador si quiere reconquistar la Moncloa para las huestes del PP. Perder en las urnas ante Pedro Sánchez sería letal para él, ya que Isabel Díaz Ayuso calienta en la banda dispuesta a tomar el relevo ya mismo. El partido no soportaría otros cuatro años en la oposición y esa urgencia a Feijóo le hace forzar la máquina, jugar al límite del reglamento, atravesar alguna que otra frontera y hasta contar alguna mentirijilla.

Como no puede tomar parte en los debates del Congreso (carece del acta del diputado), debe contentarse con participar en las tediosas sesiones del Senado, donde metió cabeza por la puerta de atrás después de la caída de Casado. Feijóo, en una de las brillantes genialidades que a veces le iluminan como el nuevo hombre fuerte de la política española que pretende aparentar, pensó que podía ser una buena idea arrastrar a Sánchez a la Cámara Alta para arrinconarlo a costa del plan de ahorro energético con el que el PP no está de acuerdo. Sin embargo, el tiro le salió por la culata. En un momento del debate, el presidente del PP se sacó un papel de la manga que presentó como el gran plan alternativo del Partido Popular para rescatar a España de la crisis de los combustibles. El dirigente conservador instó a Pedro Sánchez a sentarse a negociar el documento con el pretexto de que siempre será mejor llegar a acuerdos con el PP que con las minorías nacionalistas e independentistas que según él quieren romper España. Sin embargo, pasado el golpe de efecto, obtenida la fotografía del jefe de la oposición subido a la tribuna de oradores y sosteniendo entre sus dedos el famoso plan, lo único cierto es que se marchó del hemiciclo sin dar a conocer a la prensa ni una sola línea del supuesto documento.

Lo lógico hubiese sido que al término de la sesión Feijóo hubiese pasado una copia del informe al Gobierno, que lo hubiese repartido entre los diferentes grupos parlamentarios para su estudio y análisis y que hubiese dado copia a los periodistas para que los españoles tuviesen información de primera mano sobre sus iniciativas en medio de este desastre mundial provocado por la guerra de Putin y el cierre del grifo del gas ruso. Pero nada de nada. El mandatario popular terminó su cara a cara con Sánchez, metió el borrador en la carpeta, se frotó las manos muy sonrientemente y se largó con viento fresco. Solo días después hizo público su paquete de medidas de ahorro, lo que llevó a pensar que Feijóo se había marcado un farol en el trascendental debate del Senado. “El plan de ahorro del PP es un trampantojo”, dijo irónicamente el socialista Patxi López. Feijóo era perfectamente consciente de que no podía acudir al Senado solo con el “no” a todo lo que propusiese el Ejecutivo de coalición porque de inmediato sería acusado de filibustero, de rupturista y de antisistema. Antes del debate, sus propios asesores le habían aconsejado que moviera ficha ya, que no se instalara en el inmovilismo ni en un descarado obstruccionismo que con todas las cámaras de televisión apuntándole en directo lo dejarían en muy mal lugar. Así que se inventó lo del programa energético alternativo para simular que proponía algo tangible y para no quedar como un ocioso o haragán que va al Senado solo a meterse con la corbata de Sánchez.

Feijóo estaba seguro de que le daría la puntilla al presidente del Gobierno en el Senado, pero la realidad fue muy distinta. No solo no logró derrotar al jefe del Ejecutivo definitivamente y para siempre, sino que por momentos él mismo salió tocado. El punto álgido de la sesión llegó cuando, planteadas las posiciones de ambos contendientes (Sánchez presentándose como el paladín de un Estado de bienestar amenazado por la derecha, Feijóo proyectando la imagen más catastrofista de España) llegó el momento del cuerpo a cuerpo. Y ahí, justo es reconocerlo, el socialista mostró un colmillo mucho más retorcido, letal y killer que el líder del Partido Popular. Podríamos decir que, en una extraña inversión de papeles, Sánchez jugó a implacable depredador de la oposición mientras que el aspirante prefirió representar el rol victimista del hombre acosado, como si ya viviera en la Moncloa.

Llegado el minuto decisivo del cara a cara, el presidente empleó la ironía al mostrarse sorprendido de que una hora después de iniciado el debate su interlocutor no hubiese recurrido aún al manido asunto de ETA, ese fetiche del que tanto le gusta hablar a todo político español de derechas que se precie. “Le agradezco que no hable hoy de ese tema. Por lo visto ETA ha desaparecido de la agenda este verano y no tocaba sacar el comodín”, sentenció el premier. Fue entonces cuando Sánchez empezó a fustigar sin compasión a su rival, cuestionándole la supuesta fama de buen gestor con la que ha llegado de Galicia para hacerse cargo del timón del Partido Popular. El presidente solo tuvo que tirar de hemeroteca e ir desgranando titulares de prensa para desacreditar a su contrincante, que lleva meses incurriendo en incoherencias de todo tipo y haciendo bueno al Mariano Rajoy de las ocurrencias más disparatadas.

Así, Sánchez se remontó a marzo de este año, cuando Feijóo aseguró que el Gobierno se estaba “forrando” con los impuestos de los españoles, una gran falacia, ya que hasta el más desinformado sabe que la recaudación tributaria se distribuye entre las comunidades autónomas para que sean estas las que adjudiquen los pertinentes recursos a los diferentes servicios públicos claves para el funcionamiento del Estado de bienestar. “¿Fue insolvencia o mala fe?”, le preguntó el presidente utilizando una pregunta retórica con la que iría machacando a su interlocutor a lo largo de minutos que a Feijóo se le hicieron interminables, incómodos, eternos. El jefe de la oposición estaba perdido. Sánchez siguió afeándole el listado de contrasentidos que ha estado diciendo todo este tiempo, como cuando en el mes de abril propuso una deducción energética en el IRPF que ya había sido aprobada por el Gobierno; o como cuando dijo sin despeinarse que en Galicia apenas se pagan impuestos (falso, ninguna región se financia sin tasas y tributos); o como cuando, ya en junio, denunció fallidamente que la prima de riesgo rozaba los 250 puntos (en realidad estaba en 111, pero confundió ese índice económico con los tipos de interés).

 “¿Fue insolvencia o mala fe?”, volvió a la carga Sánchez. Para entonces, la figura de Feijóo comenzaba a achicarse en su escaño del Senado como el protagonista de aquella célebre película del cine clásico, El increíble hombre menguante, que también encogía paulatinamente. Pero el jefe de Gobierno tenía más, mucha más cicuta en el frasco cuentagotas. El presidente le recordó a su adversario que en el mes de junio auguró una recesión en España que fue descartada por todos los organismos internacionales de prestigio.

El listado de desatinos feijoianos registrados en la hemeroteca no quedó ahí. No hace demasiado tiempo, el líder popular calificaba de “timo ibérico” la “excepción ibérica”, una concesión que Bruselas ha hecho a nuestro país tras una ardua batalla del Gobierno español en la UE para desvincular la factura eléctrica de los vaivenes en el precio del gas. El mismo día que Feijóo hablaba de “timo” a los españoles, el precio de la factura bajaba hasta 150 euros el megavatio hora, tres veces inferior al que se pagaba en países como Alemania o Francia.

El jefe de los genoveses se ha lucido en otros asuntos de la máxima importancia, como cuando se confundió al asegurar que las pensiones entraban en la regla de gasto (no es así), cuando se opuso a un gravamen adicional a las compañías eléctricas por los beneficios caídos del cielo en plena crisis (otros países ya lo estaban aplicando) o cuando concedió una entrevista a cierto periódico amigo en la que denunció la presunta compra de votos por parte del Gobierno a cambio de cheques (en esa entrevista él mismo propuso un bono de 200 euros para los jóvenes).

“¿Es insolvencia o mala fe? Usted va a fracasar en su intento de derribar a este Gobierno como fracasó Casado”, remachó Sánchez dándole el descabello al jefe de la oposición. Si algo quedó claro en aquel debate fue que Feijóo no se sabe los temas económicos, que estudia poco y que comete errores demasiado abultados para alguien que aspira a llevar algún día el volante del país. Eso sí, su chiste sobre “el otoño del patriarca Sánchez” no dejó de tener su gracia. El problema es que España no necesita otro chistoso o brillante cómico del Club de la comedia. Ya padecimos a Rajoy en su día y así nos fue.

En un tremendo error de cálculo, el líder de la oposición había acudido al Senado convencido de que un cara a cara con Sánchez sobre medidas de ahorro para tiempos de guerra destrozaría al Gobierno de coalición. Convencido de que el inquilino de Moncloa rechazaría un duelo directo con él, al final se encontró con la desagradable sorpresa de que el presidente finalmente aceptó el reto. Y el Senado se convirtió en una emboscada o trampa mortal en la que perdió más que el propio Sánchez. Las malas lenguas cuentan que ya le ha puesto una velita a Santiago Apóstol, su mejor asesor, para no volver a fallar de aquí a lo que le queda de arduo camino a la Moncloa.

El fantasma de Ayuso y el riesgo de la trumpización

El dirigente gallego no salió airoso de su duelo senatorial con Sánchez, pero todo parece indicar que ese no es su mayor problema. Como tampoco debe serlo que las encuestas, muy positivas para el PP en las primeras semanas del efecto Feijóo, ahora vayan algo de capa caída, ya que el PSOE está remontando en los sondeos, recortando posiciones de forma inquietante para el futuro del político del PP que aspira a gobernar el país algún día. Ni siquiera la amenaza de Vox debe inquietarle demasiado, ya que las refriegas internas entre Santiago Abascal y Macarena Olona pueden llegar a erosionar el proyecto ultraderechista (de hecho, los estudios demoscópicos apuntan a que el suflé nacionalpopulista empieza a desinflarse de forma alarmante para Abascal). Si hay un asunto que hoy por hoy sigue quitándole el sueño a Feijóo, convirtiéndose en un auténtico quebradero de cabeza para él, ese se llama Isabel Díaz Ayuso. De alguna manera, tras su fratricida duelo con Casado en el que emergió victoriosa, la presidenta de Madrid ha salido fortalecida y ha vuelto a imponer sus tesis políticas en el partido. Feijóo no ha tenido más remedio que asumir como propios todos los discursos insumisos que Ayuso va lanzando contra Pedro Sánchez, como ese eslogan de que “Madrid no se apaga”. La presidenta madrileña se niega a reducir el consumo de luz en los escaparates de los comercios, monumentos y edificios oficiales, tal como establece el decreto de ahorro energético ordenado por el Gobierno central. Cada decisión que adopta el Ejecutivo encuentra la oposición de Ayuso, que ha terminado por convertirse en una gran “indepe” que se salta todas y cada una de las leyes que salen del Consejo de Ministros socialista.

Llegados a este punto, y tras conceder un suficiente margen de confianza a los primeros meses de gestión de Alberto Núñez Feijóo, cabe preguntarse: ¿se está trumpizando/ayusizando el presidente del PP y jefe del principal partido de la oposición? Es evidente que sí. Del dirigente conservador español apenas tenemos referencias parlamentarias (tal como se explicó anteriormente, la ley no le deja tomar parte en las sesiones del Congreso de los Diputados). Lo que hemos escuchado de él lo sabemos por sus comparecencias en el Senado, donde lo que allí se dice no parece interesarle a nadie ni gozar de repercusión mediática. Pero sí tenemos abundantes declaraciones públicas ante los periodistas, ruedas de prensa e improvisados canutazos en los que se ha revelado como un político al que no le duelen prendas recurrir a topicazos demagógicos, política basura o retórica fast food. O sea, trumpismo made in USA.

La ideología Trump consiste en una mezcla de nacionalpopulismo y conservadurismo extremo al margen de lo políticamente correcto y de las normales reglas del juego democrático. En ese estilo gamberro, filibustero y faltón podría encuadrarse a personajes como Santiago Abascal, Giorgia Meloni, Matteo Salvini, Jair Bolsonaro, Boris Johnson y Viktor Orbán, entre otros muchos aprendices de brujo que siguiendo los pasos del chamán Trump han entendido que el pueblo se traga mejor el programa ultra si el fascismo se maquilla, se dulcifica debidamente y se enmascara tras las instituciones democráticas. Hoy, los neonazis ya no van vestidos con uniforme militar, botas de cuero y la cruz esvástica en el brazo, tratando de asustar y meter miedo al personal, sino a la moda de la calle, confundiéndose con el resto de los mortales. El supremacismo elitista sigue estando ahí, las ideas reaccionarias no se abandonan, es más, siguen siendo las mismas que en 1933, pero la estética se ha amanerado tanto que la mayoría del pueblo ya no ve en sus dirigentes a peligrosos fascistas dispuestos a quemar judíos, sino gente normal, ciudadanos con sus mismos problemas e inquietudes. Uno de los grandes aciertos del totalitarismo contemporáneo ha sido saber adaptarse a la posmodernidad de la sociedad de consumo, camuflarse y simbiotizarse en un sistema democrático que ellos ya no tratan de derribar a fuerza de guerras, revoluciones y golpes de Estado, sino de transformarlo desde dentro.

El ejemplo paradigmático es Giorgia Meloni, la ultraderechista dirigente de Hermanos de Italia que se ha alzado con el poder en el país transalpino. Meloni ha iniciado una campaña tan agresiva como extravagante contra los dibujos animados Peppa Pig, que según ella adoctrinan a los niños italianos en nuevos tipos de familia como la formada por padres del mismo sexo. Aparentemente, Meloni podría ser nuestra vecina del quinto, una madre bien, elegante, educada, rubia de peluquería, con la que, sin conocerla de nada, nos pararíamos a la puerta del colegio para darle los buenos días y charlar de cualquier tema. Sin embargo, sus barbaridades contra los inmigrantes, contra el colectivo gay y trans y contra las abortistas dejan al descubierto al monstruo que lleva dentro. Meloni es facismo tuneado. Hermanos de Italia ha tratado de edulcorar su discurso para no infundir demasiado miedo en unas elecciones decisivas. Pero algunos integrantes de este esotérico grupo político ya han enseñado la patita anunciando lo que pueden llegar a hacer una vez alcanzado el poder. Uno de sus dirigentes, Calogero Pisano, coordinador del partido en Agrigento y candidato al Parlamento, ha sido cazado soltando loas y alabanzas a Hitler. “Meloni me recuerda a un gran hombre de Estado de hace 70 años”, dice, y no se está refiriendo expresamente al Duce, sino a cierto célebre alemán con bigotito que soltaba espumarajos por la boca. Otro líder local ultra, un concejal de la región de Lombardía, Romano La Russa, hizo el saludo fascista, sin pudor, durante un funeral. Obviamente, ante semejante manada de nazis hasta el ex primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, parece ya un rojo peligroso que anda lanzando propuestas socialistas para rescatar el Estado de bienestar.

El pueblo italiano se está ultraderechizando por hastío y desafección popular, por rechazo a la corrupción, por el enloquecido carrusel de partidos que se han ido alternando en el Gobierno hasta degradar el sistema. En definitiva: por el fracaso estrepitoso de la democracia moderna, tal como ocurrió durante la Primera Guerra Mundial con el nacimiento del Fascio de Milán de Mussolini. Si a ello le unimos el cabreo de muchos italianos con las políticas neoliberales de la Unión Europea, el sentimiento de orfandad del patriota nacionalista (todo italiano lleva uno dentro), la inflación, la pérdida de poder adquisitivo y el rechazo a los partidos de izquierda y a los sindicatos –unas veces incapaces de aportar soluciones, otras vendidos al gran capital y al poder financiero–, tenemos el retrato perfecto de una época que parece repetir escenas del pasado y que encumbra a Meloni como la nueva redentora y salvapatrias del momento.

Meloni no solo es el resultado de una izquierda acabada y enterrada en el baúl de la historia, también se ha aprovechado de una derecha clásica debilitada que desde hace tiempo viene blanqueando al nuevo fascismo trumpista emergente en no pocos países occidentales como España, Italia, Francia, Alemania o Suecia, por poner solo unos ejemplos.

Es cierto que Feijóo posee un estilo de hacer política diferente a la nueva fauna ultraderechista y que el traje de hombre educado, moderado y dialogante le viene que ni hecho a medida. Pero, más allá de las formas, más allá de que trate de pasar por alguien atento, cortés y respetuoso con sus semejantes que piensan diferente en cuestiones políticas, Feijóo sabe que coquetear con el trumpismo da votos, tal como ha demostrado su delfina Isabel Díaz Ayuso.

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