La caída del primer ministro portugués, Luís Montenegro, parece inminente. Acosado por escándalos de corrupción (llegó a la política para supuestamente regenerar el país) el dirigente conservador no ha superado la cuestión de confianza que ha planteado al Parlamento. La Justicia anda detrás de él tras las sospechas suscitadas por un conflicto de intereses en relación a unos negocios familiares y la inestabilidad empieza a apoderarse de nuestros vecinos. Todo apunta a que Portugal se encamina a sus cuartas elecciones en cinco años y medio.
Montenegro ha visto cómo el Partido Socialista (PS), el ultraderechista Chega, el Bloco de Esquerda, el Partido Comunista (PCP), Livre y los animalistas del PAN han votado en su contra a su moción de confianza; mientras que tan solo los diputados de su partido, el Partido Social Demócrata (PSD), el CSD y los liberales han respaldado su gobierno.
La caída de Montenegro abre la puerta al socialismo de la escuela António Costa, injustamente apartado del poder tras una cruenta caza de brujas. Costa fue acusado de corrupción, decidió presentar su dimisión y finalmente se demostró su inocencia. El 24 de noviembre de 2015, fue nombrado primer ministro de Portugal por el presidente Cavaco Silva. El 7 de noviembre de 2023 anunció su marcha después de que la Fiscalía lusa iniciara investigaciones contra él y algunos miembros de su gabinete por presunta corrupción, prevaricación y tráfico de influencias. Con anterioridad, el Ministerio Público había investigado las sospechas que se vertían sobre el Ejecutivo por un posible trato de favor en concesiones de litio en las minas de Romano y Barroso, además de un proyecto de una central de producción de energía a base de hidrógeno. Todo se demostró falso. E incluso la Fiscalía tuvo que admitir que había confundido a António Costa en una transcripción y que el presidente no estaba investigado, sino su ministro de Economía, António Costa Silva.
Pese a la injusticia, Costa decidió apartarse de la política, provisionalmente, para demostrar su inocencia. Se centró en limpiar su nombre y cerrar ese capítulo de su vida tras dejar el país y la economía portuguesa en una situación más que vigorosa. Dimitió por responsabilidad, no como algunos que se aferran al cargo pese a estar manchados por la corrupción. Un caso similar al de Lula Da Silva, el dirigente socialista brasileño que se vio envuelto en otro escándalo. El 12 de julio de 2017 Lula fue condenado en primera instancia a nueve años y seis meses de prisión por el juez Sérgio Moro. Tras la condena estuvo 580 días encarcelado e imposibilitado de presentarse a las elecciones presidenciales de 2018, que ganó Jair Bolsonaro, quien a su vez nombró al juez Moro como ministro de Justicia. El 8 de noviembre de 2019, tras cumplir su sentencia, se ordenó su liberación. El 8 de marzo de 2021 uno de los jueces de la Corte Suprema anuló todas las sentencias dictadas contra Lula, debido a que el juez Moro, según ese magistrado, carecía de competencia para entender en los supuestos delitos que le imputó y por ende se inició una investigación en contra del magistrado. En 2023 la Corte Suprema de Justicia de Brasil anuló la validez de las supuestas pruebas de corrupción y se refirió a la condena a Lula como un “error histórico”. Pero el daño para la causa socialista, al igual que en el caso de Costa, ya estaba hecho.
Hoy Costa ya no es el líder socialista. Ejerce como presidente del Consejo Europeo desde 2024 y su sucesor en el partido es Pedro Nuno Santos, que en 2023 fue elegido para suceder a António Costa como secretario general del Partido Socialista. Asumió el cargo el 7 de enero de 2024. Pero de alguna manera su figura queda rehabilitada en otro caso insólito de justicia poética. Se ha demostrado que fue objeto de una cacería de la derecha con el impulso de los ultras, empeñados en manchar la imagen de los demócratas progresistas en todo el mundo. Los últimos sondeos, como el realizado por Diário de Notícias, coloca al Partido Socialista en cabeza con un 30,8% en intención de voto frente al 25,8% de la coalición de derechas en el Gobierno. Por otro lado, en el sondeo de Pitagórica de marzo, la coalición de derechas entre PSD y CDS tenía una ligera ventaja dentro del margen de un empate técnico (33% frente al 29% de los socialistas). Chega, por su parte, cae al 13,5% (frente al 18,1% de las elecciones legislativas), tras la serie de escándalos que han dañado al partido. El resto de formaciones están en línea con sus resultados de hace un año. Es la hora de Costa. Quizá ya no opte a la presidencia de Portugal (está por ver qué papel va a jugar en el nuevo socialismo de Nuno). Pero sin duda podrá regresar a la primera línea de batalla con la cabeza bien alta. Quienes intentaron acabar con él por medios maquiavélicos y siniestros chapotean hoy en el detritus de la corrupción. A veces, estas cosas pasan.