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José Antequera: «Estamos pagando el plan de algunos para desmantelar la prensa libre e independiente»

El escritor y periodista presenta su última novela, 'Montenegro y su venganza', en la Semana Negra de Gijón

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análisis

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El escritor y periodista José Antequera, subdirector de Diario16, acaba de pasar por la Semana Negra de Gijón para presentar su segunda novela, Montenegro y su venganza, un “retrato negro del cuarto poder”, como lo ha definido Alejandro Gallo, que moderó y condujo el acto. En esta historia a caballo entre el realismo social y el género noir, Antequera nos presenta a un veterano periodista de Cultura del diario valenciano El Independiente, Vincent Montenegro, que tras ser despedido decide emprender una venganza implacable contra los oligarcas de los grandes grupos mediáticos y multinacionales que controlan los medios de comunicación.

No estamos ante una novela negra al uso. El personaje principal de la historia no es un detective privado como suele ocurrir con las tramas policíacas. Tampoco hay crímenes, en realidad no hay ni un solo asesinato que investigar en las más de doscientas páginas que tiene la novela. Y en cuanto al estilo, el autor se recrea en algunas digresiones, descripciones y monólogos interiores que exceden de los cánones del género, siempre enfocado a la acción y la trama. Sin embargo, el resultado funciona de acuerdo con lo que pretende el narrador y la tensión se mantiene hasta un inesperado final.

Pese a las innovaciones, Montenegro desprende un claro aire chandleriano. Estamos sin duda ante un antihéroe romántico que imita el modelo del detective Philip Marlowe. Pero, sobre todo, Montenegro y su venganza nos habla de una experiencia humana traumática como es el despido laboral, que ha afectado a miles de periodistas en los últimos años de crisis, entre ellos al propio autor, que también terminó víctima del ERE. En 2012, en lo peor de la recesión, más de 12.000 profesionales fueron a la cola del paro, el sector que más sufrió los estragos de la crisis después de la construcción con un 51 por ciento de tasa de desempleo. “Fue una gran tragedia para el país que aún estamos pagando porque el gremio periodístico está hecho un desastre. Baja calidad de la información, salarios bajos, explotación laboral, despidos… Hay que ser todo un héroe para dedicarse hoy al periodismo. Supongo que alguno por ahí arriba, en los despachos del poder, consiguió lo que quería: desmantelar la prensa libre en España y que no se hablara de la corrupción enquistada en el sistema. Creo que fue Thomas Jefferson quien dijo aquello de mejor un país con prensa pero sin Gobierno, que con Gobierno pero sin prensa. Pues eso”, asegura José Antequera en la presentación de su libro en la Semana Negra.

La crisis de la prensa española viene de lejos. En concreto, estalló entre la última década del siglo XX y la primera del XXI. “El mal venía de lejos, de mucho antes, de una crisis de valores, de pluralidad, de independencia, de ética, una crisis general de identidad”, añade el autor. La decadencia se agravó cuando los contables tomaron el poder en los medios de comunicación locales, desplazando a los periodistas, y los periódicos se preocuparon más de los anunciantes que de sus lectores. Los bancos, las constructoras y las grandes empresas entraron en el negocio como accionistas o pagando por publicidad. Instituciones políticas regionales y nacionales compraron los periódicos a golpe de subvención. Los medios se hicieron partidistas, apareció el periodismo de trinchera. A partir de ahí los casos de corrupción que no interesaban se guardaron en un cajón, el periodista empezó a tener miedo a ser despedido, apareció la censura y lo que es aún peor: la autocensura.

La crisis de 2008 fue el detonante que vino a rematar al moribundo. Internet revolucionó el mercado periodístico con el gratis total. Se desplomaron las ventas de periódicos y revistas, cayó la publicidad, se dejó de investigar la corrupción del poder, las nuevas generaciones se sintieron más atraídas por lo audiovisual de Internet que por lo textual. El periodismo dejó de poseer la autoridad del cuarto poder. Las condiciones laborales se degradaron, los salarios acabaron siendo míseros, los más elementales derechos del trabajador fueron aniquilados. Y el público dejó de confiar en la prensa, aunque es cierto que España siempre estuvo entre los países que menos lee.

El periodismo digital ha empeorado la situación de los medios tradicionales. Han surgido medios valientes que se atreven a contar lo que otros callan. Pero aparecen páginas webs mal editadas y efímeras que se cierran a los dos días. Los bulos y la desinformación propagados en las redes sociales han terminado por enloquecer a las audiencias, que se polarizan y caen en los extremismos. Ya no se distingue la verdad de la mentira. La opinión se ha convertido en sagrada. “Esa es mi opinión”, dicen unos y otros como si estuviesen descubriendo el fuego. Hoy cualquiera monta un medio de comunicación y lo llama “periodismo ciudadano”, que no es más que el nuevo intrusismo profesional.

“Los periodistas salimos a la calle a protestar contra todo este caos –“sin periodistas, no hay periodismo, sin periodismo, no hay democracia”, gritábamos–, pero no sirvió de nada. En fin, que acabé en el dique seco como otros cientos de compañeros. Pude haberme dado al alcohol, a las drogas o al juego. Pero decidí ponerme a escribir. Seguí los pasos de Chandler. Cuando al maestro lo despidieron de la empresa petrolífera para la que trabajaba se puso a enviar relatos a la revista Black Mask”, explica el autor.

Para Antequera, escribir fue una catarsis. “Logré canalizar mi rencor hacia los ejecutivos agresivos que me habían arruinado la vida tras veinte años de honrada carrera profesional. De alguna manera la escritura me salvó. Evitó que me convirtiera en un rabioso asocial. En lugar de vengarme como Montenegro, arreglé cuentas conmigo mismo, ordené mis ideas y sentimientos y conseguí paz de espíritu. La literatura puede ser una religión milagrosa”, asegura.

La novela no solo aborda las corruptelas y abusos de los grandes imperios mediáticos de hoy, sino el drama del despido laboral como tara, como losa, como cáncer social. “La condición de parado se te pega a la piel como una llaga y duele. Duele por dentro porque te sientes un perdedor, un fracasado, y también por fuera porque el desempleado acaba siendo visto como un marginado, un paria. El estigma es terrible. En esta sociedad tanto tienes, tanto vales. No importa lo que hayas hecho en la vida, los libros que hayas escrito, las conferencias que hayas dado o el éxito que hayas podido tener en el pasado. Cuando te envían al infierno del paro te convierten en un apestado. El sistema capitalista es así de cruel”, añade Antequera.  

La novela nos habla de Medianews, una gran multinacional que a base de comprar pequeños medios de comunicación acaba controlando el mercado informativo. Eso está pasando hoy en día. Los poderes financieros levantan monstruos empresariales que no conocen a sus periodistas por sus nombres y apellidos. Pero los grandes grupos mediáticos no son necesariamente sinónimos de pluralismo informativo. En el mundillo de la prensa internacional ha recalado lo peor. El ejemplo paradigmático, según Antequera, es la Fox News, la cadena de televisión al servicio de Donald Trump, un medio que ha conseguido construir una realidad alternativa donde los buenos son los supremacistas blancos que justifican la violencia policial contra los negros, los ultracatólicos que enseñan el creacionismo en las escuelas, los halcones del Pentágono que ven comunistas en todas partes y los millonarios más corruptos de Wall Street. “El lavado de cerebro ha sido gigantesco. Más de 60 millones de estadounidenses votan Trump ahora después de que la Fox se haya convertido en un Gran Hermano orwelliano que difunde bulos y mentiras sin pudor. Claro, luego ocurre que Roger Ailes, el fundador, expresidente y director de la cadena fue acusado de acoso sexual por 23 mujeres, la mayoría periodistas y trabajadoras de la empresa. Este depredador llevaba a sus víctimas a su despacho y allí las sometía a todo tipo de vejaciones. Hay una película interesante sobre esta historia, Bombshell (El escándalo en España) que recomiendo. Típico de la gente que vota a Trump”.

Vincent Montenegro se enfrenta a esas élites mundiales, que en realidad son las estirpes y dinastías dominantes. En este mundo globalizado, el 1 por ciento de los ricos acumula el 82 por ciento de la riqueza global. Es decir, unas pocas familias tienen más dinero y bienes que más de 7.000 millones de personas. El milagro es que este planeta siga dando vueltas y no haya reventado ya de tanta injusticia. En la novela aparece hasta un oligarca ruso accionista del grupo Medianews. “Cuando escribí la novela no podía imaginarme que el mundo acabaría al borde de la Tercera Guerra Mundial por las locuras de un tipo como Vladímir Putin y sus secuaces. Pero de alguna manera tuve la premonición de que si el orden mundial estaba en manos de la mafia rusa esto no podía terminar bien”.

Obviamente, la venganza es el gran asunto de la novela. “Quien diga que no ha sentido deseo de vengarse alguna vez de alguien, ya sea de un amigo traidor, de un amante infiel o de un jefe tóxico, miente. Desde los estoicos griegos, Séneca, Marco Aurelio y otros, sabemos que la venganza solo conduce a quien la ejecuta a un mal todavía mayor. Pero la verdad es que estamos entrando en un mundo distópico donde la justicia a menudo no llega al poderoso (que se acaba yendo de rositas), donde la ley queda en papel mojado y donde los sangrientos dictadores como Putin invaden países y matan a miles de inocentes sin que pase nada. La venganza nunca es justificable pero, ¿acaso en ese escenario de quiebra del Estado de derecho no es comprensible que un ciudadano acabe tomándose la justicia por su mano?

Para Antequera, Montenegro es un personaje decadente de la posmodernidad que tras vivir una existencia cómoda y feliz acaba tomando conciencia del drama y rebelándose. Desde ese punto de vista decide romper con la sociedad de individuos de encefalograma plano de la que hablaba Herbert Marcuse en El hombre unidimensional para despertar y llevar a cabo su pequeña revolución.

“Tras la Segunda Guerra Mundial, la posmodernidad nos dijo que los principios y valores de la Modernidad y la Ilustración como la justicia, la igualdad y la fraternidad habían entrado en decadencia. Que había llegado el final de las ideologías. Que la Modernidad había colapsado por la incapacidad de Occidente para construir relatos míticos. Y Fukuyama nos dijo que estábamos en el final de la historia. En realidad, es la izquierda la que parece al final de su historia porque la extrema derecha está más fuerte que nunca. La posmodernidad, con su discurso nihilista y escéptico propio de la anestesiante sociedad de consumo, nos desclasó, y ahora la tragedia es que nos acercamos un poco más a la quiebra del Estado de derecho y a la ley de la jungla”.

Alejandro Gallo asegura que Montenegro y su venganza remite inevitablemente a la novela El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. “La verdad es que cuando la estaba escribiendo caí en que ambas tenían ciertas similitudes. Sí, Montenegro es una especie de Montecristo del siglo XXI. Al conde Montecristo lo encerraron injustamente en el castillo de If, a Montenegro lo condenan a otra sentencia injusta: la muerte civil. Pero ambos terminan rebelándose contra quienes destruyeron sus vidas”, dice Antequera.

De esta manera, como un gran gourmet, un maduro vividor y bebedor, entre plato y plato y viaje y viaje por el mundo, Montenegro se dedica a hacer justicia contra la gente poderosa y rica que está llevando a la humanidad a la destrucción. “Así consigo que el perdedor, el derrotado, el parado, el despedido, el humillado por el sistema, haga justicia en la otra vida, en la vida de la ficción, en vista de que aquí, en el mundo real, es imposible”. En cierta medida Montenegro es un homenaje a todos los parias de la famélica legión, entre los que se incluye el autor. Hay muchos Montenegros. Debajo de cada chaleco amarillo, debajo de toda esa gente que sale a la calle a protestar estos días, hay un indignado dispuesto a tomarse la justicia por su mano. El sistema corrupto es una gran maquinaria que fabrica odio y venganza.

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