La extrema derecha se conjura contra Felipe VI (II): el acoso a la reina Letizia

25 de Enero de 2024
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Letizia Ortiz en sus tiempos de presentadora de la televisión.

En la primera entrega de este artículo que trata de aproximarse a la ruptura de la relación sentimental entre la extrema derecha y la Casa Realespañola indagamos en las causas que han llevado a que Felipe VI sea declarado persona non grata en los ambientes reaccionarios. Este segundo capítulo lo dedicamos a la reina Letizia, a la que no han tragado nunca.

Si a él le han echado las cruces por traidor a la patria (“Borbones a los tiburones”, le gritan en los aquelarres frente a Ferraz), a ella la han puesto en el disparadero por su condición de mujer emancipada, feminista, republicanota y de fuerte personalidad que no cuadra con el perfil de señora sumisa amante de su esposo y madre abnegada de sus hijos (se sabe que las decisiones en Zarzuela también se toman contando con ella). La animadversión de la caverna política y mediática viene de lejos, tanto como los primeros momentos de su reinado. Aún no había pisado palacio cuando los extremistas ya le habían colgado la etiqueta de divorciada abortista, de modo que de acuerdo con el derecho canónico tendría que haber sido excomulgada por la Iglesia católica antes de contraer matrimonio con Felipe para evitar un enlace que ellos consideran nulo, según la jurisprudencia del Tribunal de la Rota. Corría el año 2013 y los grupos provida, bien ahormados con los partidos posfascistas, colgaron su retrato boca abajo en sus respectivas sedes sociales. La hereje, la atea, la impía Letizia.  

Más tarde, ya en 2018, otro suceso levantó ampollas en el mundo cavernícola. Aquel vídeo que recogió el momento en el que la reina trataba de impedir que la emérita Sofía se fotografiara con sus dos nietas, las infantas, a la salida de una misa en la catedral de Palma de Mallorca, fue otro punto de inflexión en la campaña de deterioro de imagen planeada por las élites aristocráticas. Por lo visto, una madre no tenía el derecho a educar a sus hijas como creyera conveniente y debía hacer lo que dictara la suegra en cada momento. Un clásico del patriarcado ibérico.

Cada una de estas gotas que han ido colmando el vaso vinieron a sumarse a un modelo de mujer que no suele gustar demasiado a los nostálgicos del régimen anterior. Una profesional liberada, una feminista de la Asturias revolucionaria e irredenta, una periodista que hasta su entronización viajaba por el mundo denunciando las guerras y el hambre de los pueblos oprimidos, no se antojaba la mejor candidata al cargo de reina de España. Era metafísicamente imposible. Si a esto se une su rojerío, del que suele hacer gala públicamente y con valentía (encaja como un guante en la categoría de progre del establishment cultural que tanta alergia provoca en los dirigentes de los partidos ultras trumpizados) entenderemos que se haya ganado la fama de peligrosa republicana en Zarzuela, incluso de espía del enemigo (no deja de ser revelador que se la critique también por su buena sintonía con Pedro Sánchez). Como tampoco le perdonan que los premios Princesa de Asturias, a los que ella ha impreso su sello personal como mujer culta de mente abierta, se los estén dando todo el rato a comunistas de los diferentes ámbitos del saber y nunca a fachas o nazis declarados. “Cualquier día, esta le da el galardón a Maduro o a Yanis Varoufakis, qué vergüenza”, deben pensar, sin duda, en el mundo reaccionario. En el búnker hace ya tiempo que perdieron toda esperanza de enderezar y llevar por el “buen camino” a una mujer ingobernable que lee al libertino Baudelaire, a la bolchevique Almudena Grandes y al Anticristo Pasolini.

Todos estos episodios vitales de Letizia han ayudado a que la derecha tradicionalista española vea en ella a una enemiga, a una infiltrada llegada del norte con dinamita de las cuencas mineras bajo el brazo para volar los cimientos de la monarquía hispánica. Y esa ojeriza tenía que germinar, más tarde o más temprano, en forma de complot o conjura contra ella. Así ha sido.

La operación Letizia orquestada por la derecha extrema estalló a finales del pasado año, cuando el periodista y escritor Jaime Peñafiel, detractor declarado y confeso de la consorte, sacó a la venta un libro llamado a ser el último best seller político de nuestro tiempo: Letizia y yo. En el ensayo, el veterano cronista de los ecos de sociedad monárquicos reveló supuestas conversaciones con el empresario Jaime del Burgo (excuñado de la reina e hijo del expresidente de la Comunidad Foral de Navarra Jaime Ignacio del Burgo, del PP), quien afirma haber mantenido un romance con ella antes y después de contraer matrimonio con Felipe. Fue entonces cuando Del Burgo lo aireó todo en Twitter, las presuntas intimidades y confidencias, la foto robada de Letizia con una pashmina, el supuesto affaire que ha sido un auténtico terremoto para la Casa Real y para el propio país, ya que por momentos estuvo en juego la estabilidad misma de la monarquía. De hecho, en aquellos días se dispararon los rumores de divorcio en Zarzuela, hasta el punto de que llegó a circular la noticia de que la reina planeaba irse a vivir sola a Nueva York. Las cargas explosivas estaban colocadas en lugares estratégicos. Letizia era el punto débil, el flanco blando, y la extrema derecha lo sabía. Destruyéndola a ella se destruía también a él. Lo dijo muy bien Pilar Eyre: en realidad, la emboscada trata de debilitar la figura del rey.

La operación contra la reina ha sido de todo punto nauseabunda y propia de gente cloaquera que practica el machismo patriarcal en su variante más rastrera. En esta operación ha habido de todo, machismo, misoginia, acoso, ataque al derecho a la intimidad de las personas, chantaje sexual, extorsión y vil intento por arruinar una vida y una familia. Un montaje propio de los hipócritas países anglosajones, donde se husmea con lupa en las braguetas y las alcobas de los gobernantes. Ninguna mujer debería sufrir una emboscada machirula tan brutal, y mucho menos la reina de España. Aquí no somos precisamente monárquicos, eso lo sabe bien el lector habitual de esta columna, pero este tipo de operativos propios de Estados policiales totalitarios deberían ser perseguidos y depurados en vía judicial hasta sus últimas consecuencias. Zarzuela no suele comentar noticias de actualidad. Pero en este caso se equivoca. Guardar silencio es asumir la derrota y claudicar ante quienes, en la sombra, buscan subvertir el orden democrático constitucional para hacernos retornar al Antiguo Régimen.

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