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“La identidad es fundamental. Saber qué somos, encontrar nuestro propósito en este viaje que es la vida”

Víctor del Árbol presenta al inspector Julián Leal para abordar sin ambages los pliegues y oquedades que deja la lucha contra la banalidad del mal

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análisis

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El escritor barcelonés, caballero de las artes y las letras de la República Francesa, vuelve a la novela negra a lo grande con la primera entrega del inspector Julián Leal. Nadie en esta tierra (Destino) no da tregua al lector, al que coge por la solapa de su chaqueta y lo sienta sin remisión en el sofá de lectura para reflexionar sobre la banalidad del mal y todos aquellos dilemas morales que se le pueden cruzar en el camino a la hora de afrontar su lucha con garantías de éxito. El camino que va de héroe a villano es mucho más sinuoso y difuso de lo que puede parecer a simple vista, y su línea divisoria es apenas perceptible. Y para ello está ahí siempre presente esa inquietante voz en primera persona del asesino, todo un acierto que no deja indiferente al lector.

¿Puede hacernos una somera presentación de su nuevo protagonista, el inspector de policía Julián Leal?

Básicamente, Julián Leal es un hombre que ha entregado su vida al trabajo como policía; ahora tiene que demostrar su inocencia contra todas las evidencias que lo acusan de una oleada de asesinatos y al mismo tiempo hacerle frente a un sistema decidido a utilizarle como cabeza de turco. Un hombre que no tiene nada que perder, resuelto a hacer justicia al precio que sea. Un hombre que hace honor a su apellido, leal a sus raíces, a la amistad y a Bruce Springsteen.

¿Ha llegado para quedarse en futuras novelas?

Lo decidirán los lectores, pero desde luego nos queda mucho por conocer de él y de otros personajes como Virginia, Soria, el niño Chinchilla o Clara Fité. También promete volver esa voz en primera persona, la del asesino, cuyo nombre desconocemos.

Ha decidido que tanto el protagonista como el asesino interpelen al lector directamente, en un inquietante paralelismo narrativo. ¿Es una forma de buscar la empatía hasta con el mal, o más bien un intento de escudriñar qué se esconde en el fondo de la mente de un criminal?

Aunque Julián Leal sea el protagonista, aparece una misteriosa e inquietante voz en primera persona, cuya identidad desconocemos que nos narra los hechos desde otro punto de vista, tipo El talento de Mr. Ripley, a mediados de los años 50 de Patricia Highsmith. Y esa voz, lo queramos o no, va creciendo en nosotros a medida que leemos. Introducir una voz, la del asesino, tan poderosa, es una forma de cuestionar el relativismo moral que nos lleva a normalizar el mal cuando se nos presenta de manera atractiva, refinada, elegante, frente a un héroe sin épica, discreto, modesto, menos exuberante, pero firmemente arraigado en la creencia de que hacer lo correcto siempre es una opción, cueste lo que cueste.

La acción se retrotrae a dos épocas y lugares alejados en unas décadas de la actualidad: la Barcelona de 2005 y una aldea gallega de 1975. En toda novela de misterio, ¿el pasado siempre guarda las respuestas a todas las preguntas?

No todas las respuestas, pero sí el origen de todas las preguntas. Al llevar a historia a finales de los 70 en Galicia quiero hacer un retrato de cómo cambió la sociedad gallega, y toda la sociedad española con la irrupción de las drogas duras en nuestras costas, cómo arrasó a toda una generación de jóvenes que salían de la Dictadura y querían libertad. En ese poso nace y germina la tragedia de Julián Leal y su cuadrilla de amigos del Cruceiro. Treinta años después, esas heridas seguirán supurando.

“Julián Leal es un hombre que hace honor a su apellido, leal a sus raíces, a la amistad y a Bruce Springsteen”

El padre del protagonista le decía: “A veces, buscando las raíces uno acaba encontrando la tierra”. En su obra literaria en general, existe una pertinaz búsqueda de este pasado para hallar respuestas vitales nada fáciles. ¿Por qué?

Porque creo que la identidad es fundamental. Saber qué somos, encontrar nuestro propósito en este viaje que es la vida, tiene mucho que ver con esa tierra primera de la infancia, los amigos, la familia. Y porque es un error recurrente el mitificar o demonizar nuestro origen, y nosotros ya no habitamos el pasado, aunque el pasado nos habite. Esa creencia de que podemos cambiar lo que ya no existe, lleva a Julián Leal a darlo todo para salvar a un niño. Porque salvando esa infancia, cree poder salvar todas las infancias del mundo. También las del pasado.

La muerte violenta parece perseguir al inspector Leal allá por donde pasa, hasta tal punto que se llega a dudar de si realmente puede ser él el mismísimo asesino o no. ¿Es una estrategia para mantener la tensión narrativa y el dilema hasta el final?

Julián Leal no es Auguste Dupin y desde luego Nadie en esta tierra no es Los crímenes de la Calle Morgue, aunque la trama consiste en la resolución de una serie de crímenes y el protagonista es, efectivamente, un policía. Sin embargo, Julián no tiene como herramientas la observación, el análisis y el razonamiento deductivo. Su herramienta es la necesidad de demostrar su propia inocencia, por un lado y un fuerte sentido de la justicia, por otro. Tampoco es el detective amargado y alcohólico del hardboiled. Con el paso de los años, la novela policiaca ha evolucionado hacia formas narrativas más complejas. Ya no basta con la resolución del misterio, ni podemos conformarnos con la denuncia social.  Al escribir este tipo de novelas busco comprender los conflictos del ser humano, sus contradicciones más íntimas. Y uno de esos impulsos es la justicia frente a la injusticia. Por otro lado, Julián Leal no cree en las casualidades. Sus compañeros, Virginia y Soria, tampoco. Así funciona la mente de un policía: una circunstancia puede ser casual, dos son una pauta. Y todos los cadáveres que aparecen tienen que ver con el inspector. ¿Qué hacer cuando todas las evidencias te señalan? ¿Cómo defenderte del juicio de los demás, cuando las apariencias son lo que importa y el sistema ha decidido que eres culpable? Quiero mostrar cómo se puede destruir una reputación y lo difícil que es seguir creyendo en ti mismo, seguir peleando cuando todo está en tu contra, incluso aquellos a los que amas.

Y mientras tanto, la voz del asesino que habla con el lector no deja de ser un espejo que refleja al propio inspector Leal. ¿Son más parecidos de lo que puede parecer a priori?

El camino del héroe se ha vuelto mucho más difuso en estos tiempos. Primamos a los triunfadores, no a los héroes, y no está escrito en ninguna parte que lo heroico, para serlo, debe tener éxito. Aquí intervienen tanto las clases sociales altas, la perversión más “refinada” como los ambientes más sórdidos de la pobreza, los bajos fondos y la delincuencia más burda. No sabemos si el culpable de los asesinatos será descubierto y desde luego, no sabemos si esa terrible “fraternidad de los intocables” será castigada por la ley. Es inútil contar esta historia desde la moralidad. Aquí hay una lucha, efectivamente, entre dos formas de afrontar el Mal como categoría: nos vamos a encontrar unos personajes cínicos y desencantados frente a otros que creen obstinadamente que merece la pena seguir peleando por un mundo un poco más justo. Un poder establecido corrupto y enfermo frente a un puñado de seres anónimos que no doblan la rodilla ante lo que hemos llegado a considerar inevitable.

En caso de que decida otorgarle una larga vida literaria a Julián Leal, ¿querrá que los lectores fieles que lo sigan lo admiren o lo odien? ¿o ambas cosas a partes iguales?

Los lectores que me conocen, seguro que saben la respuesta. Yo siempre he tenido querencia por los héroes con los pies de barro, por sus errores y defectos. Y ahí encuentro la grandeza humana. Me gustaría que lo vieran como a Héctor, en la Ilíada: el hombre que hace lo correcto pese a todo, porque alguien debe hacerlo. Aunque tiemble de miedo. Aunque sepa que no puede vencer.

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