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Los que se forran con la guerra

Multinacionales españolas y extranjeras logran sus mejores resultados de la historia durante la invasión rusa de Ucrania

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análisis

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La guerra es el negocio más lucrativo que existe. Desde la Antigüedad, los humanos no hacen más que repetir una y otra vez la misma batalla donde el dinero juega un papel fundamental. Homero nos explicó la guerra de Troya, el primer gran conflicto internacional de la humanidad, muy literariamente. Nos habló del rapto de Helena a manos de Paris, de la destrucción y el amor, de hasta dónde pueden llegar los celos de un marido despechado como Menelao. Un trepidante cuento romántico que sigue seduciendo al lector pero que probablemente no se ajustó del todo a la realidad. Hoy los historiadores saben que la causa última y real de la contienda de la que se hablará hasta el final de los tiempos fue la encarnizada rivalidad que existía entre griegos y troyanos por el control del Estrecho de los Dardanelos. O sea, economía, oro, rutas comerciales, pasta pura y dura.

Más de tres mil años después, el ser humano se sigue matando por lo mismo de siempre. Detrás del nacionalismo imperialista de Putin, detrás de las arengas religiosas del patriarca Cirilo, de la cruz ortodoxa y los valores tradicionales llevados al extremo, hay un intento desesperado del Kremlin por controlar la salida al mar por Crimea, el comercio marítimo internacional, el trigo, el gas, la energía nuclear y la necesidad imperiosa de Rusia de recuperar unas décimas de su maltrecho PIB. Los muertos, la destrucción y la miseria son solo el precio para salir de la crisis.

Suele decirse que en una guerra pierden todos, aunque ese aforismo encierra una gran falsedad. Es verdad que unos, la inmensa mayoría, salen perjudicados. Pero otros, los menos, sacan tajada sí o sí. El río revuelto de la sangre suele dar ganancia a unos pocos pescadores que siempre están ahí, esperando su oportunidad siglo tras siglo. Aquí, en España, a unos cuantos les está yendo de lujo con la pedrea macabra de la guerra. Hoy mismo hemos conocido que, mientras sigue rodando la ruleta de la muerte ucraniana, las grandes empresas cotizadas del Íbex 35 pulverizan todos los récords de beneficios. El índice bursátil ganó un 19 por ciento respecto a 2019 y más de un 27 por ciento comparado con 2021. La friolera de 56.000 millones de euros de vellón. Es verdad que hay quien se enriquece más que otros, pero aquí no pierde nadie. Da igual donde se ponga la lupa. Petroleras, energéticas, telecomunicaciones, alimentación, ropa, metalurgia, no hay sector que no haya sacado tajada en eso que los economistas llaman, eufemísticamente, un contexto de inestabilidad. Repsol, Arcelormittal, Acciona, todos los grandes portaaviones de la economía española tienen motivos para decir que con la guerra no les ha ido precisamente mal, sino más bien al contrario. En el caso de Inditex, nuestra textil puntera en todo el mundo, el pasado ejercicio fue el mejor año de su historia. Una buena cosecha para don Amancio. Por no hablar de los seis bancos españoles, que ganaron más de 21.000 millones, un 28 por ciento más. Solo una compañía cotizante en Bolsa presentó números rojos, lo cual no deja de ser la excepción que confirma la regla.

Ya dijo Napoleón que para hacer la guerra hacen falta tres cosas: dinero, dinero y más dinero. No hemos salido de la guerra como industria, de la guerra como motor euforizante de la economía. Más madera, que diría Groucho. Los agraciados por la macabra lotería tendrán que hacer frente a los nuevos impuestos temporales del animoso Pedro Sánchez que gravan los “beneficios caídos del cielo”, pero qué son mil millones de eurillos para nuestras seis poderosas entidades financieras y otros tantos para nuestras robustas energéticas. Nada, una calderilla, el cepillo del domingo en la gran misa del capitalismo, una contribución caritativa y altruista a esos millones de españoles asfixiados por préstamos e hipotecas, por alquileres criminales y tarifazos de la luz.

Por descontado, no solo las multinacionales españolas le sacan partido a las hazañas bélicas de Putin. Las petroleras estadounidenses y europeas también arriman el ascua a su barril de Brent. En Exxon, Shell y Chevron están encantados con la coyuntura internacional. La banca y los fondos de inversión, los JP Morgan, Goldman Sachs y BlackRock, a toda vela. Las armamentísticas, el gran carrefour de la guerra con sus Lockheed Martin, Raythenon, Boeing y Northrop Grumman, nadando en la abundancia y camino de reventar todos los rankings de beneficios. Lo de la quiebra del Silicon Valley Bank es solo un eructo puntual en medio de una tremenda indigestión. La amenaza de un crack siempre mete mucho miedo al personal, genera orden y tranquilidad, anula manifestaciones y huelgas, y eso siempre ayuda a seguir forrándose. Vivimos una orgía o “burrada” de dinero, como diría Juan Roig, la última gran fiesta del capitalismo desalmado antes del Juicio Final. Un banquete bestial regado con la sangre de unos pobres ucranianos que todavía tienen estómago e inocencia para querer ingresar en el selecto club occidental de quienes les están sacando hasta las tripas en Wall Street. Esta borrachera de dólares, esta bacanal pornográfica y letal mientras el pueblo malvive como puede, solo la para el dedo de Putin apretando el botón nuclear. Ya ha enviado a sus cazas a inmolarse contra los drones yanquis para invocar un casus belli. Los demonios de la guerra han decidido que es preciso arrasarlo todo para empezar de nuevo. Hay negocio a la vista.

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