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Mil maneras y formas de organizar un buen pánico financiero

Contracción del crédito, exceso de oferta, especulación, incertidumbre, inflación, desigualdad y fallos en los sistemas de control son métodos utilizados por las élites para alterar los ciclos normales de la economía

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análisis

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Desde que Vladímir Putin cerró el grifo del gas a Occidente en represalia por las sanciones económicas, la amenaza de una nueva recesión se ha ido acercando en el horizonte. La amenaza de un nuevo pánico financiero. Una tormenta perfecta que se inició en 2019. “El brusco parón de la economía china debido a los confinamientos masivos y su política de covid cero; los persistentes problemas de obstrucción de las cadenas de producción y suministro de bienes y servicios; los niveles de inflación más altos en los países occidentales en cuarenta años; y la prolongación de la guerra en Ucrania”, enumera Alexandre Muns, profesor de EAE Business School, cuando se le pregunta por los ingredientes de la diabólica coyuntura internacional que padecemos actualmente. ¿Qué podía salir mal? ¿Todo? Pues así ha sido.

De esta manera, justo cuando empezaban a llegar los fondos europeos Next Generation para la recuperación de los países miembros de la UE y los diferentes gobiernos nacionales reaccionaban con planes de ahorro energéticos, grandes inversiones con dinero público, subvenciones para la ciudadanía y apuestas por energías verdes renovables, se produce el enésimo vómito capitalista: el hundimiento del Silicon Valley Bank, un espasmo que ha sacudido a todo el sistema bancario internacional desatando el pánico bursátil. Las principales Bolsas cayeron en picado y por un momento se vivió la angustia de un nuevo Jueves Negro, tal como ocurrió en 1929. Apenas unas horas después de la caída de la entidad norteamericana (que tuvo que ser rescatada por la Reserva Federal de Estados Unidos mediante un plan para cubrir los depósitos de los clientes) se produjo el primer caso de contagio en Europa y el Credit Suisse, el segundo banco en importancia de Suiza, quebraba súbitamente, siendo absorbido por su principal competidor, el UBS, a cambio de 3.000 millones de euros, una operación que ha terminado por fusionar a ambas entidades creando un impresionante monstruo financiero. A su vez, representantes del Banco Central Europeo (BCE) se vieron obligados a comparecer ante los medios de comunicación para tratar de tranquilizar a los mercados y enviar un aviso a los clientes: no corran al cajero a sacar sus ahorros y depósitos o todo el edificio acabará desplomándose. La sombra del corralito (el bloqueo de las cuentas corrientes de los ciudadanos) planeó, una vez más, sobre nuestras cabezas. La mismísima jefa de la autoridad monetaria, Christine Lagarde, tuvo que salir al paso para garantizar que, en caso de que otros bancos cayeran, habría dinero suficiente y sin límites para reflotarlos. Es decir, sacaría toda la artillería pesada necesaria para evitar un nuevo crack mundial. “La banca europea es resistente, con fuertes posiciones de capital y de liquidez”, aseguró. Fue un mensaje de calma que quizá, en esos momentos críticos, resultó vital. Esta vez el cortafuegos funcionó in extremis. El pánico de los mercados remitió y las aguas volvieron a su cauce. El miedo, principal enemigo del dinero, fue controlado cuando todo parecía perdido. Pero durante unas horas dramáticas volvimos a estar, una vez más, en la cuerda floja.

Las causas del mal

El caso del Silicon Valley Bank nos lleva a hacernos algunas preguntas inexcusables. ¿Qué está pasando? ¿Por qué las crisis se suceden a una velocidad de vértigo y con una virulencia inusitada? Y, sobre todo, si ya ha ocurrido más veces, ¿por qué no se pone remedio? El primer autor en analizar las burbujas financieras fue Charles Mackay en su libro Delirios populares extraordinarios y la locura de las masas (1841). A menudo no existe un acuerdo unánime entre los economistas a la hora de diagnosticar el origen de una recesión. Las causas suelen ser múltiples y variadas y, aunque parezca raro, en Economía dos más dos no siempre suman cuatro. Pero que el sistema colapse cada cierto tiempo nos lleva a pensar que existen unos factores crónicos que se repiten cíclicamente. De entrada, el esquema capitalista globalizado en el que nos movemos en la actualidad está sujeto a ciclos de subidas y bajadas y su comportamiento es similar al de una ola: cuando crece, la curva empieza a ascender hasta alcanzar su capacidad máxima y luego inicia una fase de bajada hasta niveles mínimos para, otra vez, volver a escalar. A la fase de crecimiento se le conoce como expansión económica mientras que a la caída se le denomina contracción. Por tanto, estamos condenados a vivir en una macabra montaña rusa. Pero hay otros elementos que vienen a alterar el ciclo normal de las cosas. Por ejemplo, si tenemos en cuenta que el capitalismo de hoy se ha convertido en algo así como un casino, es decir, un juego de la ruleta donde la especulación, las apuestas y el riesgo de ganar o perder son parte sustancial del negocio, no extraña que de cuando en cuando pasen estas cosas. Una operación arriesgada en Hong Kong puede acabar produciendo un efecto mariposa o dominó en Wall Street y de ahí a que la ola llegue a Europa puede ser cuestión de horas.

Exceso de oferta

Además, las crisis pueden producirse por otras causas como la sobreoferta. Ocurre cuando hay un exceso de bienes o servicios en el mercado. Suele ser consecuencia de un período de bonanza económica. Las empresas aumentan su producción para satisfacer el consumo. Después de que la demanda llega a su nivel máximo empieza a disminuir, ocasionando una acumulación de stocks que no tienen salida. Otro voraz atracón se ha consumado.

Contracción del crédito

Un clásico de la crisis capitalista. “Cuando se observa un desequilibrio importante –sea en el sector productivo o el ámbito financiero–, los inversores pueden reducir su confianza en los bancos o en la bolsa o en cualquier mercado financiero, lo cual suele desembocar en una contracción del crédito. Cuando el crédito se ve afectado por una caída abrupta de precios (en los mercados de valores o de activos), el efecto puede ser desgarrador y producir una convulsión que desemboque en una severa crisis económica. Ello es así porque el crédito es, en efecto, el componente esencial del sistema nervioso del cuerpo de las finanzas y de la economía de cualquier país”, asegura Carlos Marichal.

Incertidumbre

Otro factor determinante. Se produce cuando resulta imposible conocer o calcular cómo será el comportamiento de la economía en el futuro, por lo que aumenta el riesgo a la hora de tomar decisiones en los diferentes mercados. Los conflictos bélicos o las pandemias son dos ejemplos de situaciones que producen incertidumbre económica, haciendo impredecibles los hábitos de consumo en el corto, medio y largo plazo. En consecuencia, las decisiones de las empresas y las familias respecto al gasto o la inversión se posponen, produciendo una caída en la actividad económica. El elemento psicológico es fundamental a la hora de analizar una crisis. Así, el optimismo suele desatar las ganancias en Bolsa. El pesimismo y los malos augurios son pasos hacia atrás. A John Maynard Keynes le debemos la expresión “exuberancia irracional”, con la que el eminente economista se refirió al frecuente y excesivo optimismo de los mercados financieros. A veces, un exceso de euforia infundada es tan peligroso como una súbita fiebre depresiva, ya que ambas pueden llevar al hundimiento de una economía. El impacto de una guerra, una crisis de Gobierno, la quiebra de una gran empresa o banco o un conflicto social como una huelga general suelen estar detrás de los vaivenes de la economía. La neurosis mueve el capitalismo.

Mercados de materias primas

También conviene estar alerta a las turbulencias en los mercados de materias primas. En octubre de 1973, Egipto y Siria atacaron por sorpresa a Israel aprovechando que el pueblo judío celebraba su fiesta más importante: el Yom Kipur. Tras la guerra, los estados árabes de la OPEP decidieron dejar de exportar petróleo a aquellos países que habían apoyado a Israel durante el conflicto. De inmediato, el precio del barril de crudo se disparó desde los 2 hasta los 11 dólares. El subidón del precio, unido a la falta de suministro, provocó el caos en las economías occidentales. Hoy, en plena era de la globalización, la cadena de suministro puede quebrarse por algo tan absurdo como que un super carguero lleno de contenedores encalle en el Canal de Suez, interrumpiendo durante semanas el tráfico marítimo mundial y dando lugar a una situación de desabastecimiento.

Inflación desbocada

Inflación, drásticos movimientos en los tipos de interés, medidas monetarias y cambiarias (jugar con las divisas), fluctuaciones de las deudas soberanas y abusos hipotecarios a menudo están detrás de una crisis. Una inflación desbocada, por ejemplo, puede provocar la disminución del valor real de la moneda, la caída del ahorro y la inversión ante la incertidumbre sobre el futuro del dinero y la escasez de bienes (desabastecimiento). Por su parte, los tipos de interés a menudo se convierten en un arma de control de la liquidez y de los precios por parte de las autoridades y los bancos. Pero cuidado, un uso abusivo de esta herramienta puede ser altamente peligroso. Aumentar el precio del dinero puede ahogar a las familias, la capacidad de inversión de las empresas y la financiación de los Estados. También puede provocar un aumento del desempleo, con la consiguiente recesión.

En las crisis cambiarias o de balanza de pagos se produce una dificultad grave para que un país pueda defender el tipo de cambio de su moneda, una situación que puede terminar con una devaluación o una fuerte depreciación, antesala de otra crisis. Por último, tenemos las hipotecas como factor directo del colapso. Fue el caso de las conocidas como créditos subprime, aquel tipo especial de hipoteca basura orientada a clientes con escasa solvencia y, por tanto, con un nivel de riesgo de impago superior a la media. Fue precisamente eso lo que desató el crack de 2008. Los bancos norteamericanos tenían fijado un límite para la concesión de préstamos peligrosos, impuesto por ley de la Reserva Federal, pero una vez más la avaricia rompió el saco.

Especulación

Por supuesto, está la especulación como factor de riesgo, ese mal de las finanzas que puede crear y hundir grandes multinacionales en un suspiro. Es el caso de las burbujas económicas. Los inversores adquieren los bienes, títulos y valores atraídos por el alza en las cotizaciones, esperando obtener un beneficio rápido con la revalorización. En realidad, no es más que humo, y a medida que compran y empiezan a vender, la oferta supera a la demanda, haciendo caer los precios por la falta de nuevos compradores. Es entonces cuando la burbuja explota. El mercado bancario está lleno de productos financieros puramente especulativos, auténticas bombas de relojería que pueden implosionar en cualquier momento, desatando un crack mundial.

Beneficios, codicia y desigualdad

Desde la llegada de la globalización en la segunda mitad del siglo XX, los mercados han caído en una espiral de excesos y acaparamiento de beneficios sin límite que genera una desigualdad económica y social realmente perjudicial para la viabilidad del sistema. Lo estamos viendo estos días, cuando las grandes multinacionales y bancos de nuestro país presentan sus balances contables rellenos de beneficios caídos del cielo en medio de un contexto de pospandemia, crisis energética y guerra en Ucrania. Los seis grandes bancos españoles pulverizaron récords y ganaron 20.850 millones de euros en 2022, un 28 por ciento más que el ejercicio anterior. A su vez, las empresas incluidas en el Íbex 35 obtuvieron 51.927 millones el pasado año. Los beneficios extraordinarios se dejaron notar en todos los sectores, desde las compañías petroleras y energéticas hasta el de alimentación, pasando por la metalurgia y la construcción. Inditex, la firma textil de Amancio Ortega, se embolsó 4.130 millones de euros, lo que supone un incremento interanual del 27 por ciento. Hasta Juan Roig, presidente de la cadena alimenticia Mercadona, reconoció que están ganando más dinero que nunca. “Sí, tienen razón, hemos subido una burrada los precios. Si no los hubiéramos subido, el desastre en la cadena de producción habría sido impresionante”. La inflación en España es consecuencia de los abusos con los precios de los productos de primera necesidad y cualquier economista serio sabe que esa tendencia alcista suele ser la antesala de una indigestión, o sea de una crisis a gran escala. Tales desmanes (ganar tanto dinero en tiempos de guerra es una aberración que no se sostiene ni económica ni moralmente) han sido duramente criticados por la ministra de Derechos Sociales, Ione Belarra, que ha acusado a los empresarios españoles de ser unos “capitalistas despiadados” por dar rienda suelta a su codicia y no contribuir al reparto de la riqueza del país.

La desigualdad es, sin duda, otro factor disfuncional y de desequilibrio que puede hacer tambalear una economía nacional. Pero la lección de 2008 parece no haber servido de nada. Si en aquella ocasión la crisis la pagaron los más vulnerables en forma de paro y recortes, esta vez las clases medias también han sufrido los desmanes de la inflación. Las compañías eléctricas han sometido a los consumidores a contratos abusivos como el tarifazo de la luz y de poco han servido los esfuerzos de la Unión Europea y de gobiernos como el de Pedro Sánchez por frenar los atropellos. Es cierto que la excepción ibérica, que ha permitido desligar el precio del gas y de la luz, ha dado un respiro a las familias, frenándose unas cuantas décimas la inflación acumulada. Pero cada cierto tiempo las multinacionales aprietan la soga alrededor del cuello del ciudadano y vuelven a subir los precios indiscriminadamente. De esta manera, llevando al límite las prácticas abusivas, las grandes compañías han logrado batir récords con beneficios caídos del cielo.

Fallos en los sistemas de control

Tras el crack de 2008, los gobiernos, la banca y las grandes empresas acordaron endurecer los controles administrativos y judiciales, así como introducir mecanismos correctores y filtros financieros para evitar la corrupción y la especulación, dos de los factores que corroen el sistema y lo ponen, cada cierto tiempo, al borde de la quiebra. Así, desde el desastre ocurrido hace 15 años, la banca es sometida a los llamados “test de estrés” o pruebas de resistencia ordenadas por la Unión Europea. Las autoridades de Bruselas saben que el crack puede repetirse en cualquier momento y hacen lo posible por poner los cortafuegos pertinentes. Es como si, periódicamente, a las entidades financieras europeas se las sometiera a un análisis de sangre para evaluar sus niveles de azúcar y colesterol que podrían llevar al paro cardíaco. En España, los test de estrés fueron encomendados por el Gobierno a varias empresas consultoras, entre ellas Oliver Wyman y Roland Berger. Tras analizar dos posibles escenarios, uno en positivo y otro adverso, ambas asesorías llegaron a la conclusión de que el modelo bancario español podría necesitar entre 16.000 y 62.000 millones de euros para sortear posibles sobresaltos. Los test se realizaron también a nivel internacional. Ocho de los 90 bancos no pasaron la prueba –cinco en España, dos en Grecia y uno en Austria–, lo que vino a demostrar que, por mucho que nuestros políticos presuman de la fortaleza del sistema financiero actual, nos movemos en un equilibrio muy frágil, inestable y delicado.​  

El episodio del Silicon Valley Bank pone de manifiesto que los mecanismos internos no están funcionando como debieran y que el motor es más vulnerable de lo que parece desde fuera. De haberse hecho las cosas correctamente, se habría podido detectar a tiempo la grave enfermedad de la entidad norteamericana, evitando un efecto contagio a las demás. Por tanto, algo ha fallado y si se ha logrado parar el incendio es solo porque la Reserva Federal de Estados Unidos (FED) y el Banco Central Europeo (BCE) garantizaron que abrirían el grifo de los rescates en caso de que fuera necesario. Ese mensaje sedante calmó a los mercados, evitando la tragedia. Pero hemos estado otra vez al borde del precipicio. “Se ha fallado en la supervisión de los bancos regionales o los bancos más pequeños”, asegura el catedrático de economía de CUNEF, Santiago Carbó. “Coincide que son bancos regionales, con un nivel de supervisión menor y que están teniendo en este momento mayores dificultades conforme la economía se ha debilitado”, añade el experto. Y aquí, una vez más, vuelve a aparecer la política. En 2010 el presidente Barack Obama impulsó una ley de seguridad, de tal forma que las entidades bancarias más pequeñas tendrían que demostrar su solvencia. Sin embargo, la llegada de Donald Trump al poder fue nefasta también para el asunto de los controles financieros. El magnate neoyorquino eliminó numerosos filtros, permitiendo que bancos pequeños y medianos con menos de 250.000 millones en activos se saltaran las barreras. El Silicon Valley Bank fue uno de ellos. La conclusión es que no es lo mismo que gobiernen unos a que lo hagan otros.

Pero no solo han fallado las inspecciones en los mercados norteamericanos. También los europeos han demostrado su permeabilidad, sus grietas y fisuras. La quiebra del Silicon Valley Bank contagió de inmediato a un banco suizo, el Credit Suisse. A las pocas horas de caer la entidad financiera estadounidense, las acciones del grupo helvético se desplomaban un 24 por ciento, por debajo de los dos francos, algo que no se había visto nunca. Al momento, el pánico cundió en las Bolsas europeas (también en las asiáticas) y la sombra de un nuevo crack similar al de 2008 planeó sobre el viejo continente. De la noche a la mañana, el Gobierno de Berna se vio obligado a reaccionar y el Banco Nacional Suizo tuvo que inyectar 50.000 millones de dólares para evitar el colapso del Credit Suisse. No habían pasado ni 24 horas cuando los títulos bursátiles de la entidad pegaban un fuerte subidón hasta el 30 por ciento, de modo que tras la zozobra llegó el despegue en forma de pelotazo bancario del año. De la ruina, al milagro en forma de beneficios extra. Así son los banqueros: hasta cuando pierden ganan.

Conviene recordar que estamos hablando de uno de los diez bancos más importantes de Europa, too big to fail (demasiado grande para dejarlo caer) y llama poderosamente la atención que un portaaviones de semejante envergadura haya quebrado en tan solo unas horas. “Hemos tomado medidas decisivas para fortalecer de forma preventiva nuestra liquidez”, aseguraba la entidad arruinada en un desesperado comunicado de prensa mientras temblaban los parqués de medio planeta. En realidad, no eran los prebostes del Credit Suisse quienes estaban moviendo ficha para intentar frenar el desastre, sino el Estado, los ciudadanos, el pueblo con su dinero. Así no extraña que el rescate haya generado un gran malestar entre los suizos, un país metódico y escrupuloso con el dinero público que no entiende esta operación de rescate. Tal es así que el feo asunto puede terminar en los tribunales.

A poco que pongamos la lupa sobre el historial de este conocido banco, bajo sospecha de graves negligencias y trapacerías, llegaremos a la conclusión de que todo esto que nos han contado sobre los controles bancarios y los test de resistencia despide un cierto aire a cuento chino. El Credit Suisse es una entidad financiera que viene precedida de un negro dosier de escándalos y asuntos turbios contra los que las autoridades locales no han movido un solo dedo desde el año 2008. Una corporación que hasta no hace demasiado tiempo carecía de las más elementales normas de transparencia financiera, favoreciendo la entrada de dinero negro de la corrupción. Todo ello sumado a los escándalos de espionaje, estafas de algún que otro directivo, blanqueo de capitales de narcos búlgaros, petrodólares de los jeques árabes y hasta sobornos en Mozambique (por este último asunto, a la entidad le ha caído una severa multa de 475 millones de dólares). Semejante fiasco reputacional corporativo le ha granjeado al Credit Suisse la calificación de “banco maldito” de Europa.

De alguna manera, esta crisis viene a demostrar que Suiza, hasta hoy el gran paraíso fiscal europeo, un fortín nevado donde el dinero florece fresco y seguro entre mansas vacas y dulces tabletas de chocolate, se ha convertido en el gran paradigma del ocaso de un sistema, el capitalista ultraliberal, que colapsa sin remedio. Por los bancos helvéticos, no solo el Credit Suisse, pasan cada año las fortunas de las familias y estirpes mundiales, entre ellas los ahorros de los grandes de España, el dinero del rey emérito, las comisiones del emprendedor Luis Bárcenas, las mordidas de los cabecillas de la Gürtel y las cajas de seguridad de tantos personajes conocidos que se esconden tras el anonimato de la opacidad. Los que presumen de patriotismo en España, pero escamotean impuestos fuera de nuestras fronteras. Lo mejorcito de cada casa. Ese es el banco del que hoy huyen los depósitos como de la peste y que van a rescatar los contribuyentes con su dinero en la más absoluta prostitución del Estado de bienestar.

Suiza despierta de su plácido sueño de opulencia que ha acabado convirtiéndose en pesadilla en forma de crack bancario. Hoy, los suizos comprueban con estupor cómo los controles administrativos y judiciales no han funcionado pese a que el mundo estaba avisado tras la catástrofe de 2008. Hasta el propio Credit Suisse ha llegado a reconocer que en sus balances había “debilidades materiales” y falta de rigor en el control de los riesgos.

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