“Milei fue aupado por los mismos representantes de la oligarquía vendida a las corporaciones internacionales de las que sacan grandes dividendos”

03 de Mayo de 2024
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Foto Elsa Plaza 1

Recrear el efervescente ambiente que se vivía en la Barcelona de 1931 con la llegada de la Segunda República tiene, en la pluma de la novelista y ensayista Elsa Plaza (Buenos Aires, 1950), un aroma muy especial, con reminiscencias a tango, pero también a esa fuerza efervescente con que un feminismo incipiente iba asomando en la vida pública. La protagonista de esta novela, Margarita Casas, periodista y madre soltera que llegó a Barcelona de su exilio argentino con la ilusión de rehacer su vida en aquel ilusionante ímpetu republicano, cubre para su periódico el mediático caso del crimen de la alemana Emmy Langer, donde hallará muchos de los nubarrones que se cernían sobre el sueño de la democracia republicana.

Su novela viaja a la Segunda República y tiene muy presente el movimiento feminista, un ilusionaste feminismo germinal. ¿No se puede entender la primera, la Segunda República, sin el otro, el peso que dejó el feminismo en ella?

Sí, la Segunda República fue también la oportunidad de retomar y profundizar toda una serie de reivindicaciones que las mujeres feministas, activistas en distintos frentes: educación, sindicatos, cultura, y desde mediados del siglo XIX habían hecho bandera de lucha, a través de numerosas publicaciones y organizaciones que fueron floreciendo por varias ciudades españolas. El laicismo, republicanismo federal, ciertas lecturas de los ilustrados, como Condorcet y por supuesto Olympe de Gouges y Mary Wollstonecraft fueron inspirando las luchas de estas primeras feministas. Pero también los socialistas, llamados utópicos, como Fourier. Todo ello se puede ir rastreando a través de estas publicaciones más numerosas ya al final del XIX, como en Barcelona, por ejemplo La Mujer (1882), o El Progreso,  fundado por Ángeles López de Ayala, vocero del librepensamiento y de un feminismo anticlerical y antimatrimonio. Estas mujeres, sindicalistas, masonas, espiritistas, librepensadoras, republicanas o anarquistas y socialistas recorrieron un largo camino de luchas que, luego de la dictadura de Primo de Rivera y con la Segunda República, fueron retomadas por esa nueva generación de mujeres. Muchas de las cuales pusieron sus energías y esperanzas en un cambio radical que la Segunda República podía ofrecer como escalón de partida. Algunas cosas importantes se consiguieron, como el divorcio, el voto femenino, la patria potestad compartida, la igualdad entre hijos legítimos e “ilegítimos”, la investigación de la paternidad, y una ley de aborto que solo pudo aplicarse en Cataluña. Pero cabe recordar que todo esto también estaba en el programa de esas primeras feministas del siglo XIX. El feminismo que comienza a rearmarse en los años 70 recuperó esta genealogía y volvió a la necesidad de salir a la calle para conseguir muchos de los derechos ganados en aquellos años, y que fueron pisoteados  por la dictadura. 

¿Cuánto le debe el feminismo actual, y su fuerza actual en la sociedad del siglo veintiuno, a aquel que asomaba en la década de los años 30 en España?

El feminismo actual desgraciadamente está partido. Y ello creo que podemos achacarlo a la falta de memoria histórica. Claro que sin aquellas feministas de los años 30 y anteriores, recuperadas por el feminismo de los 70, ni siquiera tendríamos derecho a llevar pantalones, ni a sentarnos en un banco de la universidad. Pero, desgraciadamente, esto hay muchas nuevas feministas que lo han olvidado o nunca lo han sabido, y creen que el feminismo nació en los años 80 en EEUU, un feminismo teñido de capitalismo neoliberal que no pretende cambiar al sistema patriarcal ni las desigualdades del capitalismo, sino que pone el acento en la performatividad de los cuerpos, es decir, que toda esa incomodidad de marcada por los estereotipos (eso es el género) y vivida en nuestros cuerpos de mujeres, y por lo cual el patriarcado no ha prostituido, vendido, esclavizado, encerrado… y acomplejado (para vendernos productos de eterna belleza), hoy puede solucionarse a base de cambiar de género o jugar con ello, y convertir, de paso, esa incomodidad en un gran negocio. Que se lo digan a las africanas que viene atravesando el mar en pateras y desaparecen al cruzar la frontera, a las niñas vendidas por sus padres a los hombres que las triplican en edad, a las madres solteras y trabajadoras de cualquier barrio popular, a las maltratadas y asesinadas por ser mujeres…

Salvando las distancias, ¿no cree que los enemigos y fantasmas de este feminismo actual siguen siendo los mismos que aquellos que tuvieron que sortear aquellas pioneras de la Segunda República?

El sistema capitalista se disfraza y se acomoda con las nuevas tecnologías y los nuevos medios de comunicación; los avances científicos, si bien son importantes y han salvado muchas vidas, también mal utilizados han servido para seguir despedazando el cuerpo de las mujeres y muchas veces adornando el despiece con una filosofía que se quiere progresista y que hace suya una nueva izquierda seducida por esos discursos. Pienso en los llamados vientres de alquiler, por ejemplo. 

“El feminismo actual está partido por la falta de memoria histórica”

¿Cómo decidió novelar el caso de este crimen real cuyo descubrimiento coincide en pleno jolgorio de inicios de la Segunda República en Badalona?

Encontré el relato del crimen mientras hacía un vaciado de publicaciones de la época para completar un ensayo sobre la cárcel de la calle Reina Amalia, desaparecida en 1936. Me atrajo el nombre de la víctima, me sonó bonito y evocador. Y cuando leí la historia, pensé, que daba para novelarla. 

¿Qué magnetismo tuvo Emmy Langer en aquellos convulsos años para decidir que merecía una novela como eje de la trama?

Mucho también el hecho de formar parte de la colonia alemana residente en Cataluña, ya que el entorno político europeo, y el alemán en particular, podía enriquecer también la interpretación de ciertos aspectos de su devenir.  Siendo, además, que su trágico final hacía que la reconstrucción de su vida, dadas las interpretaciones y las sospechas que se manejaban en las crónicas de la época, me permitía hablar de las mujeres de entonces, y de lo que se atrevieron a hacer.  

¿Hasta qué punto el proceso de documentación de la novela, que debe haber sido concienzudo a través de todos los episodios narrados en su novela, es decisivo para configurar una historia de ficción creíble y consistente?

El proceso de documentación es siempre muy necesario para crear una novela, a menos que escribas sobre tu propio presente. El clima del día a día donde se desenvuelven los personajes, los lugares donde se mueven, sus inquietudes, todo ello es imposible ficcionarlo sin haber leído sobre la época donde la ubicas. Yo escribo ensayos también, así que me es muy familiar y fascinante el archivo.

La nostalgia de la protagonista por su país de origen, Argentina, es también el suyo propio. ¿Nostalgias compartidas o no tanto?

No sé si la protagonista tiene nostalgia de esa Argentina que ella misma dice está mitificada. Porque la miseria y la represión a la clase trabajadora están siempre presentes allí, y más reforzada por ese golpe militar del general Uriburu, en 1930. Mi nostalgia es de lugares y situaciones que ya no existen. Recuerdo un Buenos Aires diferente, aunque también con una sociedad muy represora y con una falta de libertad para los jóvenes que íbamos a los festivales de rock e intentábamos imitar a aquellos que veíamos en las revistas que llegaban de Europa: cabellos largos, túnicas de la India, mucho rock, unas hojitas de marihuana extraídas de macetas… La droga aún no había inundado la Argentina, pero nos llevaban presos sólo por sentarnos en el parque a tocar la flauta, y a los chicos la misma policía les cortaba el pelo, y les ponían en el bolsillo un porro… Así era mi Buenos Aires en 1970. Pero no tengo nostalgia de aquello. Mi nostalgia aparece cuando escucho ciertas letras de tango que me emocionan; o está en el olor de los cafés del centro, y recuerdo cuando íbamos a jugar a los dados en uno de ellos,  con los compañeros de Bellas Artes… Cuando regreso, intento pasar por aquellos lugares de mi primera juventud o por el barrio donde nací. Los edificios siguen, algunos, pero todo dejado, con remontes de un piso mal hecho, todo sucio, agrietado, como las aceras del centro; o como las numerosas librerías con olor inconfundible, pero todo amontonado, muy destruido. Aunque están los barrios altos, Figueroa Alcorta y Avenida del Libertador. Por allí sólo paso a ver los museos. Allí viven los que no se enteran de la miseria, de las familias enteras durmiendo en la calle. Van siempre corriendo con sus cuerpos dorados y sus zapatillas de 300 dólares… Esos son los que aún creen que Buenos Aires es un pedazo de Europa en el cono Sur… ellos lo viven así.

“Nos llevaban presos sólo por sentarnos en el parque a tocar la flauta, y a los chicos la misma policía les cortaba el pelo, y les ponían en el bolsillo un porro… Así era mi Buenos Aires en 1970”

En gran medida, Argentina y España han vivido en el último siglo vaivenes de avances y retrocesos sociales y políticos de forma casi paralela aunque discontinuos en el tiempo, ya que precisamente cuando los españoles lograron enterrar al dictador después de 40 años de régimen represivo llegó a Argentina una atroz junta militar. Ni que decir tiene que la llegada de Milei tiene un inquietante paralelismo con la pujanza de la ultraderecha en España y buena parte de Europa…

Sí, aunque Milei tiene una imagen personal bastante diferente a la de los  líderes europeos, más allá que su programa económico y social sea semejante y sus demonios los mismos. Pero su personalidad, que trasluce a través de exabruptos y conmociones espirituales, es un Terminator con motosierra, kipá y amor por perritos clónicos. Creo que sólo pudo ser tomado como presidenciable en un país que ha padecido tantas crisis económicas y tanta locura represiva como Argentina. Una caída en picado desde el gobierno de Isabel Perón, que creó la Alianza Anticomunista Argentina y los siniestros Ford Falcons verdes, que secuestraban y mataban antes ya de la dictadura del 76; a esos ensayos de venta total del país, auspiciados por la dictadura y llevados a término por los gobiernos de Menem (1989-1999). La esperanza de un peronismo de izquierda se disolvió con la muerte de Kirchner y las luchas internas de un peronismo que va desde posiciones neoliberales a un  populismo de izquierda, lo que implicó el regreso de soluciones destructivas para todo lo que se había desprivatizado y el regreso de una política dictada por el FMI, condicionada por sus enormes préstamos que implican en contrapartida contratos suculentos para la venta del territorio, sus medios de comunicación, las aguas, petróleo, minería, pesca… Todo lo vendible, país… El  último gobierno peronista no supo dar solución a esto y fue también responsable del surgimiento de ese personaje  que parece salido de un cómic de Mortadelo y Filemón. Creo, no sé si me equivoco, que fue aupado de forma más o menos oscura, por los mismos representantes de los intereses de esa oligarquía vendida a las corporaciones internacionales de las que sacan grandes dividendos. Los accionistas y propietarios de las enormes extensiones de tierra, los dueños del país, las grandes familias y las nuevas con la incorporación de la rama sionista de esos representantes de las fortunas patrias. Un conjunto de personajes siniestros que ya han gobernado y ya han destruido gran parte de lo que podía haber sido un país más justo para todos. Y no cesan en su empeño de seguir ordeñando la vaca a su provecho. Milei es el payaso útil, sin él no estarían hoy de nuevo en el poder. Él atrajo a votantes de clases populares con su personalidad excéntrica y con su espiritualismo de pandereta. La invocación a Dios, la libertad y la patria sigue dando sus frutos, aunque lo que hay detrás es una escenografía ocupada por millones de personas tiradas en la calle, y más arriba, sobre ellos, ese 1% de cuerpos dorados que pretenden seguir dorándose y corriendo por la Avenida Figueroa Alcorta… La diferencia con Europa es la flagrante desigualdad de esas sociedades, que hoy han optado por esos discursos que pretenden solucionar la economía quitándole la comida a los miserabilizados.

Es su novela recupera el personaje de la periodista Margarita Casas después de 20 años de su primera aparición en su anterior ficción, El cielo bajo los pies. ¿Por qué también en Un tango para Emmy Langer?

Rescaté a Margarita Casas de “El cielo bajo los pies”, una novela que relata el caso Enriqueta Martí (la mal llamada “vampira” del Raval) porque volvía a necesitar una mirada de mujer para relatar el crimen de otra mujer. Una mirada diversa que supiera entender las razones de Emmy Langer, y que pudiera explicar también sus sentimientos con respecto a lo que estaba ocurriendo en España, y a la vez sus sentimientos como madre soltera en aquella época cuando se abrieron tantas nuevas esperanzas. 

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