Mazón, Mañueco y Azcón: un juicio ante la historia

04 de Mayo de 2024
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buena buena

Carlos Mazón, Alfonso Fernández Mañueco y Jorge Azcón tienen un serio problema internacional. El tirón de orejas de los tres relatores de la ONU escandalizados con las leyes de concordia que han promovido en la Comunidad Valenciana, Castilla y León y Aragón, respectivamente, ha sido antológico. El dictamen de los expertos alerta de que las normativas de PP y Vox invisibilizan las graves violaciones de derechos humanos durante el franquismo e insta al Gobierno español a que tome las medidas necesarias para preservar la memoria histórica. O dicho de otra manera, implora al Gobierno Sánchez que retome el camino de la cordura perdida por los tres nostálgicos del régimen anterior.

Obviamente, después de esto, el triunvirato de prebostes del Partido Popular queda en evidencia, no solo por su analfabetismo histórico, del que presumen sin rubor, sino por sus acuerdos con la extrema derecha posfranquista. Ellos no se ruborizarán jamás por la reprimenda de Naciones Unidas (no tienen vergüenza ni la han conocido, y además, para qué vamos a engañarnos, piensan bastante parecido a los nuevos populistas ultras), pero el ridículo mundial ha sido de proporciones cósmicas.

Las mal llamadas leyes de concordia (un eufemismo en toda regla) son un truño histórico que ninguno de los tres barones populares se cree en realidad. En la ley valenciana, un clon de las otras dos, se borra de un plumazo la verdad de los hechos; no se condena la dictadura; se equipara a las víctimas del terrorismo contemporáneo con las de la persecución ideológica y religiosa “durante el período histórico comprendido entre 1931 y nuestros días” (metiendo en el mismo saco la Segunda República y el franquismo); se mezcla, en un pastiche grotesco, la Guerra Civil con el terror etarra e islamista (como si tales fenómenos tuvieran algo que ver entre sí); se blanquea el fascismo, el millón de muertos, la represión genocida del Régimen dictatorial y el exilio; se disuelven los organismos públicos dedicados a recuperar la memoria histórica; se elimina toda subvención oficial a las asociaciones que exhuman los restos de los represaliados enterrados en fosas comunes, solares y cunetas; y lo peor de todo: se humilla a las víctimas y a sus familiares. No han sido capaces de alumbrar ni un solo párrafo digno. No han sido capaces de redactar ni una sola línea decente en toda la ley que esté acorde con los valores democráticos. Un horror.

Semejante bodrio no tenía otra razón de ser que contentar a Vox, que amenaza con romper el bifachito si no se satisfacen sus ansias de blanqueamiento de la dictadura según la escuela historicista ultra, esa que trata de ajustar cuentas con la democracia, darle la vuelta a los hechos del pasado para amoldarlos a sus intereses políticos de hoy e imponer un nuevo antiguo Régimen. En definitiva, quisieron darse un buen atracón de pollo aguilucho al chilindrón, una buena borrachera de franquismo, y se han puesto hasta las trancas.

El revisionismo histórico que nos propone esta gente no es avalado por ningún historiador serio y riguroso de prestigio, ni de aquí ni de fuera de nuestras fronteras, sino que es consecuencia de los bulos de la escuela falangista/dominguera, esa que se lo inventa todo para dar tremendos pelotazos editoriales a costa de falsear el pasado.

De momento, la decisión de los relatores de la ONU ha provocado que los tres afectados tengan que defenderse del improvisado juicio ante la historia que les han abierto. Así, el presidente del Gobierno de Aragón, Jorge Azcón, ha asegurado que lo recogido por el informe de Naciones Unidas “es lisa y llanamente mentira” y ha acusado a los relatores de cometer errores de bulto y de estar “influenciados exclusivamente por la información que les ha trasladado el Gobierno de España”. Está claro que este, al verse acosado por la justicia internacional, y en su estrategia de defensa, ha decidido inmolarse con ira y arrogancia, como aquellos españolazos patriotas de la División Azul que murieron con una sonrisa en la boca y las botas puestas en las nevadas estepas rusas.

Carlos Mazón, por su parte, ha rechazado el dictamen al asegurar que los relatores “ni se habrán leído la ley valenciana”. El president de la Generalitat ha optado por tirar de sarcasmo, ingenio y gracia fallero, haciendo un chistecillo fácil con el asunto, sin duda sin calibrar la enorme gravedad y trascendencia de lo que está ocurriendo. Una cosa es soltar una payasada en las Corts Valencianes, cuyas aburridas sesiones no las sigue nadie (ya ni van los periodistas, si es que queda alguno por aquellas tierras levantinas) y otra muy distinta que la ONU venga a afearte que eres un nazi redomado. Cualquiera con un mínimo de vergüenza torera se habría metido ya bajo la cama abochornado, pero Mazón ha decidido seguir con la táctica de la coña marinera y el jijí jajá. Allá él.

Mientras tanto, Mañueco, el tercer procesado por los aliados del mundo libre, se ha mostrado algo más prudente al asegurar que desconoce el contenido del documento que lo somete a la Comisión de la Verdad, aunque ha jurado analizarlo cuando se le haga llegar porque su “prioridad política es cuidar a las víctimas”. Al castellanoleonés se le ha transparentado cierto canguelo, cuando no un atisbo de arrepentimiento/remordimiento, como si estuviese deseando volver atrás en el tiempo para enmendar su error y escapar de los fantasmas de los represaliados que se le aparecen por la noche al pie de la cama. En realidad, el dislate ya no tiene arreglo; blanquear a Franco es tanto como defender a Hitler. O sea, una asquerosidad. Pero no nos extrañaría nada que estos días esté leyendo ávidamente el diario de Ana Frank, movido por un deseo irrefrenable de comprender de una vez por todas lo que fue el fascismo y también por un sentimiento de culpabilidad sobre lo que está haciendo con sus infames leyes de concordia. Quién sabe.

Sea como fuere, estamos, sin duda, ante un trío variopinto de jerarcas posfranquistas, la cúpula del Tercer Reich autonómico sentada en el banquillo de los acusados de la ONU para rendir cuentas, como cómplices del totalitarismo, en una especie de versión teatralizada o simulada del proceso Núremberg. El furioso, el chistoso y el arrepentido. Sergio Leone haría un antológico espagueti bélico con ellos, en plan sátira el feo, el bueno y el malo. Y Tarantino un interesante Malditos bastardos a la española, con Óscar Puente en el papel del cortador de cabelleras nazis.

Claro que, llegados a este punto, podrían reconocer el error, rectificar, adaptar su versión de la historia a la realidad democrática, a algo más decente y presentable, aunque no los vemos nosotros tirando la patraña de ley de concordia que han parido a la papelera, que es donde mayormente debería estar esa aberración histórica, política, legislativa y humana. Más bien al contrario: en la deriva ultra en la que se han metido, arrastrados por Vox, cualquier día nos sorprenden con otra vuelta de tuerca y amplían sus hermosas leyes de concordia, con modificaciones y anexos, para añadir que Hitler fue un líder necesario que frenó el comunismo en Europa; que Mussolini fue un gran hombre y un gran macho seductor; o que los norteamericanos se inventaron el holocausto judío con películas falsificadas. Cualquier cosa nos esperamos ya de esta tropa, cualquier cosa puede salir de esas cabecitas extrañas que han emprendido un absurdo viaje sin retorno y a ninguna parte solo para dar satisfacción a una panda de fachas desacomplejados y negacionistas. De momento, la ONU ya les ha abierto expediente, un paquete, un juicio ante la historia. Qué bochorno.

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