¡Ah, la consulta lingüística del gobierno valenciano! El señor Rovira llegó con ganas de dejar su nombre en otra ley educativa más y se le ocurrió empezar la casa por el tejado: un referéndum en el que las familias habrían de elegir la lengua base de la enseñanza de sus hijos. ¿Qué podría salir mal?
Nos vendieron el referéndum como un ejercicio de libertad, pero ni ‘ganó’ el valenciano, ni ‘ganó’ el castellano. Perdimos todos. Pensaron que si ponían a las familias ante la disyuntiva de elegir, el castellano arrasaría, porque claro, ¿quién quiere complicarse la vida con dos lenguas cuando puede quedarse con una sola? Pero, ¡oh sorpresa!, con un resultado ajustado, la mayoría de los participantes eligió el valenciano. Ni con una consulta tramposa lograron imponer su agenda.
El problema no es solo la baja participación —un 58,6 % que debería ser motivo de preocupación—, sino la sarta de irregularidades: falta de garantías, ausencia de regulación clara y una gestión de datos personales que haría sonrojar al más incompetente de los burócratas. Pero no nos quedemos en las formas, vayamos al fondo. Como bien señalan unos padres del CEIP La Almadraba, de Alicante, en su queja formal sobre la consulta, este simulacro participativo no ha hecho más que sembrar el caos en los centros educativos, donde los directores ya vaticinan problemas en la matriculación. La organización escolar, que debería guiarse por criterios pedagógicos, ahora depende del resultado de un referéndum mal planteado. La atención a la diversidad, la inclusión y la equidad han sido relegadas a un rincón oscuro mientras nuestros políticos se felicitan por haber "dado voz a las familias".
Han creado una falsa dicotomía entre el valenciano y el castellano, enfrentando a comunidades que deberían estar unidas en la búsqueda de una educación de calidad. Han ignorado olímpicamente a expertos en educación y neurolingüística, quienes llevan décadas explicando que aprender en dos o más idiomas no solo es posible, sino recomendable. El ‘bilingual advantage’ no es un invento de pedagogos iluminados: es ciencia. Los niños expuestos a varios idiomas desarrollan mayor flexibilidad cognitiva, mejor memoria de trabajo y hasta retrasan el deterioro cognitivo en la vejez. Aprender en valenciano y castellano no es un problema, es una bendición. Es más, pasar de un modelo plurilingüe -hasta este curso el inglés también es una lengua de enseñanza de contenidos- a uno primordialmente monolingüe es un desatino.
Mientras en Finlandia los niños aprenden finés, sueco e inglés sin traumas y en Luxemburgo saltan del alemán al francés y al luxemburgués como si nada, en la Comunidad Valenciana nos entretenemos con referéndums absurdos que buscan decidir si los niños pueden aprender más de un idioma sin que les explote la cabeza.
Y ahora, ¿qué? ¿Van a ignorar los resultados? ¿Van a insistir en que las familias rechazan el valenciano cuando los datos dicen lo contrario? Porque aquí lo que menos importa es la educación, la ciencia o el futuro de los niños. Lo único que cuenta es la política de corto plazo, la confrontación barata y el rédito electoral. Han intentado cargarse el valenciano y no lo han conseguido. Pero no nos confiemos: lo volverán a intentar. Porque esto no va de educación, va de ideología. Y cuando la ideología se impone sobre el conocimiento, el que siempre pierde es el alumno.