Espacios de debate donde conviven diferentes posturas en el marco de una misma ideología con el propósito de ofrecer posibles soluciones a los desafíos de la sociedad. Eso es lo que, en esencia y a grandes rasgos, se espera que sean los partidos políticos. Sin embargo, las organizaciones políticas operan con una lógica que recuerda a la de las sectas: la lealtad ciega, la polarización extrema y la demonización del adversario han reemplazado al intercambio de ideas y a las discrepancias saludables. Los estudios sobre sectas identifican una serie de etapas en el proceso de conversión que pueden asimilarse a las dinámicas internas de las formaciones políticas.
Existe una primera fase de atracción y seducción; el partido se presenta como un instrumento de transformación social capaz de generar grandes cambios y oportunidades para todos. Se enfatizan sus aspectos positivos y se generan momentos de entusiasmo y emoción en grandes eventos que estimulan y fortalecen el vínculo afectivo con la organización.
Al igual que en las sectas, los partidos simplifican la realidad con narrativas maniqueas. Dividen a la sociedad en “nosotros”, portadores de la verdad y la justicia, y “ellos”, los corruptos, los equivocados, los enemigos del progreso. “Nosotros” somos los buenos, los que podemos salvar el mundo; “ellos”, los malos, los que quieren destruirlo todo. Pero no hace falta viajar mucho el tiempo para encontrar, dentro de todas las organizaciones políticas, ejemplos de corrupción, traiciones y deslealtades. Todos conocemos sentencias y escándalos varios, traiciones entre compañeros e incluso deslealtades a los principios defendidos públicamente bajo una siglas, que evidencian que ningún partido político tiene las manos libres de gérmenes; más bien, parecen un foco de contagio.
Con el vínculo emocional ya establecido, se inicia la fase de captación, el individuo toma la decisión de afiliarse al partido. Actualmente, dado el panorama político, esta determinación suele estar más influenciada por el fervor del momento y el ego que por un análisis racional. Aun así, siguen quedando personas que se afilian porque tienen unos ideales que están dispuestos a defender; lo triste es que algunos cuentan que, al ingresar en la organización, a pesar de su deseo de aportar ideas y trabajar por la defensa de unos objetivos aparentemente comunes, son recibidos con indiferencia o desdén por militantes que llevan tiempo en la formación; se encuentran con un espacio hermético en el que, como en una secta, el nuevo integrante debe “pasar de fase”, ganarse la confianza para ser tomado en serio.
A partir de ese momento, se inicia una nueva etapa, la de conversión y adoctrinamiento. El militante comienza a participar más activamente en el partido o incluso, con el tiempo, a adquirir responsabilidades dentro de la organización. La identidad grupal se fortalece hasta el punto de que cualquier cuestionamiento interno es visto como una traición. Aquí entra en juego otro elemento característico de las sectas: el control de la información. Los partidos manipulan los hechos para favorecer su relato, tergiversan datos y desacreditan fuentes externas que no coinciden con su discurso, creando una burbuja informativa que refuerza la creencia de que tienen la razón absoluta.
Las organizaciones políticas difunden testimonios gráficos de reuniones con afiliados y simpatizantes y con representantes de los diferentes sectores -pero solo con los más afines o con aquellos a los que creen poder convencer-, con el fin de mostrar fuerza, poder, capacidad de atracción, liderazgo, cohesión interna, alineamiento con las necesidades de la sociedad, capacidad de trabajo para cambiar nuestras vidas a mejor… Si bien, estos actos para lo que sirven es para trasladar lo que la dirección del partido desea, al igual que lo hacen con los tan conocidos argumentarios sobre cada tema tratando de evitar los versos libres y favorecer que todos, cúpula y bases, repitan lo mismo. Estas estrategias pretenden reforzar la cohesión interna, pero también impedir el diálogo y el debate que debieran ser esenciales en partidos que se definen como democráticos.
Los dirigentes políticos, como líderes de la secta, tienen un papel clave; son elevados a la categoría de figuras infalibles, aunque muchas veces quienes les aplauden solo buscan una recompensa en forma de cargos o favores políticos. No todos están de acuerdo con el líder, pero mejor hacer todo lo posible para que su palabra se convierta en dogma y estar bien posicionados ante un posible reparto de cargos en agradecimiento a esa lealtad. En este ambiente, cuestionar al líder o a su cúpula o exigir rendición de cuentas puede significar la marginación o la expulsión del partido. Desafiar la estructura partidaria no es fácil ni recomendable. Iniciar la fase de desconversión, es decir, mostrar discrepancias con la dirección de la formación o querer abandonarla puede significar el ostracismo político, la pérdida de cargos o, en casos extremos, el acoso y la difamación. El miedo al castigo y el ansia de poder refuerzan la permanencia dentro del grupo, incluso cuando las contradicciones se hacen evidentes.
Lo preocupante es que no se puede rescatar a los partidos políticos de esta deriva sectaria; hacerlo requiere fomentar el pensamiento crítico y la diversidad de opiniones dentro de las organizaciones y ninguna estará realmente dispuesta a hacerlo.
La democracia se fortalece cuando aceptamos que el otro también puede tener parte de razón. Menos lealtad ciega y más compromiso con los desafíos a los que a diario se enfrenta la ciudadanía y a los que a medio y largo plazo tendrá que enfrentarse la sociedad. La política no es un dogma, sino un espacio de construcción colectiva donde el debate y la discrepancia son oportunidades de progreso. Y si esto no ocurre dentro de los partidos políticos y desde ellos hacia el resto de formaciones políticas, no esperamos que lo hagan sus líderes cuando lleguen al poder.