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Segunda Transición: los años del destape

27 de Febrero de 2017
Actualizado el 02 de julio de 2024
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Pajares y esteso 3
Hasta dentro de unos años no sabremos si estos tiempos habrán propiciado una segunda transición o, si por el contrario, nos hallamos inmersos en un sordo proceso de restauración. De un modo u otro, al igual que a mediados de los setenta, estamos en plena época del destape. El destape del desnudo gratuito –y siempre femenino– de aquel entonces, y el destape de ahora, el de la corrupción generalizada que ha alcanzado a casi todas las instituciones. Los héroes nacionales de entonces eran Pajares y Esteso, dos tipos que se pasaban la vida persiguiendo a las turistas suecas o alemanas en Madrid o en la Costa del Sol. Aunque ahora vemos lo ridículo de todo aquel asunto, lo cierto es que los cines se abarrotaban. Sin querer pecar de puritano, cuando pienso en aquel género del destape me viene a la memoria aquella frase de Pasolini: “Nos dieron el sexo para arrebatarnos la libertad”. La sentencia del cineasta italiano es un oxímoron de manual; sin embargo, creo que cobra pleno sentido cuando analizamos ciertos fenómenos sociológicos de nuestro país durante aquellos años. El destape de hoy en día lo abarca todo: cajas de ahorros, ayuntamientos, comunidades autónomas y hasta miembros de la casa real. Basta con mencionar el caso de las tarjetas black para que quede retratado todo el mundo, CCOO-UGT incluidos. Y mientras tanto se sigue repitiendo la consigna de que una manzana podrida no hace un cesto y se van poniendo límites a la libertad de expresión para salvaguardar el buen nombre de los imputados –que pasaron a llamarse investigados porque el otro término sonaba ya muy tal, que diría Mariano– y ahora le toca el turno al señor de Murcia, ese señor que está rodeado por el escándalo desde hace ya demasiado tiempo y que ahora se niega a dimitir hasta la apertura del juicio oral. Qué bien manejan los tiempos y qué mal las apariencias… A fin de cuentas, la mejor coartada de los corruptos son los resultados electorales.  Hay quienes trabajan a diario para que el destape de los suyos no se evidencie. Son los inquisidores de la contrainformación: periodistas que repiten hasta el hartazgo aquello de que “está garantizado el funcionamiento de las instituciones”, que ensalzan el trabajo de los cuerpos de seguridad del estado durante las protestas pero que, a la vez, ven un exceso de teatralización en la detención de Rodrigo Rato –no hacía falta cogerlo del cogote para meterlo así en el coche, por el amor de dios…– gentes que embisten sin mesura cuando van apareciendo nuevas informaciones, tildándolas siempre de filtraciones interesadas: una nueva lógica periodística que se dedica a poner en solfa –ni más ni menos– el trabajo de investigación de los periodistas. Y después de esto ventilador, mucho ventilador, aunque los hechos vayan certificando la veracidad de lo publicado en primer término. Debates ficticios tratan de enmascarar el verdadero debate de fondo. Debates sobre los límites del humor o sobre los límites de la libertad de expresión, que es lo que ahora se lleva. Incluso se culpabilizó al personal sobre la repentina muerte de Barberá. El interés en la política-espectáculo va remitiendo. Sin embargo, bajo la gran confusión mediática los auténticos problemas de fondo siguen ahí: precariedad laboral, pobreza energética, malnutrición infantil, desahucios, asesinatos por violencia machista, millones de trabajadores pobres y varias generaciones sin proyecto de vida. Problemas imposibles de obviar porque nos golpean a diario.Volvamos a las calles y apaguemos los televisores.Por la cuenta que nos trae.   
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